Es una pregunta recurrente en filosofía cómo es que ésta logra progresar, si acaso. Para esto he encontrado dos respuestas que me han servido mucho, ambas de parte de físicos sumamente ilustrados en filosofía. La primera, escuchada a Tim Maudlin en un podcast que ya no puedo encontrar, es que efectivamente, la filosofía avanza y lo hace constantemente. Lo que sucede es que en cuanto esclarece problemas y logra "aterrizarlos", éstos se desprenden de la filosofía para convertirse propiamente en especialidades, y frecuentemente acaban como ciencias. Un ejemplo claro y actual de este proceso es la transición (o fusión, si prefieren) de la filosofía de la mente con la neurociencia, la neurología y la psicología. Antes, la política, economía e incluso lo que hoy llamaríamos "ciencias duras" eran parte del quehacer de filósofos (recordemos que "filosofía natural" era el término para lo que hacían, digamos, Galileo o Newton).
La segunda respuesta proviene de Sean Carroll, en un podcast reciente en oposición al filósofo Phillip Goff, debatiendo sobre panpsiquismo. Me desviaría mucho en explicar el tema, pero el punto que quiero rescatar es que, como dice Carroll ahí, la ciencia no solamente hace preguntas, sino que lascontesta y procede con lo que sigue o, incluso, las descarta como mal planteadas o irrelevantes. (Ocasionalmente también las puede revisitar, si las descartó indebidamente.)
En la ciencia, y especialmente en la física, uno aprende que la intuición y el sentido común son poco o nada útiles para entender cómo funciona el mundo real. En el mejor de los casos, uno tiene que reentrenar su intuición o, con mucha frecuencia, hacerla a un lado por completo y ver qué dicen los cálculos y la evidencia. Mucho de lo que intuimos del mundo está mal o—como decimos en la física—ni siquiera está mal.
Lo anterior me hace pensar que algunos "problemas" filosóficos clásicos, como el problema de qué define la identidad de una persona, llevan miles de años debatiéndose porque no se pueden traducir a términos coherentes que se puedan ligar a la realidad. No es que sean problemas irresolubles; es que ni siquiera son problemas. (Esta es la observación que hizo Wittgenstein, al menos en su etapa temprana.)
Lectores de este sitio verán que escribo y leo mucho sobre temas de política y democracia—para ser un físico dedicado al software, al menos—. Algo frecuente que encuentro en libros y artículos sobre política es la discusión extensa sobre quién es, y quién representa, a "el pueblo" en una democracia. A veces el término se da por entendido, mientras que otras veces se dedican capítulos enteros a definir y debatir qué es, quién cuenta como parte de él, y quién lo representa. Por razonamiento como el expuesto aquí arriba, he llegado a la conclusión algo Thatcheriana de que "el pueblo" no existe.
Súbditos es un término fácil de definir y comprender, sin necesidad de filosofía política o de la que sea. Ciudadanos requiere algo más de espacio, pero también es claro. Pueblo es un punto medio que, dependiendo del contexto, puede referirse a una u otra cosa, o a ninguna. Es un recurso retórico que usan los populistas para evitar los otros dos términos, porque éstos no les convienen.
Los AMLOs del mundo, los Erdogans, los Morales, los Maduros y demás autoritarios populistas piensan en sus gobernados como súbditos pero, por más tontos que son, saben que no pueden decirles así en voz alta (aunque AMLO ha llamado a sus seguidores mascotas y solovinos). Saben que en una democracia son, legal o aspiracionalmente al menos, ciudadanos. Pero eso implica que tienen obligaciones, derechos y, crucialmente, igualdad legal ante el gobernante—y eso no lo pueden permitir—. Pueblo es un término cómodo, lo suficientemente ambiguo para que los populistas no tengan que preocuparse por delatarse o exponerse retóricamente.
Esto no quiere decir que lo hagan a propósito. El típico autoritario bananero latinoamericano no llega a tanto. Es un ser necesariamente limitado—de lo contrario no sería populista—. Usar el vocablo pueblo es el camino de menor resistencia, cosa que la gente menos competente toma por naturaleza. Incluso tiene menos sílabas que los otros. (La excepción a esta regla pudiera ser Putin, pero probablemente es porque, aunque su retórica es populista, su mente y su propósito no: es un gángster medianamente competente dedicado a ordeñar su país mientras puede, cobrando cuotas de "protección" a una veintena de oligarcas que hacen el trabajo sucio de saquear a la ciudadanía.)
El avance de la vida democrática, como el de la filosofía, depende de que podamos liberarnos de conceptos huecos y supersticiosos que nos desvían de las preguntas bien planteadas que sí deberían estarnos preocupando, y que pudieran desecharse por incoherentes, sugerir una línea de investigación bien definida o, incluso, tener respuestas decisivas y contundentes. Yendo al grano: ¿queremos ser súbditos o ciudadanos?
Pueden leer o escuchar la primer publicación de AutóMata en inglés en Substack. El ícono negro servirá para designar a las publicaciones en esa plataforma de ahora en adelante. Aunque uno puede subscribirse a través de Substack directamente con los links que ahí se proporcionan, también pueden encontrar el podcast en Apple Podcasts también, buscando "AutoMata" (sin acento) y el logo negro.
No voy a reproducir el texto completo de aquella publicación aquí, aparte de contarles que es una variación sobre un ensayo clásico de Bertrand Russell, What I Believe (1925), que usé como plantilla para escribir mis propios pensamientos. Creo que es una buena introducción a AutóMata en general.
Hablando de Bertrand Russell, que he estado leyendo últimamente, tiene un ensayo tristemente muy apropiado para nuestros tiempos: Why I am not a Communist (1956) que creo que vale la pena reproducir íntegro aquí. El original es relativamente fácil de encontrar, pero en español no tanto, así que lo siguiente es una traducción entera que hice.
Con algunas adaptaciones menores puede trasladarse muy bien a nuestros tiempos, sobre todo si sustituyen a "Unión Soviética" por "Cuba" y "Asia" por "América Latina". Hay que recordar que en 1956 estaba arrancando el conflicto en Vietnam, en ese momento liderado principalmente por los Franceses.
Por qué no soy un comunista
Bertrand Russell (1956)
En relación a cualquier doctrina política hay que preguntar dos cosas: 1) ¿Son sus principios teóricos ciertos? 2) ¿Es probable que sus políticas prácticas aumenten la felicidad humana? De mi parte, creo que los principios teóricos del comunismo son falsos, y creo que sus máximas prácticas son tales que producen un aumento inmesurable de miseria humana.
Las doctrinas teóricas del comunismo derivan en su mayoría de Marx. Mis objeciones a Marx son de dos tipos: primero, que era de pensamiento embrollado; y también, que su pensamiento estuvo inspirado casi puramente por odio. A la doctrina del plusvalor, que supuestamente demuestra la explotación de los asalariados bajo el capitalismo, se llega por (1) la adopción subrepticia de la doctrina poblacional de Malthus, que Marx y sus discípulos repudian explícitamente, y (2) por la aplicación de la teoría del valor de Ricardo a los sueldos, pero no a los precios de los productos manufacturados. Se queda completamente satisfecho con el resultado, no porque concuerda con los hechos o porque tenga coherencia lógica, sino porque calcula que provocará furia en los asalariados. La doctrina de Marx de que todos los eventos históricos están motivados por el conflicto entre clases es una extensión imprudente y falsa hacia la historia mundial de algunos rasgos de la Inglaterra y Francia de hace cien años. Su creencia en una fuerza cósmica llamada Materialismo Dialéctico, que gobierna la historia humana independientemente de la voluntad humana, es mera mitología. Sus errores teóricos, sin embargo, no hubieran importado tanto de no ser que, como Tertuliano y Carlyle, su principal deseo fue ver castigar a sus enemigos, importándole poco lo que le pasara a sus amigos durante el proceso.
La doctrina de Marx ya era de por sí mala, pero los eventos por los que pasó bajo Lenin y Stalin la hicieron mucho peor. Marx enseño que habría un periodo revolucionario transitorio después de la victoria del proletariado en una guerra civil, y que durante ese periodo el proletariado, de acuerdo con la práctica usual tras una guerra civil, despojaría del poder político a sus víctimas. Este periodo iba a ser el de la dictadura del proletariado. No debe ser olvidado que la visión profética de Marx era que la victoria del proletariado llegaría cuando éste constara la mayoría de la población. La dictadura del proletariado, concebida de esta manera por Marx, no era esencialmente antidemocrática. En la Rusia de 1917, sin embargo, el proletariado era una minoría de la población, siendo la gran mayoría campesinos. Fue decretado que el partido Bolchevique era la parte del proletariado con consciencia de clase, y luego que un pequeño comité de sus líderes era la parte del partido Bolchevique con consciencia de clase. La dictadura del proletariado entonces pasó a ser la dictadura de un pequeño comité, y ultimadamente la de un solo hombre: Stalin. Siendo el único proletario consciente de clase, Stalin condenó a millones de campesinos a morir de hambre y millones más a trabajo forzado en campos de concentración. Incluso llegó al punto de decretar que las leyes de herencia serían distintas de ahí en delante, y que la germen-plasma seguiría decretos soviéticos pero no a aquel clérigo reaccionario, Mendel. No encuentro cómo entender cómo es que gente tanto humanista como inteligente pudiera encontrar algo qué admirar en el vasto campamento de esclavos producido por Stalin.
Siempre he estado en desacuerdo con Marx. Mi primer crítica hostil a él fue publicada en 1896. Pero mis objeciones contra el comunismo moderno van más allá que mis objeciones a Marx. Es el abandono de la democracia lo que encuentro particularmente desastroso. Una minoría depositando su poder en las actividades de una policía secreta está obligada a ser cruel, opresiva y oscurantista. Los peligros del poder irresponsable fueron reconocidos en lo general durante los siglos XVIII y XIX, pero aquellos que han sido deslumbrados por el aparente éxito actual de la Unión Soviética han olvidado todo lo que tan dolorosamente fue aprendido durante los días de monarquía absoluta, y han regresado a lo que fue lo peor del Medioevo con el curioso delirio de que están a la vanguardia del progreso.
Hay señales que el régimen soviético pudiera tornarse más liberal con el tiempo. Pero, aunque esto es posible, no es para nada seguro. Mientras tanto, todos quienes valoren no solo el arte y la ciencia sino también una suficiencia de pan de cada día y libertad de no temer que un descuido verbal de sus hijos a un profesor los condene a trabajos en un campo en Siberia, deben hacer lo que esté en su poder para preservar en sus propios países una forma de vida menos servil y más próspera.
Hay aquellos quienes, oprimidos por los males del comunismo, llegan a la conclusión de que la única forma efectiva de combatir estos males es mediante una guerra mundial. Creo que esto es un error. Tal política pudo ser posible en cierto punto, pero ahora la guerra se ha vuelto tan terrible, y el comunismo tan poderoso, que nadie puede decir qué quedará en pie tras una guerra mundial, y lo que pudiera quedar probablemente sería tan malo como el comunismo actual. Esta predicción no depende de qué bando, si acaso alguno, resulte victorioso. Solamente depende de los efectos inevitables de la destrucción masiva vía bombas de hidrógeno y cobalto, y quizá de plagas diseminadas ingeniosamente. La forma de combatir al comunismo no es con la guerra. Lo que se requiere además de los armamentos que disuadan a los comunistas de atacar a Occidente es una disminución de las bases del descontento en las partes menos prósperas del mundo no-comunista. En la mayoría de los países de Asia, hay una abyecta pobreza que Occidente debería aliviar en tanto esté en su poder hacerlo. También hay una gran amargura causada por los siglos de dominación insolente de Asia por Europa. Esto debe tratarse con una combinación de tacto paciente y anuncios dramáticos renunciando a los remanentes de dominación blanca que prevalecen en Asia. El comunismo es una doctrina nutrida de la pobreza, odio y conflicto. Su esparcimiento solo puede ser atrofiado disminuyendo las áreas de pobreza y odio.
Hay una confrontación total entre la mente irónica y la literal: entre todo tipo de comisario e inquisidor y burócrata y aquellos que saben que, cualquiera que sea el rol de las fuerzas sociales y políticas, las ideas y los libros deben ser formuladas y escritos por individuos.
—Christopher Hitchens, For the Sake of Argument
El respeto es el enemigo de la tolerancia.
—Nick Cohen, You Can’t Read this Book
Si tienes la razón acerca de alguna cuestión y te encuentras con alguien que está equivocado, puede que te sientas confundido, frustrado, o incluso ofendido. Si estás equivocado acerca de esa cuestión y te encuentras con alguien que tiene la razón, puede que te sientas confundido, frustrado o incluso ofendido también. Incluso si estás equivocado y discutes con otra persona equivocada de un modo distinto te sentirás confundido, frustrado u ofendido. Por lo tanto, los sentimientos que provoquen los puntos de vista de los demás son irrelevantes para determinar qué tan correctos son los puntos de vista en sí. Además, si tienes la razón acerca de algo, ¿no quisieras poder contarlo, para poder persuadir a quienes están equivocados? Si estás equivocado acerca de algo, ¿no quisieras poder saberlo, para poder dejar de estar equivocado? Cuando no está disponible la vía de la persuasión, solamente queda la de la imposición. ¿Acaso es necesario, a estas alturas, explicar por qué esto es indeseable?
Los argumentos a favor de la libertad de expresión no son difíciles pero, a pesar de que ésta ha demostrado su superioridad con resultados concretos desde hace cientos de años en las sociedades donde se practica, requiere una defensa constante. Ya sabemos que los países que más limitan o prohíben la expresión son los países fallidos donde nadie quiere vivir—ni siquiera los populistas, islamistas, comunistas o fascistas que los crearon—. Las sociedades cerradas no pueden mantenerse salvo parasitando a las sociedades libres, aprovechándose de los recursos, derechos y libertades que éstas protegen pero que los tiranos prohíben en casa. Y saben que pueden hacerlo porque la naturaleza humana es tal que siempre habrá gente, incluso en las sociedades más libres y exitosas de la historia, que añore la sumisión: idiotas útiles que se desinforman solitos para defender a Trump, Putin o Maduro; impostores intelectuales que se dediquen a justificar o negar genocidios; alquimistas del lenguaje que inventen crímenes imaginarios agregando “-fobia” al final de “ruso” o “islam”; charlatanes relativistas que quieren “descolonizar” la ciencia o las matemáticas; fascistas, anarquistas o comunistas que buscan “derrocar al sistema” que les da la libertad de decir sus idioteces; todos estos enemigos del progreso y la modernidad, y muchos más que no alcanzo a citar por cuestión de espacio, existen y se expresan incluso en las sociedades más avanzadas.
Y, en cierto modo, así debe ser. Porque el costo que paga una sociedad que da libertad de expresión a todos sus miembros—incluso los más equivocados e indeseables—es menor que el costo que se paga al censurar. Decir que los nazis tienen puntos de vista indeseables y prohibirlos es fácil. Donde se pone interesante es cuando consideramos que todos los avances intelectuales y morales que nos han llevado a la modernidad fueron considerados extremos, obscenos o radicales en algún momento. Consideren, por ejemplo, que las mujeres no pudieron votar en muchos países (incluyendo México) incluso años después de que se derrotara rotundamente a los nazis. Y consideren, también, que ese logro fue el resultado de mucho debate y no de una guerra.
La libertad de expresión es la madre de las demás libertades, porque nos permite discutir cuáles deberían ser las demás libertades. Es el valor que permite definir y defender a los demás valores, o cuestionar si deberían ser valores en primer lugar. Sin la libertad de expresar y criticar a quienes se expresan, estamos a la merced de la imposición y la arbitrariedad.
Por esto, el costo que pagan las sociedades cerradas no es solamente en desaparecidos, prisiones secretas o alambres de púas, sino en desarrollo. Una vez que un régimen totalitario se consolida y se asume como correcto por definición, necesariamente se estanca o retrocede porque no permite que sus errores sean siquiera señalados—mucho menos corregidos—. El mismo mecanismo que permite aplastar los puntos de vista indeseables, incluso suponiendo que fueran de los casos fáciles, necesariamente aplasta también a la curiosidad y la innovación, porque en los regímenes totalitarios éstas son indeseables por definición. Por otro lado, el costo que pagan las sociedades abiertas es tener que lidiar con las opiniones de algunos tontos incómodos.
Hablando de tontos incómodos, ¿a quién se le daría el trabajo de decidir qué podemos ver, leer o escuchar los demás? ¿Qué especie de burócrata sería el indicado para realizar esta labor? ¿Acaso debería haber un comité, o un politburó? ¿Deberíamos dejarlo a votación, quizá, y que decida “el pueblo” qué películas se pueden verse, libros leerse, u oradores escucharse? Incluso si pudiéramos llegar a un consenso de qué contenido sería permitido y prohibido, ¿cuántos recursos habría que destinar en aplicar dicha ley? ¿No tienen mejores cosas qué hacer las fuerzas del orden—particularmente en países en desarrollo—que andar confiscando pinturas, música, libros y películas, arrestando a quienes se resisten y combatiendo un mercado negro intelectual y artístico?
El lente totalitario/autoritario también es útil para entender dónde poner los límites a la expresión, si acaso. Aquí es sumamente útil la distinción entre lo público y lo privado, y la observación de que el totalitarismo es la abolición de los límites entre éstos, notada en distintas formas por gente como Hannah Arendt y George Orwell. Este análisis tiene el beneficio adicional de empatar con nuestras intuiciones sobre la privacidad y la propiedad privada: por más que uno crea en la libertad de tránsito y de asociación, nadie quiere que un extraño lo siga a todos lados, ni que transite hasta y dentro de la casa de uno. Con un mínimo de imaginación, podemos extender esta consideración hacia otros también y concluir que nadie quiere vivir en un mundo así. Con la expresión es lo mismo: lo que la gente decida exponer de sí para el mundo es cancha reglamentaria; lo que mantenga en privado, no. El daño de cualquier cantidad de críticas o insultos públicos a una persona (que ya vimos es irrelevante para el mérito de los puntos de vista) es trivial comparado con el daño que puede ocasionar divulgar su domicilio o su lugar de trabajo, que bien puede terminar con su vida.
La mayor parte de la historia humana careció de la libertad para expresarse. Es un fenómeno reciente y, me parece, indebidamente controversial en nuestros tiempos. Tristemente, todavía son muchos los países del mundo que aún no la han conocido y no hay ninguna ley de la Historia que diga que la vayan a conocer. Los argumentos y los resultados a favor de la libre expresión son fáciles de entender y apreciar, y sin embargo requieren defensa constante incluso donde ésta existe. Algo así pasa con la evolución, el materialismo o el liberalismo democrático en general; los debates decisivos ya ocurrieron, e incluso hace mucho, aunque tantos siguen sin enterarse. Habrá que decirles.
Tras verse acorralado por las críticas irrefutables de George Orwell, un estalinista trató de justificarse diciendo que ni modo, los campos de concentración, las hambrunas, los fusilados y los exiliados eran parte del un sacrificio necesario para finalmente establecer la utopía. Había que romper algunos huevos para poder hacer un omelet. Orwell asintió ligeramente y simplemente dijo: “Bien, ¿y dónde está tu omelet?”
Quienes hayan pasado por tan solo un poco de estudio y debate sobre la existencia o no existencia de dios se habrán topado con el argumento (es un decir) de que el ateísmo es solo otra religión. Si su estudio fue tan solo un poco más allá, también conocerán la simple refutación de esto, que es que decir que el ateísmo es una religión es como decir que “apagado” es un canal de televisión, o que sentarse en el sillón es un deporte. Las palabras tienen significados, y la ausencia de una religión no es una religión. No es difícil, aunque a mucha gente le cuesta trabajo entenderlo todavía.
También es posible no practicar, ni creer en, ninguna pseudociencia. Si uno es crítico e intelectualmente honesto, enterarse de uno que cree algo siquiera sospechoso de ser charlatanería lo pone en alerta. Entender cómo funciona la ciencia y sus diferencias con su impostora nos deja perfectamente preparados para vivir con una y sin la otra. No son lo mismo, ni mucho menos son equivalentes, la astronomía y la astrología.
He mencionado en algunas ocasiones que la pseudociencia tiene su análogo político en la ideología. Creo que la ideología no recibe la suficiente crítica, y me parece que se debe a que tantos creen que uno no puede evitar tener ideología, de la misma manera que creen que el ateísmo es solo otra religión o que la diferencia entre ciencia y pseudociencia es cuestión de percepción personal. Creen, en resumen, que no tener ideología es una ideología. Por supuesto, están equivocados.
Religión, pseudociencia e ideología siguen un mismo patrón de irracionalidad que las agrupa bajo la misma categoría mayor de superstición :
Son internamente inconsistentes.
No comparan lo que creen con la realidad.
No admiten errores, ni mucho menos tienen un mecanismo para corregirlos.
Si cambian lo hacen solamente por presión externa pero nunca lo reconocen (“nosotros siempre habíamos dicho que...”).
Fabrican conspiraciones en su contra.
Los conflictos internos son irresolubles y llevan a denuncias, cismas y cacerías de brujas.
Cuanto más ideologizada esté una rama de conocimiento humano, más inmadura es. Existen físicos de izquierda, centro o derecha, pero no existe física de izquierda, centro o derecha. Lo mismo no puede decirse, todavía, de la economía o la política. Si éstas pretenden describir y entender la realidad, como dicen hacerlo, esto es preocupante. Hay un núcleo de conocimiento que todos los politólogos y economistas comparten, pero es todavía muy pequeño y sigue muy contaminado por las supersticiones prevalentes en cada una, como la física del siglo XVIII que todavía buscaba lugares para Dios en las ecuaciones. Hay pioneros y honrosas excepciones que buscan entender al mundo como es, pero todavía tienen que luchar contra los ideólogos (teólogos/charlatanes) que quedan en sus universidades, institutos y gobiernos.
Nadie quiere poner su salud en manos de un medicamento falso, ni regalarle su dinero a un predicador falso (sí, es redundante). Nadie cree, tampoco, que sea inevitable o aceptable caer en semejantes fraudes, o que dé igual elegir una opción auténtica que una falsa. ¿Por qué nos conformamos, entonces, con los fraudes de estafadores marxistas, anarquistas u objetivistas? De los lugares donde uno sí quisiera vivir, ¿alguien puede nombrar uno solo que funcione como dicen ellos? Si están hablando de la realidad, ¿dónde está su omelet?
Siempre que ha habido progreso, ha habido pensadores influyentes que negaron que fuera genuino, que fuera deseable, o incluso que el concepto fuera significativo. Debieron saber que no es así. Sí hay, de hecho, una diferencia objetiva entre una explicación falsa y una cierta, entre el fracaso crónico al resolver un problema y su solución, y también entre lo malo y lo bueno, lo feo y lo bello, el sufrimiento y su alivio—y por lo tanto, entre el estancamiento y el progreso en su más amplio sentido—.
—David Deutsch
The Beginning of Infinity
Comparado con otros físicos, sé bastante más sobre—y valoro mucho más—la filosofía de la física y de la ciencia en general. Comparado con los expertos en el tema, creo que soy todavía un principiante pasando a nivel intermedio. Entender cómo es que la ciencia funciona es de suma importancia porque ésta es el motor de la civilización y, para bien o para mal, nos da cada vez más poder sobre nuestro entorno y sobre nosotros mismos.
El libro The Beginning of Infinity (El comienzo del infinito), del físico teórico David Deutsch, me pone en una posición algo incómoda: es tan deslumbrante y contundente, que pareciera que Deutsch ya explicó todo lo que había que explicar sobre el conocimiento y cómo la ciencia lo genera. Como todavía no he pasado por el canon completo de literatura especializada sobre el tema, pudiera ser que simplemente estoy apantallado por lo novedoso que me parece su visión, dada mi ingenuidad; por otro lado, pudiera ser que Deutsch realmente tiene tanta razón que, de aquí en adelante, todo lo que lea sobre el tema me parecerá obvio, ocioso, equivocado o, como decimos en la física, ni siquiera equivocado. Eso sería terrible dada una que otra docena de libros que pensaba leer sobre el tema y que temo que ahora sean, simplemente, una pérdida de tiempo.
Me preocupa que el tronco sobre el que se sostiene mucha de la filosofía de Deutsch viene de Karl Popper que, si bien fue uno de los grandes pensadores en epistemología y filosofía de la ciencia, esto fue hace casi medio siglo. Sabemos mucho más de lo que sabíamos hace 50 años, y me preocupa que en alguno de esos libros que siguen en mi lista se encuentre la falla mortal de la visión de Popper y que toda la bella construcción de Deutsch se desmorone. En cambio, me tranquiliza que Deutsch tiene a su nombre varias publicaciones en revistas serias de filosofía de la ciencia y de la física, que el tipo es una leyenda en lo que se refiere a la teoría de la computación cuántica (él la fundó) y, por lo que he leído y escuchado de él en artículos, pláticas y entrevistas, el tipo es claramente un genio y sumamente bien leído y culto.
Dí con El comienzo del infinito por una serie de recomendaciones que le he escuchado a intelectuales y científicos en diversos podcasts y artículos. Siempre había una cierta reverencia por Deutsch y su libro, y eso me bastó para procurarlo (ahora también conseguí su obra anterior, The Fabric of Reality, pero apenas lo voy a empezar). Una vez que el impacto de los primeros capítulos de Deutsch se me fue pasando ya me pude detectar en cierto desacuerdo en algunas cosas, que mencionaré cuando lleguemos a ellas. Pero definitivamente es un libro impactante—modulo las reservas que mencioné antes—y que volveré a leer, probablemente muchas veces.
Siendo alguien que trata de entender y explicar cosas lo mejor posible, este es el tipo de libro que me hace sentir sumamente incompetente. Deutsch es tan claro, brillante y extraño que pareciera que bajó un extraterrestre a finalmente explicarlo todo con manzanas a los tontitos como yo. A partir de lenguaje sencillo y definiciones sin rodeos, Deutsch construye toda una teoría del conocimiento—una epistemología–y de paso la despliega no solamente para explicar qué es la ciencia y cómo funciona, sino que también la aplica a la política, la ética y aun a la estética.
En el Episodio 11 revisamos The Big Picture de Sean Carroll, también físico teórico, y que abarca muchos de los mismos temas desde el "naturalismo poético"; ha sido sumamente provechoso para mí comparar y contrastar a Carroll con Deutsch. Incluso aproveché que soy suscriptor al podcast de Carroll y en su episodio más reciente de "pregunta lo que sea" le pregunté (43:10 o 43:35 acá) sobre una de sus discrepancias con Deutsch, acerca de la validez del pensamiento bayesiano. Carroll contestó que no esta seguro de entender la crítica de Deutsch por completo, así que no puede defenderse de Deutsch tan bien como quisiera aparte de decir que el razonamiento bayesiano le parece tan incontrovertible que no entiende cómo Deutsch pudiera estar en desacuerdo (Deutsch lo rechaza como una extensión del induccionismo, que es deducir conclusiones lógicas a partir de regularidades en patrones de la naturaleza; regularidades que se pueden interrumpir). Curiosamente, en las cosas en las que ellos están de acuerdo es en donde yo difiero de ambos, específicamente, la Teoría de Muchos Mundos de la mecánica cuántica. Pero ya llegaremos a eso.
Como Carroll, ayuda que Deutsch es un gran escritor, aunque el tono conversacional y amigable de Carroll se convierte en uno más declarativo y extremadamente sutil con Deutsch. Es fácil, dado el lenguaje relativamente sencillo, leer declaraciones absolutamente radicales o geniales, no darse cuenta, y tener que regresar. Para esto me fue de gran ayuda el podcast del australiano Brett Hall, TokCast, dedicado a repasar el libro capítulo por capítulo, aunque él todavía no lo ha terminado de repasar.
* * *
Para Deutsch, el conocimiento es un acto creativo que proviene de la construcción de mejores y mejores explicaciones sobre el mundo, donde una explicación es una aseveración acerca de qué hay en el mundo y cómo se comporta. Las explicaciones, que ya desarrolladas y agrupadas se llaman teorías, se construyen a partir de un ciclo de conjeturas y críticas. Esto es, las explicaciones se adivinan y luego se ponen a prueba. Todas las teorías son consideradas potencialmente equivocadas, por lo que seguramente se les encontrará un error en algún punto, dada la crítica suficiente. A la idea de que no existen fuentes autoritativas de conocimiento ni justificaciones inapelables se le conoce como falibilismo. El falibilismo es lo que permite que las mejoras a las teorías siempre sean posibles, porque ninguna es definitiva. El falibilismo contrasta especialmente con la definición platónica de conocimiento, creencia justificada y cierta, pues niega que existan justificaciones suficientes para cualquier cosa (porque siempre se puede cuestionar la justificación de la justificación).
Además, los conflictos entre distintas ideas—distintas teorías—son la fuente de problemas que hay que resolver. Solucionar un problema significa crear explicaciones que no tengan estos conflictos y así se logra el progreso.
En el falibilismo la evidencia no sirve para inducir o deducir teorías. Sirve para que, dadas las teorías (que fueron obtenidas por conjetura), podamos elegir entre ellas. Las mejores teorías son las que mejor explican la evidencia. ¿Y en qué consta, precisamente, decir que una teoría es mejor que otra? Para empezar, una buena explicación es difícil de variar, porque cada elemento de ella tiene una función específica ligada a la evidencia. Además, las teorías tienen alcance pues, si explican algo suficientemente fundamental, serán aplicables a muchas situaciones aparte de la que buscan aclarar inmediatamente. Va un ejemplo, tomado del mismo Deutsch:
¿Qué provoca las estaciones? En la antigüedad, el clima se creía ligado a los poderes de los dioses. Hacía frío o calor, soplaba el viento o llovía, porque de alguna manera los dioses y sus acciones estaban ligados al clima. En la mitología griega, el invierno era provocado por la tristeza de la diosa Deméter ante la ausencia cada año de su hija, Perséfone, que había sido raptada por Hades, dios del inframundo y, como parte del acuerdo para su liberación, estaba obligada a visitarlo cada año. Pero los roles de los dioses se podrían cambiar, e incluso los dioses mismos, sin afectar la explicación. Pudiera ser que Perséfone y Hades tuvieran sus propios poderes y que cada año uno caliente la tierra y el otro la enfríe, y que Deméter ni siquiera participe. Pudiera ser, por otro lado, que el dios nórdico Freyr, dios de la primavera, estuviera en guerra con las fuerzas del frío y la oscuridad y las estaciones reflejaran su éxito o derrota. Podemos hacer tantas variantes sobre los componentes de estas explicaciones como queramos porque ninguno es necesario: cualquier regularidad en el comportamiento de cualquier dios da igual. Los detalles de cada uno de estos mitos están apenas conectados a los fenómenos que buscan explicar y por eso son tan fáciles de modificar (y por eso hay tantos mitos distintos).
Ahora consideremos una explicación mejor: la Tierra es redonda y su eje está inclinado respecto al Sol. A medida que la Tierra transita su órbita alrededor del Sol, sus hemisferios reciben cantidades distintas de luz, y por lo tanto experimentan más o menos calor. Los días se hacen más largos y calurosos en un hemisferio al mismo tiempo que en el otro se hacen más cortos y fríos, mientras que hay zonas en la Tierra que por su latitud no notan gran diferencia en la luz que reciben cada año. Estos desequilibrios de energía recibida y emitida por distintas regiones de la Tierra son lo que percibimos como el cambio en las estaciones.
Si modificamos cualquier elemento de la explicación, ésta se desmorona. Si la Tierra no es redonda, o si no está en órbita alrededor del Sol, de nada sirve que esté inclinada. Además, la teoría tiene un gran alcance: cualquier planeta en órbita de cualquier estrella tendrá estaciones si es redondo y si su eje está inclinado, y las estaciones necesariamente son contrarias en sus distintos hemisferios. Dada suficiente inclinación, habría regiones del planeta en las que nunca se ponga el Sol, o donde nunca salga. Si uno quiere construir un reloj solar, de alguna manera tendrá que tomar en cuenta estas variables, aunque no le interese saber sobre las estaciones ni el clima. Y así. El alcance de esta explicación es, muy literalmente, cósmico.
Ambas explicaciones, la mitológica y la geológica, se pueden poner a prueba mediante observaciones o experimentos. Pero, dado que la mitología está solamente superficialmente ligada a lo que busca explicar, se puede cambiar a gusto. Si los antiguos se hubieran dado cuenta que en lugares lejanos era invierno cuando ellos tenían verano, pues hubieran inventado que sus dioses mágicamente podían viajar y ya. Sus explicaciones se pueden variar fácilmente y por eso son malas. Ante cualquier evidencia inconveniente, simplemente agregan otro dios que hace otra cosa caprichosa y ya, el resto es magia. Cuando las malas explicaciones son contradecidas por la evidencia y se modifican fácilmente, quienes las creen no se acercan más a la verdad. Pero cuando una buena explicación no cuadra con la evidencia, sus proponentes no tienen opción más que crear otra fundamentalmente distinta y, dadas suficientes iteraciones, llegarán a una mejor.
Es importante que, si una explicación es mala, no hace falta ponerla a prueba para descartarla. Desde que uno ve que es fácil de variar y por lo tanto tiene poco o nada de poder explicativo se puede dar por inútil. En la ciencia la mayoría de las explicaciones son desechadas así, borradas del pizarrón o lanzadas al bote de la basura, mucho antes de que tengan la madurez necesaria para que ameriten diseñar algún experimento. La pseudociencia se caracteriza, como la mitología y la religión, por constar de malas explicaciones que están acopladas solo superficialmente a los hechos que buscan explicar, por lo que no se corrigen y no progresan.
* * *
Existe la idea entre muchos intelectuales que quizá haya cuestiones que simplemente estén más allá de la comprensión humana. De la misma manera que es inútil enseñarle cálculo incluso al simio más inteligente—ya no digamos relatividad—habría fenómenos que simplemente estarían fuera del alcance aun de un genio humano. Las fronteras de la física, el estudio de la conciencia y la creación de inteligencia artificial pudieran simplemente ser inaccesibles para nosotros.
Pero esto pasa por alto la capacidad de los humanos de generar conocimiento explicativo, que por definición tiene alcance potencialmente infinito porque es recursivo: si un hecho del universo tiene una explicación y no la entendemos, siempre podemos buscar explicar la explicación. Esto contrasta con el conocimiento no explicativo que tienen los seres vivos, quienes se han adaptado a sus ambientes por el proceso de evolución, y que ha resultado en adaptaciones buenas que son difíciles de variar. Esto les da un cierto conocimiento, codificado en su ADN, que les ha optimizado para su entorno. Tomemos el caso de un castor, que "sabe" que tiene que recoger madera de sus alrededores, y "sabe" cómo acomodarla para construir una presa sobre un arroyo. Pero el castor no puede explicar para qué hace lo que hace—está solamente programado para hacerlo muy bien—. En el momento en que su entorno cambie lo suficiente, el castor estará perdido.
El conocimiento explicativo, sin embargo, que también es difícil de variar sin echarlo a perder, es mucho más profundo porque es abstracto y fundamental. Si el castor pudiera explicar por qué hace lo que hace, entonces podría identificar los objetivos detrás de ello y encontrar otra manera de cumplirlos. Podría buscar otros materiales, o emigrar, o cambiar su estilo de vida de algún modo. Las adaptaciones biológicas no son explicativas y tienen poco alcance; pero el conocimiento sí es explicativo y tiene un alcance potencialmente ilimitado. Como toda teoría es ilimitadamente mejorable, cualquier fenómeno es explicable. Cualquier explicación puede ser alcanzada, dados suficientes ciclos de conjetura y crítica, por una cadena de explicaciones de explicaciones. Como dice Deutsch:
La idea de que pudiera haber seres que son a nosotros lo que nosotros somos a los animales es una creencia en lo sobrenatural.
Una persona es, en el sentido amplio, un ser con capacidad universal para explicar. Diseñar una inteligencia artificial equivale entonces a diseñar una persona en este sentido amplio, que pudiera incluir una máquina. La prueba crucial para determinar si una máquina está "pensando" es tener una explicación para su comportamiento, pero esa explicación debe venir de la máquina. Es la máquina la que debe explicar su propio funcionamiento, tal como lo hacemos las personas de carne y hueso.
Y hablando de castores que construyen presas, el conocimiento explicativo es el que les permitiría construir cualquier cosa a partir de cualquier materia prima. Un ser que posee conocimiento explicativo sobre los procesos físicos encontrará que hay dos alternativas para cualquier transformación de la materia:
o es imposible, porque está prohibida por las leyes de la naturaleza
o posible, dado el conocimiento necesario.
En la terminología de Deutsch, un constructor universal es una persona que posee el conocimiento para pasar cualquier materia prima a través de cualquier transformación física posible, dado el conocimiento necesario.
...la materia, la energía y la evidencia son los únicos requisitos que debe cumplir un ambiente para que se pueda crear conocimiento en él.
Si quedáramos varados en medio de un típico cubo de espacio interestelar, podríamos, con el conocimiento suficiente, recoger todos los átomos de hidrógeno cercanos y fusionarlos para generar otros materiales. Ninguna ley de la física prohibe hacerlo; bastaría con tener el conocimiento necesario de cómo. Ya sabemos cómo usar la fusión nuclear, y podemos crear elementos nuevos en laboratorios. Cualquier sitio del universo está, desde este punto de vista, repleto de recursos. El arsenal completo de transformaciones que una persona o civilización tiene a su disposición es lo que Deutsch llama su riqueza.
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La epistemología de Deutsch es lo más impactante de su libro. Su ontología—qué es lo existe—es donde yo empiezo a tener discrepancias. Estoy dispuesto a aceptar su criterio para decir que algo existe como un axioma, aunque me provocó disonancia constante en las secciones en las que le saca provecho. Para Deutsch, existen aquellas cosas que juegan un papel fundamental en una buena explicación de un fenómeno. Hasta ahí suena inocente el concepto, pero después pasa a decir que por lo tanto existen cosas físicas y no-físicas, y ahí es donde yo me altero. Las abstracciones existen porque, dice Deusch, son una parte necesaria de las buenas explicaciones que las usan.
El ejemplo que usa Deutsch es explicar cómo llegó un átomo de cobre a la punta de la nariz de una estatua de Winston Churchill. Una explicación reduccionista, a partir de partículas fundamentales y sus interacciones, sería necesariamente embrollada e impráctica (hasta ahí estoy de acuerdo). Es mucho mejor usar abstracciones y entidades emergentes: hubo una ola de fascismo en la primer mitad del siglo XX, que culminó en un enorme conflicto que ahora llamamos la Segunda Guerra Mundial. Entre los países "buenos" estaba Reino Unido, cuyo líder victorioso fue Winston Churchill. Dada la costumbre de muchas culturas de eregir monumentos a sus grandes personalidades, terminada la guerra se construyó una estatua de bronce, que es una aleación de cobre y estaño, para homenajear al personaje.
Creo que lo que me provoca disonancia es el intercambio indiscriminado de las categorías de lo existente y lo no existente con las de lo funtamental y lo emergente, y de lo práctico o impráctico. En principio, todo fenómeno se pudiera recuperar, dado el conocimiento suficiente y capacidad de cálculo, a partir de partículas fundamentales y sus interacciones (esto es conocido usualmente como reduccionismo). Hablar de abstracciones o fenómenos emergentes es un atajo para describir lo que está pasando, más no es un sustituto para lo que "realmente" sucede. Que algo sea útil o parte fundamental de una explicación es irrelevante para la cuestión de que "realmente" exista. Ahora, yo soy un fisicalista de hueso colorado y quizá me estoy perdiendo de algo, pero creo que el criterio fisicalista de existencia es claro y consistente: existe aquello que tiene permanencia a través del espaciotiempo. El fascismo existe en la medida en que ciertos patrones ocurran en los cerebos de seres hechos de partículas fundamentales, provocando que se comporten de ciertas maneras, que en principio se pudieran calcular. Sería una descripción terriblemente embrollada aun si se pudiera obtener—pero sería una descripción correcta—. Tiene la ventaja, además, de que las cosas no comienzan o dejan de existir según el conocimiento o la ignoranica de algún homínido. Lo explico fácilmente: pueden existir partículas fundamentales sin que exista el fascismo, pero al revés no.
En fin, como dije antes, puedo aceptar estas definiciones como axiomas, dejar mis propias definiciones a un lado momentáneamente, y sí, todo lo demás que propone Deutsch parece seguir lógicamente de ellas. Aún así me provocan disonancia. Si me viera obligado a resolver esta disonancia, haría una distinción entre lo existente, lo emergente y lo fundamental. El fascismo es algo emergente y real, porque se manifiesta físicamente y obviamente existe, pero no es fundamental. Deutsch no hace estas distinciones, pero yo estoy acostumbrado a sí hacerlas y me parece que son importantes, al menos para mí, para poder pensar claramente.
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Dejando la ontología a un lado, el alcance de la epistemología de Deutsch es sorprendente. La virtud del falibilismo en cuanto a conocimiento se refiere es que permite la corrección de errores. De hecho, la considera algo deseable e inevitable. Esta es la parte más impactante del libro, creo yo, porque Deutsch liga la epistemología con la política, la ética y la estética a través de la corrección de errores. También se las ingenia para incluir el sentido técnico de este concepto, ampliamente explotado dentro de la electrónica, el cómputo e incluso la física teórica. Lo explica Deutsch:
Aunque la conjetura es el origen del conocimiento, también es una fuente de error, y por lo tanto es crucial lo que pase con una idea después de ser adivinada.
Voy a citar un pasaje un poco largo, pero creo que vale la pena porque ilustra la aplicabilidad del falibilismo fuera de la epistemología:
Considere también a los utópicos revolucionarios, quienes típicamente logran solo destrucción y estancamiento. Aunque son optimistas ciegos, lo que los define como utópicos es su pesimismo de que su supuesta utopía, o sus propuestas violentas para lograrla y atrincherarla, pudieran mejorarse. Además, son revolucionarios en primer lugar porque son pesimistas de que otras personas pudieran ser persuadidas de la verdad final que creen tener.
Las ideas tienen consecuencias, y enfocarse en "¿quién debería gobernar?" dentro de la filosofía política no es solamente un error de análisis académico: ha sido parte de todas las malas doctrinas políticas de la historia. Si el proceso político es visto como un motor para llevar al poder a los gobernantes correctos entonces justifica la violencia, pues ningún sistema es legítimo y ningún mandatario tampoco hasta que se ponga a los "correctos"; y una vez que se ha implementado el sistema, y que sus líderes estén a cargo, toda oposición a ellos es considerada oposición a lo correcto.
Deutsch expande la visión popperiana de la sociedad abierta: lo importante no es meramente llevar al "gobierno correcto" al poder, sino tener la capacidad de remover a un gobierno incorrecto. Poco a poco, a través de varias iteraciones de implementar políticas y corregirlas, se llega a un gobierno cada vez mejor y que, como antes, es difícil de variar. Por eso es que tantas revoluciones fallan y acaban por implementar algo peor a lo que quisieron derrocar.
Los regímentes autoritarios necesariamente se estancan porque no tienen un mecanismo de corrección de errores. El gran acierto de la Ilustración fue el rechazo a la autoridad como fuente de conocimiento y, por lo tanto, como fuente de buena gobernanza también. Sobre la Ilustración, Deutsch comenta que
Pudiera ser que la Ilustración "intentó" suceder incontables ocasiones, quizá remontándose a la prehistoria. Si es así, esas mini-Ilustraciones ponen a nuestro escape afortunado reciente en una sombría perspectiva. Puede ser que hubo progreso en cada ocasión—un breve fin al estancamiento, un breve destello del infinito, siempre terminando en tragedia, siempre aplastado, usualmente sin dejar rastro—. Excepto este.
Vivimos en un tiempo realmente excepcional de progreso sostenido en el que los problemas son inevitables pero solubles. La capacidad de reconocer y corregir errores nos ha llevado a superar problemas que nos mantuvieron estancados por miles de años. En la ética, Deutsch sugiere que
¿Pudiera ser que el imperativo moral de no destruir la capacidad de corregir errores es el único imperativo moral? ¿Que todas las verdades morales siguen de éste?
Los sistemas éticos como el consecuencialismo, deontología o ética basada en virtudes no sirven como teorías o explicaciones de la ética en sí, sino como medios de crítica. Para cualquier solución ética a un problema desde uno de estos marcos, uno puede preguntar qué haría alguien ubicado en otro y mejorar la solución. Deutsch deja abierta la cuestión de cuál pudiera ser un marco ético "correcto" porque, como en las otras áreas de conocimiento, esa es una pregunta abierta. Pero que no se pueda tener una teoría ética completa y definitiva no significa que todas den igual: algunas son mejores que otras, como lo son las que rechazan a la autoridad como fuente de la ética, al igual que en la epistemología.
El resumen de la visión ética de Deutsch es un elegante enunciado que él llama el Principio del Optimismo:
Todos los males se deben a una falta de conocimiento.
Fundamentalmente, no existe una barrera que detenga el progreso. Siempre que tratemos de mejorar las cosas y fallemos, se deberá no a que los dioses nos estén castigando, o porque hemos llegado al límite de nuestra capacidad para razonar e inventar, o porque sería mejor que falláramos. Todas las fallas—todas—se deben a que no supimos lo suficiente a tiempo.
Igual que en política o ética, la estética surge de la creación de estructuras difíciles de variar:
Existen verdades objetivas en la estética. El argumento estándar de que no puede haberlas es una reliquia del empirismo. Las verdades estéticas están ligadas a verdades empíricas a través de explicaciones, y también porque los problemas estéticos pueden emerger de hechos y situaciones físicas.
Una sinfonía de Mozart es bella porque hay un cierto criterio que satisface y es, por lo tanto, difícil de variar. Basta comparar esto con el "criterio" que satisfacen el reggaetón o la banda para comprender por qué la primera es objetivamente mejor que los otros.
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Mencioné antes mi discrepancia con el concepto del multiverso cuántico al que Deutsch suscribe (al igual que Carroll), pero los detalles los dejaré para un episodio completo dedicado a la mecánica cuántica. Lo que sí vale la pena es rescatar la crítica que hace a la llamada Interpretación de Copenhage, que también describiré a fondo cuando ese episodio esté listo. Por ahora, basta apuntar que sobre ella Deutsch dice que
Su combinación de ambigüedad, immunidad a la crítica y el prestigio y autoridad percibidas de la física fundamental han abierto la puerta a incontables sistemas de pseudociencia y charlatanería supuestamente basados en teoría cuántica. Su descalificación de la crítica y la razón como vestigios "clásicos", y por lo tanto ilegítimos, le ha dado ilimitado comfort a aquellos que quieren desafiar a la razón y acoger modos irracionales de pensamiento. Así la teoría cuántica—el descubrimiento más profundo de las ciencias físicas—ha adquirido una reputación por apuntalar prácticamente todas las doctrinas ocultas y místicas jamás propuestas.
La teoría cuántica es una teoría sumamente profunda de física, no de misticismo. Es una versión subatómica, fundamental, de las poleas, resortes y planos inclinados que estudiamos en la secundaria o la preparatoria. Como es un tema recurrente aquí en AutóMata, el mundo físico es mucho más fascinante que cualquier fantasía sobrenatural o mística, con la desventaja que la gente ignorante piensa que si algo es fascinante entonces debe ser místico o sobrenatural. Por ahora dejaré este tema hasta aquí, prometiendo que el clavado profundo ya viene.
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Quisiera terminar reiterando mis reservas iniciales: Deutsch me parece genial y deslumbrante, pero en cuanto a epistemología no soy un gran experto (por ahora, pero ya verán). El libro sí es un tour de force de ciencia y filosofía, por lo que no me extrañaría si en unos años se considere un clásico. El optimismo perfectamente racional de Deutsch es contagioso, así como su irreverencia y excentricidad. A uno le dan ganas de mencionarlo cada vez que pueda, tan solo para presumir que ya es parte del club de quienes lo han leído (¿disculpe, tiene usted un minuto para hablar sobre epistemología popperiana?). En cierto modo, eso es este episodio.
Pláticas de Deutsch en TED (en orden cronológico):
No existe lo sobrenatural ni mucho menos lo divino. Decir que existe algo inmaterial es en el mejor de los casos un atajo del lenguaje y en el peor una incoherencia. No existe el propósito o significado de la vida, ni mucho menos alguna dirección moral en la que se mueva el Cosmos. Vivimos en un mundo amoral, puramente mecánico, y nosotros mismos somos robots hechos de carne. Todas estas son buenas noticias.
A excepción de la última frase, todas las anteriores son consecuencias directamente derivadas de lo que se conoce como naturalismo (no confundir con naturismo) que discutimos extensamente en los episodios 7 y 11 de AutóMata, y que se puede resumir como la postura de que no existe más que el mundo natural. A veces al término naturalismo se le intercambia con fisicalismo, que es algo más específico, o con materialismo, que es equivalente pero tiene otra connotación en el lenguaje popular, fuera de la filosofía y ciencia, como sinónimo del consumismo. En esta ocasión voy a hablar del materialismo como la postura de que no existe más que el mundo material; ya habrá oportunidad para hablar de consumismo y su papá, el capitalismo, más tarde en AutóMata.
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No tengo recuerdo de haber creído en nada sobrenatural en mi vida, pero sí recuerdo haber creído que era al menos una cuestión debatible. Eso fue hace muchos años y, muchos libros, artículos, ensayos, debates, documentales y horas de cavilación después, ya no me parece que valga la pena tomar en serio la posición dualista de que existe algo aparte de lo material. Como mencioné antes, los argumentos a favor de que el mundo es puramente material los pueden encontrar en otros episodios. En esta ocasión quisiera enfocarme en las consecuencias de que esos argumentos sean correctos, desde mi propia experiencia como alguien que ha vivido asumiéndolos así desde siempre.
Sobra decir que mi posición es, y siempre ha sido, minoritaria. Recuerdo cuando era niño que siempre estaba confundido por tanto dios, espíritu y fantasma que todos veían menos yo. No solamente otros niños, sino adultos alrededor de mí, en persona o en los medios, hablaban de estas cosas como si fueran algo tan obvio. No sabía nada de lógica ni epistemología aparte de la que ya tenía programada de fábrica en mí, pero podía detectar que algo no cuadraba. Pocas veces me animé a decir lo que pensaba en voz alta—de por sí no hablaba de casi nada con nadie—y el resultado siempre fue... subóptimo. Incluso cuando encontraba a alguien que simpatizara con mi posición (casi siempre era específicamente con mi ateísmo) sus motivos para no creer eran ortogonales a los míos, pues solían estar motivados por la conspiración más que por la verdad. Que la religión sirviera para controlar a la gente o pagar los abogados de pederastas no me interesaba tanto como saber si era cierta, que es algo muy distinto y, curiosamente, relativamente más fácil de contestar (la respuesta es no).
Más frustrante para mí era la palabra "espiritual". Nunca entendí qué quería decir la gente que la usaba y me confundía más que ellas tampoco. Una cosa era que otras personas supieran algo que yo no y otra era que no lo supieran pero le pusieran nombre de todos modos. Hasta ahora no he encontrado un solo ejemplo del uso de esa palabra que caiga en el primer caso. En la mejor de las situaciones, la palabra "espiritual" colapsa a términos puramente terrenales como "reconfortante" o "recreativo". Para no decepcionarme de la gente, cuando dicen "hacer X es una actividad espiritual para mí" en mi mente lo traduzco como "hacer X me gusta"; no hay diferencia efectiva. Sin embargo, muchas veces la palabra designa un cúmulo de supersticiones y sinsentidos que me indican que la conversación va a ser muy corta, muy frustrante, o ambas. Ahora simplemente escucho lo mínimo necesario por educación y en cuanto puedo cambio de tema o me voy. La mayoría de las veces me voy.
Entre los artículos más antiguos aquí en AutóMata está uno sobre la inexistencia del libre albedrío, que próximamente grabaré en audio también y que tiene que ver con el título de este proyecto. Esta es otra cosa en la que mucha gente cree (incluso algunos ateos y otros materialistas) que a mí me parece, cuando mucho, una discusión sobre semántica. El argumento completo de que el libre albedrío no existe lo encuentran en aquel artículo y en muchos lados más; el resumen de mi postura es que tenemos albedrío en cuanto a que somos los autores de nuestas decisiones, pero éstas no son "libres" en el sentido de que estén mágicamente exentas de las reglas del mundo natural, porque la magia no existe. La palabra "decisión" es un atajo para procesos puramente mecánicos que, por más complicados y desconocidos que sean por ahora, no controlamos voluntariamente. La distinción entre mente y cuerpo no me es más significativa que la que hay entre software y hardware en una computadora.
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Me levanto cada mañana por la mismas razones que todos: el sueño no me alcanza para suprimir la incomodidad de un estómago vacío y una vejiga llena, suena mi alarma o, más recientemente, un perro me mordisquea y me lame la cara o el pie. Incluso los admiradores más fanáticos de los existencialistas o nihilistas, esos que tienen pósters de Albert Camus y Nietzche en su cuarto, se levantan de la cama cada mañana por las mismas razones físicas. A estas alturas la gente como yo numeramos en los cientos de millones alrededor del mundo, y cada día nos levantamos a enfrentarlo como los demás. Si estuviéramos en la desesperación existencial, cometiendo actos de vandalismo y suicidio colectivo, ya se hubieran enterado. Basta con ver las noticias para notar que la mayor parte de los desmanes que sufre la humanidad es cometida por la gente que más cree en la magia. En palabras del neurocientífico Sam Harris, ninguna sociedad ha caído en la tiranía y el caos porque sus habitantes se volvieron demasiado razonables.
Una vez que ya me levanto de la cama sigo con la búsqueda de café y alimento y, dependiendo del día de la semana, me preparo psicológicamente para el tráfico que me espera. Hago cosas porque me gustan, porque me gusta suficiente lo que me pagan por hacerlas, o ambas. No necesito un amigo imaginario con un látigo que me diga que tengo que hacer estas cosas y otras más, como hacer una donación mensual a Save the Children o simplemente tirar la basura en su lugar. Es precisamente porque creo que este mundo es el único que procuro cuidarlo y mejorarlo. Si hago las cosas porque me gustan o me convienen eso es suficiente: de todos modos las hice y sus consecuencias son igual de reales. No gano nada con decir que estoy cumpliendo con mi propósito al hacerlas, en primer lugar porque no hay tal cosa y en segundo porque es innecesario. Decir que estoy haciendo mi deber sería todavía peor, porque no se puede ser virtuoso si solamente se está siguiendo órdenes, aparte de que no se puede seguir órdenes de un ser imaginario.
Cuando escucho música como Muerte y Transfiguración de Strauss o el final de la Segunda de Mahler se me pone el pelo de punta igual que a cualquier creyente, y tamborileo los dedos y hasta canto con una rola de Creedence. Disfruto del cine y del deporte, y he tenido mis momentos de felicidad, sublime o sencilla, por enorgullecer a mis padres o acariciar a mi perro. Nada de esto requiere nada más allá de lo mecánico y lo material.
Esta observación tiene un corolario importantísimo: lo material es mucho más interesante que cualquier superstición dualista que se le haya ocurrido a un humano "espiritual". La profundidad que ofrece no solamente es mayor que la de cualquier místico, sino que además tiene la ventaja de ser real y autoconsistente. Hay cosas que no sabemos, pero eso es muy distinto a decir que creemos cosas incoherentes o de plano falsas. De todas las preguntas que ha tenido la humanidad, sobre sí misma y su mundo, todas las que han sido respondidas han tenido una respuesta natural. No ha habido una sola explicación material de un fenómeno—ni una, en toda la historia—que haya sido desbancada por otra explicación sobrenatural mejor.
Esta es una visión, además, profundamente optimista: si el mundo es un mecanismo, lo podemos comprender. Si lo podemos comprender, lo podemos manipular a nuestra conveniencia. Sin dioses ni espíritus que nos impongan sus reglas somos libres de definir lo que nos conviene.
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En todo esto hay una desventaja que puedo resumir robándome el título de uno de los libros de la politóloga Francesca Polletta: la libertad es una junta sin fin. Al principio mencioné que es una "buena noticia" que el mundo sea puramente material e, inmediatamente, dije que este diagnóstico en sí no se puede derivar de que el mundo sea material. Un Cosmos amoral es incapaz, por definición, de decirnos qué deberíamos hacer, por más que lo comprendamos. En un sentido más literal, no debemos hacer nada. Todos los objetivos que nos planteemos son opcionales. No hay mandamientos escritos en las estrellas ni en las partículas fundamentales. Para marcar el rumbo que queremos seguir debemos ponernos de acuerdo. De ahí lo de las juntas sin fin.
Hay una complicación menor, que son las personas psicópatas que realmente quieren destruirlo todo al estilo Joker, por diversión, porque por qué no. Afortunadamente, entre los demás podemos ponernos de acuerdo para tratar a estos individuos de manera humana al mismo tiempo que los relegamos a instituciones o los ayudamos a aprender a convivir, de modo que todos ganamos o al menos no todos perdemos. El problema real son las personas que tienen creencias dañinas a pesar de que no son psicópatas, porque sufren la patólogía (curable) del pensamiento mágico, al que consideran una especie de virtud. Para efectos prácticos da igual si éste se manifiesta como Esoterismo, Ley de la Atracción, Islam o Comunismo: es una incomprensión del mundo que ve fuerzas y motivos sobrenaturales o al menos sobrehumanos donde no los hay. Los argumentos son miles y muy interesantes, pero para llegar a la conclusión basta con ver la evidencia de la realidad: si esta gente pudiera realmente divinar el futuro, ya se hubiera ganado la lotería; si estuvieran construyendo paraísos terrenales y utopías la gente no se les saldría nadando.
Es precisamente porque los resultados del pensamiento materialista dan resultados materiales que cualquiera, sea de la religión, superstición o ideología que sea los puede ver. Hay solo una realidad y tiene solo un conjunto de reglas, que son las mismas que hacen que la física nuclear funcione y el comunismo no, sin importar lo que crean quienes los practiquen. Obviamente la política o la economía no se van a estudiar con física fundamental o biología, pero sí deben al menos ser consistentes con ellas. Fundamentalmente, no puedes crecer tu economía solamente imprimiendo billetes por la misma razón que no puedes doblar cucharas solamente pensando. Algunas cosas sí son realmente absurdas.
El hambre y el dolor son reales porque son fenómenos físicos. También lo son la saciedad y el placer. Como no hay nada metafísico que nos lo impida, podemos ponernos de acuerdo y procurar tener menos de los primeros y más de los segundos, para lo cual necesitamos resolver problemas como ya lo hemos hecho hasta ahora. Nungún problema que ha solucionado la humanidad—ni uno—ha tenido una solución inmaterial. Por otro lado, las preguntas que supuestamente no tienen una respuesta natural ni siquiera son coherentes, como el significado de la vida y otras tarugadas pseudoprofundas similares.
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El filósofo y neurocientífico Joshua Greene tiene una analogía muy útil para el razonamiento moral que se dedica a estudiar. Una cámara fotográfica moderna tiene varios modos automáticos predefinidos que permiten configurar la cámara rápidamente para muchas situaciones comunes: un modo nocturno, retratos, interiores y cosas así. Por otro lado, si uno quisiera también se puede usar la cámara en modo manual, en el que uno mismo define una docena de variables cuidadosamente con los controles de la cámara y quizá recursos adicionales como iluminación o vestuario especial. Es más complicado que usar el modo automático pero a veces se requiere y puede dar resultados geniales en manos de un experto. De la misma manera, los humanos navegamos de una situación a otra pasándonos de modo automático a manual según sea conveniente, no solo en el razonamiento moral, sino en nuestras vidas profesionales y personales. Para la mayoría de las cosas el modo automático es suficiente, pero a veces tenemos que detenernos, poner el modo manual, y pensar cuidadosamente.
Si me preguntan cómo deberíamos tratar a un psicópata que ha cometido un crimen horrendo, entonces me paso a modo manual y recuerdo que nadie "escoge" ser un psicópata, con todo lo que eso implica en cuanto a encarcelamiento y rehabilitación. Lo mismo va para la legalización de drogas, política energética, violaciones a derechos humanos o mi voto en elecciones. Entonces sí, me paso a modo manual ultramaterialista y hago lo mejor que puedo por pensar en términos claros sobre qué existe y qué no, qué es una cuestión empírica y para dónde apunta la evidencia, qué suposiciones se están haciendo a escondidas y todo lo demás.
Pero la mayor parte del tiempo la paso en modo automático. Pienso sobre mi vida en muchos de los mismos términos que todos, incluyendo propósitos, logros, decisiones y deberes (aunque sin nada de religión ni espiritualidad). Si tuviera que calcular y justificar todo en términos de partículas fundamentales y sus patrones realmente no podría levantarme cada mañana. Cuando me invitan a comer y me preguntan qué quiero, lo digo; no me pongo a pensar sobre la incoherencia del libre albedrío. Si veo una película de horror o fantasía no me pongo a tratar de hacer una teoría de la ectoplasma. Simplemente me quedo en modo automático y disfruto la comida y la película como cualquiera.
Esta flexibilidad es permitida, precisamente, porque a la materia no le importa cómo viva uno su vida. Que la vida sea en sí un mecanismo permite imaginar que la podemos entender, ajustar y mejorar como queramos, cosa impensable bajo los dogmas y supersticiones de la religión. Sí, algunas cosas son imposibles pero, dentro de lo que sí es posible, tenemos mucho más control de lo que cualquier sacerdote o ideólogo pensaría. Y eso es una excelente noticia.
Hay mejores y peores maneras de llegar al conocimiento. Para propósitos de este artículo podemos dejar la definición en estatus de “lo reconozco cuando lo veo” y, en ese espíritu, también voy a suponer que tener más conocimiento, en general, es mejor (esto no es tan obvio en algunos casos). Si yo quisiera saber, por ejemplo, cuánto mide una pared en la que quiero poner un librero, hay mejores y peores maneras de hacerlo. Puedo, por ejemplo:
Medir la pared con cinta métrica, flexómetro o similar;
Obtener el dato a partir de los planos de la casa;
Proyectar sobras sobre la pared y determinar sus dimensiones por trigonometría;
Estimar “a ojo”;
Preguntar a otras personas;
Lanzar unos dados;
Leer cartas de Tarot;
Esperar la respuesta en un sueño o una aparición;
Rezar.
La calidad de la respuesta en cada caso, y lo apropiada y práctica que es para resolver el problema, al menos comparada con las demás, es obvia. Y sin embargo, en el mundo real, preguntas cualitativamente equivalentes a “¿cuánto mide mi pared?“ son abordadas con todas estas estrategias y más, cuando es claro que algunas dan mejores resultados que otras, y otras no dan resultado alguno. Aunque sean mucho más difíciles de contestar en la práctica, preguntas como qué deberíamos hacer sobre el cambio climático, cómo la mente es generada por el cerebro, qué modelo económico deberíamos seguir o cuánta vida hay en el universo se pueden responder de mejores o peores formas también.
El término escepticismo es ahora una especie de mancha de tinta cuyo significado depende de quién lo usa y para qué. Por un lado se refiere a la actitud loable de siempre procurar usar los mejores métodos para “medir” e interpretar al mundo. Por otro lado se le asocia con la falta de una virtud, específicamente, la fe (esto no es un problema para nada porque la fe no es una virtud, pero ese es otro artículo). Finalmente, es simplemente usado como un disfraz para el negacionismo. Que deberíamos usar los mejores métodos para medir y pensar parecería algo incontrovertible, hasta que uno especifica qué es lo que quiere medir y sobre qué quiere pensar y, entonces, siempre hay quienes se oponen a que se mida y se piense.
En su mejor versión el escepticismo tiene un efecto curioso: ¡el escéptico cree un montón de cosas y con gran convicción! Resulta que, por más limitados que pudiéramos ser como humanos, sabemos cada vez más y, poco a poco, aplicando los mejores métodos que tenemos para llegar al conocimiento, acumulamos mucho de éste y lo usamos para cambiar nuestro mundo y a nosotros mismos, así comprobando que algo sabemos. Ser escéptico en este sentido es, parafraseando a David Hume, creer en proporción a la evidencia. Y tenemos un montón de evidencia para un montón de cosas. Cada cosa que sabemos destapa otra que no, y así el proceso se repite continuamente y, con él, el conocimiento se acumula.
Por esto es tan frustrante para quienes nos suscribimos a esta forma de escepticismo—cual imperfectamente—ver el término usado por “escépticos” del cambio climático, la vacunación, la llegada a la Luna o incluso el Holocausto. Estos individuos saben del prestigio intelectual que tiene el escepticismo en el otro sentido y lo aplican a sí mismos, castrado, mutilado e invertido. Una cuidadosa consideración de la evidencia y de cómo pudiéramos estarla interpretando mejor o peor es precisamente lo que no están haciendo. Se escudan tras una actitud pseudocrítica para evitar ser, justamente, críticos (“¿Qué? Si yo solo estoy haciendo preguntas, como buen escéptico”). Su meta no es buscar el conocimiento, sino suprimirlo. Es por eso que, en el buen sentido del término, no hay tal cosa como un “escéptico del cambio climático” o “escéptico de la vacunación” o, mejor dicho, los escépticos son quienes más creen estas cosas, porque no solo han hecho las preguntas sino que también han considerado las respuestas y los métodos para obtenerlas, y han reconocido que algunas son realmente mejores que otras. Los otros son solamente negacionistas que, lejos de acumular conocimiento, en el mejor de los casos acumulan solamente superstición.
Introducimos el naturalismo en el Episodio 7, donde explicamos que es la posición de que solamente existe un mundo, que es el mundo natural: no existe tal cosa como lo sobrenatural, lo espiritual ni lo divino. En contextos más técnicos también se le conoce a esta visión como materialismo o fisicalismo, pero estos términos suelen ser usados menos porque se prestan a confusiones.
Una exposición moderna del naturalismo y sus consecuencias la encontramos en The Big Picture del físico teórico Sean Carroll. Carroll presenta un naturalismo "poético", la idea de que hay una sola realidad natural, pero muchas distintas maneras de hablar de ella y, particularmente, de describirla en términos de historias que contamos los humanos. En el naturalismo poético, es equivalente e igualmente legítimo hablar de la realidad a distintos niveles, según lo que quisiéramos describir o explicar. Una laptop es un montón de átomos, pero también lo es de circuitos integrados; de procesadores, disco y memoria; o es un aparato con un sistema operativo y aplicaciones que nos permiten realizar múltiples actividades. Todas son maneras equivalentes de describir al mismo objeto o fenómeno. Lo mismo aplica para seres vivos incluyendo, por supuesto, a los humanos.
Algo notable del libro de Carroll es que, contrario a otros libros comparables escritos por científicos "duros", es explícitamente interdisciplinario y, en particular, filosófico. Y no me refiero en el sentido de darnos un repaso de la física desde los antiguos griegos: me refiero a que piensa como filósofo, en al menos dos sentidos: primero, que es sumamente bien leído en el tema de la filosofía en sí (algo escaso entre muchos científicos "duros"); y segundo, en que busca entender la realidad y sus consecuencias para nosotros los humanos, en el espíritu—descrito por Wilfred Sellars—de reconciliar el mundo humano con el mundo científico. En palabras de Carroll (mi traducción):
Y sin embargo debemos vivir y actuar. Somo colecciones de campos cuánticos vibrantes, unidos en patrones persistentes y alimentándonos de energía libre del ambiente y según leyes de la naturaleza impersonales e indiferentes, y somos también seres humanos que toman decisiones y se preocupan por lo que nos pasa a nosotros y a los demás. ¿Cuál es la mejor manera de pensar acerca de cómo deberíamos vivir?
De todos modos Carroll dedica una parte sustancial de su libro al nivel fundamental de lo que existe, hasta nuestro mejor entendimiento: el mundo descrito por la Teoría Central, o Core Theory, mejor conocida como la combinación del Modelo Estándar de la física de partículas con la Relatividad General (el área general en el que yo hice mis estudios de doctorado). A estas alturas he perdido algo de perspectiva en cuanto a qué es un texto de divulgación entendible por el público general, habiendo estado inmerso en los detalles técnicos por unos años, pero me parece que Carroll hace una labor tan buena como se pudiera pedir (debo señalar que es uno de los pocos científicos en activo que son además grandes comunicadores, y que incluirían a una lista muy corta con gente como Janna Levin, Brian Greene, Hannah Fry, Adam Rutherford, Brian Cox, Neil deGrasse Tyson y, todavía, Richard Dawkins).
La Teoría Central es el resultado de echar a andar la maquinaria matemática de la Teoría Cuántica de Campos, en la que los bloques fundamentales de los que está hecho el universo son campos : objetos físicos distribuidos en todo el espaciotiempo y con un valor particular en cada punto. Existe un campo para cada partícula y fuerza de la naturaleza: los campos fermiónicos del electrón, muón, tau, electrón-neutrino, muón-neutrino, tau-neutrino, quark arriba, quark encanto, quark cima, quark abajo, quark extraño y quark fondo; y los campos bosónicos del gravitón, fotón, ocho tipos de gluones, los bosones W, Z y el ahora conocido Higgs. Todo lo que un humano ve en su vida diara está hecho de esto, y el humano también. Los bosones se "amontonan" para crear campos de fuerza como el electromagnetismo y la gravitación. Los fermiones ocupan espacio y le dan estructura y "sustancia" a la materia. No hay más.
La Teoría Central en una sola ecuación. Es válida para regímenes de gravedad débil (todo menos agujeros negros y el Big Bang).
En palabras de Frank Wilczek, creador del término Teoría Central, en su libro A Beautiful Question:
La Teoría Central completa, para propósitos prácticos, el análisis de la materia. Usándola, podemos deducir qué clase de núcleos atómicos, átomos, moléculas—y estrellas—existen. Y podemos orquestar el comportamiento de grandes ensambles de estos elementos confiablemente para hacer transitores, láseres, o Grandes Colisionadores de Hadrones. Las ecuaciones de la Teoría Central han sido probadas con mucha mayor precisión, y bajo condiciones mucho más extremas, que las requeridas para su aplicación en química, biología, ingeniería o astrofísica. Aunque ciertamente hay muchas cosas que todavía no entendemos... sí entendemos la materia de la que estamos hechos y la que nos encontramos en la vida diaria.
O como dice el propio Carroll: las leyes fundamentales de la física subyacentes a la vida diaria son completamente conocidas. Faltan cosas por descubrir o entender, pero o no son fundamentales (turbulencia, materia condensada, etc.), o no son relevantes para la vida diaria de un típico humano (materia oscura, energía oscura, gravitación cuántica). Si una partícula durara lo suficiente para interactuar con la materia ordinaria, con suficiente fuerza como para posiblemente tener efectos observables en la vida diaria, ya la hubiéramos producido en experimentos a estas alturas (en teoría de campos a esto se le conoce como crossing symmetry, o simetría de cruzamiento).
Diagrama de Feynman de un electron y un positrón aniquilándose para crear un fotón que decae a un muón y antimuón (el tiempo pasa de izquierda a derecha).
Las consecuencias de esto son contundentes: no se pueden doblar cucharas con la mente, la homeopatía y la astrología no pueden ser ciertas, no hay fantasmas y tampoco vida después de la muerte. Cualquiera que esté en desacuerdo es bienvenido a estudiar teoría cuántica de campos, demostrar dónde está mal, y pasar por su premio Nobel.
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Si nos alejamos del nivel de la física fundamental, observamos comportamiento interesante: a pesar de que las leyes de la física no distinguen la dirección del tiempo a nivel de partículas subatómicas, en el mundo macroscópico sí hay procesos irreversibles. Esto es por la segunda ley de la termodinámica, que dicta que la entropía de un sistema cerrado siempre aumenta y así marca la dirección de la flecha del tiempo. Podemos pensar en el Big Bang como un enorme resorte comprimido que repentinamente se soltó y hoy sigue expandiéndose, permitiendo que muchos procesos aprovechen el viaje mientras su energía se disipa poco a poco.
A algunos les inquieta cuál habrá sido la fuente de toda esa energía en primer lugar. La pregunta es ociosa y generalmente tiene la intención de postular un dios que ahí la puso, pero solamente recorre el problema un paso más (¿quién puso ahí al dios?). Además, hay un escenario perfectamente compatible con la evidencia, hasta donde sabemos, en el que la energía total del universo es cero :
En relatividad general tenemos una fórmula para la energía total del universo. Resulta que un universo uniforme—uno en el que la materia está distribuida de forma pareja por todo el espacio a grandes escalas—tiene energía precisamente cero. La energía de las "cosas" como la materia y la radiación es positiva, pero la energía asociada al campo gravitacional (la curvatura del espaciotiempo) es negativa, y exactamente suficiente para cancelar la energía de las cosas.
Ojo: decir que el universo provino de la nada y decir que tiene energía total cero no son lo mismo. Este malentendido es fuente de mucha confusión tanto en el público general como entre expertos, ¡incluyendo algunos físicos! No es fácil de imaginar sin saber relatividad general y teoría cuántica de campo, pero la idea básica es esta: el costo de crear materia a partir del vacío es que también debes crear más espacio más vacío.
El universo tuvo un comienzo simple, en términos termodinámicos, y su final lo será aún más: su muerte entrópica. El caso es que mientras esto sucede se forman estrellas, planetas, galaxias y también vida. El aumento de la entropía del universo es perfectamente compatible con el aumento (temporal) de la complejidad dentro de él. La Tierra recibe energía del Sol que después vuelve a irradiar hacia el espacio, pero con unas 20 veces más entropía. Esa energía fue degradada para echar a andar, entre otras cosas, a pequeñas máquinas disipadoras de energía que llamamos vida. Tan siquiera definir qué es la vida es todo un tema aparte y pertenece a la filosofía de la biología, que se alimenta de múltiples disciplinas. De cualquier manera:
Hemos logrado un progreso sorprendente en entender qué es la vida y cómo llegó a ser, y hay muchas razones para estar optimistas de que los avances continuarán hasta que al fin lo entendamos. El trabajo por hacer requerirá química, física, matemáticas y biología, no magia.
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El subtítulo del libro es Sobre los orígenes de la vida, el propósito y el universo mismo. Es en el propósito, o significado, que Carroll plantea explícitamente y con lujo de detalle lo que otros autores prefieren rodear o meter bajo el tapete: no hay tal cosa aparte de la que inventemos nosotros los humanos y, quizá, otros seres inteligentes. Al universo no le importó que no estuviéramos aquí durante sus primeros 13 mil millones de años, y no le importará cuando dejemos de existir tampoco. El significado o propósito en nuestras vidas es algo que construimos nosotros mismos a nuestra conveniencia, una manera de darle coherencia a lo que hacemos mientras disipamos la energía del Sol.
Los sistemas éticos también son construidos por nosotros los humanos y no están basados en nada eterno o fundamental. A esta posición se le conoce como constructivismo moral. Una vez construidos los valores éticos, entonces hay respuestas objetivas de cómo cumplirlos, pero no antes. Qué valores éticos construyamos depende solamente de nosotros y lo que queramos hacer con nuestro tiempo aquí. Un error común es confundir a los valores construidos con valores arbitrarios, que es precisamente lo que no son. Solo porque los preceptos morales sean inventados no quiere decir que no sean reales, o que cualquier conjunto dé igual: el constructivista moral no titubea en corregir a otros sistemas morales, sobre todo si están equivocados acerca de cuestiones empíricas (como los sistemas que se basan en lo sobrenatural). En otras palabras, no es lo mismo constructivismo que relativismo.
Un ejemplo que no usa Carroll pero yo sí considero útil es el juego del ajedrez: podemos imaginar perfectamente un universo en el que no existe sin caer en incoherencias lógicas (nuestro propio universo fue así casi siempre). Queremos un juego lo suficientemente entretenido, fácil de aprender y complejo como para que valga la pena jugar. Si es portátil y puede hacerse con materiales sencillos, mejor. Poco a poco lo construimos y vamos definiendo las reglas que cumplen con estos criterios y, una vez que está creado, definitivamente hay maneras mejores y peores de jugar, y hasta una computadora puede calcularlas. Pero el juego en sí lo inventamos nosotros. (No recuerdo dónde lo vi, pero me resultó útil la distinción entre lo objetivo y lo absoluto: la ética puede ser perfectamente objetiva, pero no absoluta. Dadas las reglas y metas éticas, hay respuestas correctas e incorrectas de cómo cumplirlas; pero las reglas no existen en el mundo más allá de los acuerdos que hagamos quienes vivimos con ellas).
A muchos esto los dejará sintiéndose un tanto a la deriva. Pero es también sinónimo de libertad. Sí vi a Carroll usar un ejemplo muy útil en muchas pláticas pero no lo incluyó por alguna razón en su libro. Imaginamos a un artista ante un lienzo en blanco, preguntándose: "¡Oh no! ¿Pero dónde están las líneas y números que me dicen qué debo hacer? ¿Cómo saber qué es lo que debo pintar aquí?" Absurdo: el punto es que podemos pintar lo que queramos, para bien o para mal. Entonces, deberíamos aprovechar para hacer gran arte. Al universo no le importará, pero ¿y qué? A nosotros nos importa. ¿Qué más quieren?