2016-01-16

Somos libres de no decidir libremente


Por supuesto que tenemos libre albedrío. No nos queda de otra.
-Christopher Hitchens

Pocos han oído hablar de la Princesa Elizabeth de Bohemia, lo cuál es una pena, porque dio el golpe más letal a la idea del dualismo presentado por René Descartes, en el cuál mucha gente cree todavía. Para estar claros acerca de qué significa dualismo, me baso en la definición de la Enciclopedia de Filosofía de Stanford (mi traducción):
Las versiones más modernas del dualismo tienen su origen en las Meditaciones de Descartes, y en el debate consecuente a su teoría. Descartes era un dualista substancial. Él creía que había dos tipos de substancia: la materia, que tiene la propiedad esencial de estar extendida espacialmente; y la mente, que tiene la propiedad esencial de poder pensar.
(…)
… aunque Descartes no era un atomista, sí era, como los otros, un mecanista acerca de las propiedades de la materia.  Los cuerpos son máquinas que se comportan de acuerdo a sus propias leyes. Excepto cuando hay mentes interfiriendo con ella, la materia procede de manera determinista por su propia cuenta. Cuando hay mentes ejerciendo influencia sobre los objetos, deben hacerlo ‘jalando palancas’ en una pieza de maquinaria que ya tiene sus propias reglas de operación.
En su correspondencia con Descartes, Elizabeth planteó la siguiente simple pregunta: ¿Cuál es el mecanismo mediante el cual lo inmaterial actúa para poder influir sobre lo material? O dicho de otro modo: si es cierto que la mente es independiente del cuerpo y actúa sobre él, ¿dónde están las palancas de las que habla Descartes? ¿Son materiales? Si no, ¿cómo le hacen para mover lo material? Descartes nunca pudo responder esto, aunque sugirió que la entonces recién descubierta glándula plineal pudiera estar involucrada.

La correspondencia entre Descartes y Elizabeth fue muy fructífera, pero sobre todo decidió para siempre el problema que hasta hoy no han podido superar los dualistas: demostrar que existe algo aparte de lo físico, y explicar cómo eso puede actuar sobre lo físico. En este sentido, el dualismo en el que tanta gente cree ha estado muerto desde el siglo XVII.


El argumento entre Elizabeth y Descartes (clic para agrandar).

Dioses y demonios


En cierto modo, el escenario para la muerte del libre albedrío ya estaba presente desde antes de los debates entre dualistas y monistas materialistas, en la forma de la paradoja irresoluble acerca de la compatibilidad del libre albedrío y la omniciencia de Dios. En la mente de los creyentes monoteístas, Dios lo sabe todo. A pesar de esto—al menos en el teísmo abrahamico—los seres humanos tienen la capacidad de decidir libremente y serán juzgados por Dios como si así lo fuera. Pero el problema es que si los humanos solo están actuando como Dios siempre ha sabido que van a actuar desde antes, la idea de recompensarlos y castigarlos (y aún más, de crearlos en primer lugar tan solo para ser castigados)  convierte a Dios en un sádico. Las únicas resoluciones que preservan la benevolencia del dios de Abraham son que los humanos mágicamente estén exentos de la omniciencia de Dios, o que Dios realmente no sea omniciente. Ante esto, los teólogos se encogen de hombros y cambian de tema.

De manera contemporánea a Descartes, gracias a los avances hechos en la física por Newton, se planteó la idea de que, una vez que las leyes de la física actuaran sobre los objetos, y una vez que éstos fueran dispuestos en el mundo—haya sido como haya sido—, todo lo demás seguiría de manera calculable. Dicho de otro modo, bastaría a uno saber las leyes físicas del universo y el estado inicial de todo para deducir, hasta el último detalle, todo lo subsecuente. En las palabras de Laplace:
Podemos considerar el estado presente del universo como un efecto de su pasado y una causa de su futuro. Un intelecto que en un cierto momento supiera todas las fuerzas que echaron a andar a la Naturaleza, y todas las posiciones de todos los objetos de la que ésta está compuesta; y si este intelecto también fuera suficientemente vasto como para someter estos datos para su análisis, podría contener en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y del más pequeño átomo: para tal intelecto nada sería incierto y el futuro, tal como el pasado, estarían presentes ante sus ojos.
Pero para el determinismo causal no hace falta que tal intelecto (conocido como el Demonio de Laplace) necesariamente exista; basta con que existan las leyes deterministas y, junto con la falsedad del dualismo, se entiende entonces que todo, incluyendo los procesos que producen nuestras decisiones, sean parte de una larga cadena de causas y efectos.  Aunque en la práctica sea imposible saber dichas leyes y posiciones, el hecho de que existan y que no tengan excepción es suficiente para entender que todo en el universo está determinado por ellas. Lo que antes de Newton era la omniciencia de dioses y demonios, después se convirtió en cuestión de resolver (muchas) ecuaciones diferenciales.

¿Qué queremos decir con ‘libre’?

 

Antes de pasar a la siguiente etapa de nuestro análisis, hay que hacer un alto en lo que quizá debió ser el principio: la definición de libre albedrío. Y es que en general no hay acuerdo en la definición, al menos por parte de los partidiarios de que tal cosa existe. Dependiendo del argumento que se quiera evadir, los defensores del libre albedrío cambian entre una definición y otra.  Para propósitos de simplificar, la definición que se usa de forma más constante y que se alínea con la intuición de la mayoría de nosotros es que tener libre albedrío significa que, dada una situación en la que se decidió de una manera, se pudo haber decidido de manera distinta.  Además, las decisiones libres deben cumplir con que el agente que las toma esté en control de sus decisiones; debe tener autonomía.

Esto es, por ejemplo, que si estudié ingeniería, pude haber estudiado arquitectura. Pedí una hamburguesa, pero pude igualmente haber pedido una ensalada. Me puse una camisa azul de manga larga, pero pude haberme puesto una tipo polo de color rojo, o una playera dri-fit negra.  Si tuve más de una opción, y no hubo alguien presionándome para escoger lo que escogí (¿vas a salir con eso?) entonces decimos que mi decisión fue libre.

A primera vista pudiera parecer que la mayoría de nuestras decisiones cumplen con estos requisitos, pero si regresamos al determinismo y el fracaso del dualismo nuestra agencia se diluye y, con ella, nuestra libertad también.  En el caso de la capacidad de haber actuado de forma distinta, imaginemos por un momento que, átomo por átomo, la historia del universo es recreada desde el principio hasta el momento hoy por la mañana cuando tuve que decidir qué camisa ponerme. En un universo laplaciano, las condiciones iniciales de los procesos físicos dentro de mi cerebro que me llevaron a escoger la camisa azul serían idénticos, las neuronas y neurotransmisores y demás piezas estarían en el mismo lugar y, si las leyes físicas son las mismas, no me quedará de otra que volver a escoger la camisa azul. No puedo hacer más. Imaginar que se pudiera haber actuado de otro modo es como ver una película miles de veces esperando que cada vez los personajes hagan cosas distintas.

Confusión cuántica

 

En este punto hay buenas y malas noticias. La buena noticia es que estamos seguros de que el universo no es clásico (laplaciano), sino cuántico. Esto se traduce en que, si se reprodujera la historia del universo a partir de cierto punto y pudiéramos ver lo que hacen las partículas subatómicas, pudiéramos ver secuencias de eventos distintas en cada ocasión. La mala noticia es que esto no se traduce automáticamente en libertad. En el mejor de los casos, los efectos cuánticos son completamente irrelevantes a la escala a la que ocurren los procesos neurológicos en nuestros cerebros y, entonces, nuestros cerebros actúan como objetos clásicos. Por otro lado, aún si los efectos cuánticos fueran relevantes para los procesos cognitivos, quedaría el problema de que éstos obedecen distribuciones de probabilidades, que a su vez obedecen reglas puramente deterministas.

Como analogía, es posible lanzar un dado y que caiga un 4 dos veces seguidas, o hasta tres. Pero la geometría del dado fija la probabilidad de cada resultado como 1 en 6. Por más veces que lancemos el dado, y por más veces que logremos secuencias improbables, a la larga el conteo de todos los resultados va a arrojar 1 en 6 para cada número y esto no se puede cambiar si la geometría del dado (léase, las condiciones iniciales y las leyes que operan sobre ellas) es la misma.

Más importante que todo lo anterior, es que la indeterminación cuántica pudiera derrotar al determinismo laplaciano, pero eso no se traduce en libre albedrío como lo definimos anteriormente. Después de todo, ¿quién puede controlar cada electrón individual en su cerebro? Lejos de dotarnos de agencia, el indeterminismo cuántico nos haría rehenes de los sucesos espontáneos y aleatorios a nivel subatómico. Si nuestras decisiones son el resultado de tirar dados en nuestro cerebro, ¿en qué sentido podemos decir que tenemos control sobre ellas?

Causas y efectos

 

Quizá los argumentos más poderosos en contra del libre albedrío no provienen de la física, sino del sentido común y un poco de introspección. Primero, hay una gran cantidad de procesos mentales de los que no somos concientes y que actúan de manera automática, como pudieran ser nuestros reflejos o el latido de nuestro corazón.  Estamos sujetos a estímulos externos que influyen nuestro pensar desde que nacemos y, queramos o no, nos obligan a responder de manera automática.

Nadie escoge libremente su genética, sus padres, sus hermanos, el lugar de su nacimiento, ni la historia de su gente. Nadie escoge los rasgos físicos con los que nace, ni si su familia será amorosa o abusiva. Cada uno de estos factores es crucial en cómo se desarrolla una persona. Ya desde estas condiciones iniciales las vidas de muchas personas están gravemente limitadas.

Podemos agregar a esto todos los accidentes y enfermedades crónicas que nadie “escoge” en ningún sentido y que nos obligan a limitar nuestro actuar aún más. Ningún niño “elige” tener leucemia infantil, ni mucho menos lo eligen sus padres. Nadie sale de su casa planeando ser asaltado o tener un infarto. Y sin embargo, estos sucesos se imponen y automáticamente definen nuestras decisiones.

Pero no es necesario poner ejemplos tan drásticos. Basta poner atención al tren de pensamiento que ocurre en nuestras propias mentes. Nadie escoge, momento a momento, en qué pensar. Los pensamientos surgen y se van, uno tras otro, sin que uno los llame o los descarte "a propósito". Para que pudiera pasar eso, tendría que haber un “menú” de pensamientos, y un agente autónomo que eligiera de entre ellos. Además, lo que se nos puede venir a la mente en cualquier momento depende de lo que ocurra a nuestro alrededor, o inclusive dentro de nosotros mismos. Piense en cómo se ve afectada su capacidad de decisión cuando su vejiga está llena o cuando tiene hambre.

En un juego, alguien pudiera pedirme que piense en el nombre de una ciudad. Digamos que se me ocurre “Chicago”. No puedo rastrear el por qué de esa elección. Pude haber dicho “Ámsterdam”, o “Sidney”, o “Londres”, pero no lo hice. ¿Por qué? Obviamente sabía que Ámsterdam es una ciudad, pero no se me ocurrió. Nadie controla las cosas que se le ocurren. Si me hubieran preguntado lo mismo una hora después, tal vez hubiera contestado con “Istanbul” y no hubiera pensado en Chicago para nada.

Conclusión


Note que no he mencionado para nada hasta ahora la responsabilidad moral, o la competencia para tomar ciertas decisiones—solamente he hablado de la falta de libertad alrededor de estos conceptos. Obviamente tenemos voluntad propia—pero eso no es lo mismo que voluntad libre. Tenemos la capacidad de tomar decisiones, y somos los autores de nuestros pensamientos, logros y errores—pero no somos los autores libres, ni tenemos responsabilidad absoluta.

En general, nuestras vidas y sociedades pueden beneficiarse mucho de reconocer la falta de libre albedrío. Podríamos aceptar que hay cosas fuera de nuestro control que nos orillan a fallar, y sentir alivio en vez de culpa. Podríamos reconocer que hay otras cosas incontrolables que nos ayudan, y sentir gratitud en vez de orgullo. Podríamos meter criminales a la cárcel con un énfasis en la compasión y la rehabilitación en vez del castigo. Podríamos apreciar la larga historia del universo que culminó en un Beethoven, un Einstein o un Jordan sin hacer de ellos dioses. Podríamos enfocarnos en resolver las condiciones que provocan miseria y pobreza en nuestras sociedades, en vez de culpar a las víctimas por no superar su condición. Cuando nos convenga, podemos pensar en nuestra percepción de libertad en términos prácticos y, cuando no, podemos reconfortarnos en el hecho de que somos productos de la historia del cosmos.