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2019-10-28

Harari 3: El liberalismo en crisis



Tras algo de introspección, he elegido la discusión libre en vez de la auto-censura. Sin criticar al modelo liberal, no podremos reparar sus fallas ni avanzar más allá de él. Pero por favor note que este libro solamente pudo ser escrito gracias a que la gente todavía es relativamente libre de pensar lo que quiera y expresase como desea. Si valora este libro, también debería valorar la libertad de expresión.

— Y. N. Harari, 21 Lessons for the 21st Century

En este momento hay grandes protestas alrededor del mundo, en democracias consolidadas y otras naciones que quisieran serlo. Uno puede recurrir a los periodistas, politólogos y otros expertos para entender los detalles de cada una de estas situaciones y tener un buena idea de qué está pasando en cada caso. (Aquí en AutóMata están en la agenda varios libros sobre esto, como The Strange Death of Europe de Douglas Murray, The Road to Unfreedom de Timothy Snyder y Why Nations Fail de Acemoglu y Robinson.) Pero las razones de fondo, al estilo de un observador extraterrestre que no está viendo los detalles particulares de cada situación, sea Chile, Líbano o Hong Kong, sino los fundamentales—los de la humanidad—no las encontrará en un típico artículo o programa de análisis político. Por fortuna, hay entre nosotros algunos humanos cuasi-extraterrestres como Yuval Noah Harari que a eso se dedican, como en su libro 21 Lessons for the 21st Century.

* * *


El cronocentrismo es la percepción de que el momento actual es particularmente especial. Casi siempre es un error, si tomamos en cuenta la historia de la humanidad a gran escala. Por miles de años, las cosas fueron, básicamente, iguales. Si uno nacía en el año 1100, podía mirar doscientos o trescientos años en cualquier dirección y ver, básicamente, lo mismo. Los mismos sistemas políticos, las mismas historias de héroes y villanos, el mismo arte, la misma tecnología, si se le pudiera decir así. Uno podía predecir qué iba a ser necesario hacer o conseguir para que sus hijos pudieran estar igual o mejor y era fácil ser política y socialmente conservador, porque adaptarse al cambio no solamente era innecesario, sino que el cambio en sí era impensable. Había un rey amparado por un dios, una nobleza, y fieles súbditos que trabajaban para ellos a cambio de protección del otro rey, amparado por otro dios que estaba con sus súbditos en el reino de al lado. Sabiendo eso y un oficio, una persona común ya sabía prácticamente todo lo que se podía saber.

Todavía hace unas décadas, este modelo era suficiente. El paso del cambio aumentó desde la Revolución Científica, pero todavía era manejable. Uno no usaba las mismas herramientas para dedicarse a los mismos oficios que sus padres, pero básicamente había un cambio importante una vez por generación, cuando mucho. Era posible, en la mayoría de las profesiones y oficios, pertenecer a una familia que se dedicaba a lo mismo desde hacía siglos, ya fuera la agricultura o las leyes. Uno cambiaba los animales por tractores y las máquinas de escribir por computadoras, pero la naturaleza del trabajo era básicamente la misma.

Al alba del siglo XXI, esto ya no es cierto. Dejarse llevar por las corrientes del cambio es una receta para el naufragio seguro. Esto sí es, sin duda, un momento único en la historia de la humanidad. El liberalismo derrotó primero al fascismo y luego al comunismo, y parecía ser la única opción viable. Ahora, es el liberalismo el que está entrando en crisis, en parte debido a la misma abundancia material que facilitó. Aunque la crisis empezó hace décadas, los síntomas más agudos se han visto desde las elecciones en EU y Reino Unido en 2016. No parece haber una opción más disponible en caso de que falle el liberalismo.


Solía ser que el liberalismo tenía como protagonista a la persona común, valorando su libertad, su voto, su trabajo y su bienestar, a diferencia del fascismo y el comunismo. No era perfecto, pero el liberalismo ofrecía una marcada diferencia para bien ante los otros sistemas políticos, y la persona común en una democracia liberal podía confiar en que el futuro iba a ser mejor. Pero ahora, los temas en la agenda de la humanidad están muy alejados no solamente de la comprensión de la persona común, sino de las personas comunes en sí. El mundo está avanzando tan rápido que la gente ordinaria es completamente ignorada o, en el mejor de los casos, arrastrada por asuntos que le parecen remotos o incomprensibles, como la automatización, la inteligencia artificial, las criptomonedas, la bioingeniería y otros temas altamente especializados.

Antes, la tecnología desplazaba a los humanos en labores físicas y los humanos se adaptaban enfocándose a labores cognitivas. Pero una vez que éstas ya se deleguen a algoritmos e inteligencia artificial, no queda claro qué labor humana todavía será necesaria. En el pasado, inclusive los gobiernos fascistas y comunistas más autoritarios necesitaban cuidar algo a su gente: las necesitaban para que produjeran, que lucharan, que se reprodujeran. Con gran organización y valor, era posible coordinarse para hacer un paro y exigir mejoras en las condiciones de vida. Por más drástica que fuera la situación, uno podía refugiarse en que el régimen no los podía fusilar a todos y, por más censura y mano dura que aplicara, no podía leerles los pensamientos. Los disidentes escuchaban estaciones de radio extranjeras o tenían sus propias publicaciones clandestinas mientras se presentaba la oportunidad de cambiar de régimen o, al menos, de huir de él. En las sociedades democráticas, además se podía cambiar de rumbo mediante el voto.

¿Pero qué pasa con la gente común cuando ya es necesaria para nada? Si la innovación solo está al alcance de un puñado de genios, si la producción está hecha cada vez más por las máquinas y algoritmos que estos mismos manejan, y si las decisiones las toman élites que no necesitan responder a lo que la gente quiere, ¿qué queda para la persona común que ve su vida estancarse? Alrededor del mundo, la gente siente cada vez más que ya no es importante su voto ni su trabajo. Sí, tienen una máquina de entretenimiento instantáneo en su bolsillo, pero no entienden ni cómo funciona ni cuál fue su papel, en la sociedad, para ayudar a producirla. Al menos en el fascismo y el comunismo quedaba claro el lugar de uno en la lucha por defender al régimen o, más bien, en la lucha por defenderse de él.

* * *

Al mismo tiempo que son cada vez menos relevantes, los humanos pueden ver las diferencias entre distintos países y culturas, y están votando cada vez menos con las boletas y cada vez más con sus pies:
En mis viajes a través del mundo he encontrado mucha gente que quisiera emigrar a los Estados Unidos, Alemania, Canadá o Australia. He encontrado a algunos que quisieran ir a China o Japón. Por ahora no me encontrado con una sola persona que sueñe con irse a vivir a Rusia.
Mientras que la humanidad se enfrenta a los tres grandes problemas de disrupción tecnológica, cambio climático y la persistente amenaza de aniquilación nuclear, también está atorada con el viejo sistema político diseñado para actuar solamente cuando las cosas cambian lentamente y se ha logrado un consenso abrumador sobre el camino a seguir. Pueden ver cómo la tecnología cambia todo a su alrededor, pero también ven cómo sus gobiernos siguen iguales y sus niveles de vida también.

Ante la desesperación y la incertidumbre, los que pueden irse a los lugares donde las cosas son mejores lo hacen; los que ya están en esos lugares, percibiendo que no hay alternativas para salir de su estancamiento, y desconfiados de los recién llegados, ya no saben qué hacer. Resurgen los candidatos que prometen hacer las cosas simples como antes, cuando la gente ordinaria entendía cuál era su lugar y cuáles eran las reglas para asegurar que sus hijos vivieran mejor que ellos. En particular, tienen atractivo los candidatos que ofrecen volver a una política nacional, en la que no sea necesario pensar en las complejidades del mundo moderno global.

El nacionalismo tiene su lado bueno: para empezar, permite la cooperación con millones de extraños, que de otra manera sería imposible. Los países sin un sentido nacional fuerte se desmoronan, como es el caso de Afganistán, Congo, Somalia o Irak. Pero aún así,
Ahora tenemos una ecología global, una economía global, y una ciencia global—pero seguimos atorados con política a nivel nacional.
[…]
En el Siglo XXI, para cuidar de tus compatriotas, debes cooperar con extranjeros. Así que ahora los buenos nacionalistas deberían ser globalistas.
Ningún país puede, por sí solo, manejar la disrupción tecnológica. No hay muros ni políticas migratorias que mantengan fuera los gases invernadero ni la radiación nuclear. Es imperativo evitar que lleguen al poder políticos que no entiendan esto.

En el Siglo XXI, nos enfrentamos a tres tipos generales de problemas:

1. Problemas técnicos: ¿cómo debemos hacer las cosas?
2. Problemas políticos. ¿cuáles cosas deberíamos hacer?
3. Problemas identidad: ¿a quién nos referimos con “nos”?

Dividir al mundo en naciones, cada una resolviendo estas cuestiones por su lado, ya no es factible. Ningún nacionalismo tiene una respuesta para los problemas urgentes que enfrentamos, y ciertamente ninguna religión la tiene tampoco. ¿Cuál es la postura musulmana acerca de la inteligencia artificial? ¿Y la cristiana?

* * *
Por miles de años, filósofos y profetas nos han exhortado a conocernos a nosotros mismos. Pero este consejo nunca había sido tan urgente como en el Siglo XXI porque, a diferencia de los tiempos de Laozi o Sócrates, ahora tenemos competencia seria.

¿Qué sí podemos hacer ante todo esto?

Por ahora estamos en una etapa de transición, en la que todavía hay algo de trabajo hecho con manos y mentes humanas, aunque sea cada vez menos relevante, y los votos todavía cambian a los gobernantes, aunque casi todos sean iguales. Estamos pasando por un umbral de acceso a la información que todavía se puede, con algo de esfuerzo, procesar. Estamos a tiempo de evitar una distopía y asegurar nuestra superviviencia como especie.

Para empezar, debemos recordar que la desinformación y la propaganda no son fenómenos nuevos. El ejemplo más fácil es la religión, pero también los gobiernos se han dedicado a las fake news. Recordando lo explicado en Sapiens (episodio 2), hemos prosperado como especie gracias a nuestra capacidad para crear y creer historias. Ahora, ante la abrumadora cantidad de historias que nos inunda, debemos estar preparados para valorar la información de la que nos alimentamos—esto es, valorarla con dinero; y segundo, debemos estar dispuestos a esforzarnos por leer la ciencia correspondiente a los temas que nos interesan. A su vez, los científicos tienen que mejorar más la comunicación de su trabajo a la población. Como decía Carl Sagan, vivimos en un mundo cada vez más dependiente de la ciencia y la tecnología, en el que cada vez menos personas entienden de ciencia y tecnología.

En cuanto a nuestra capacidad de creer historias, debemos entender que no podremos, de aquí en adelante, derivar propósito o significado de ellas o, al menos, de las tradicionales. A nuestro mejor entendimiento científico, las historias religiosas, nacionalistas o tribales sencillamente no son ciertas. El Universo simplemente no funciona como una historia. La gente debe asimilar, de alguna manera, que no son una historia (y de una vez, que no tienen libre albedrío: quienes creen que lo tienen son los más fáciles de manipular). La pregunta importante no es el significado de la vida—porque no lo tiene—sino cómo aprovecharla ya que sí la tenemos.
...el verdadero misterio de la vida no es lo que pasa después de la muerte, sino lo que pasa antes.
Debemos ser especialmente precavidos con políticos que hablen de sacrificio, pureza, restauración o redención. Ante cualquier político, debemos preguntarle cuál es su propuesta para lidiar con el cambio tecnológico, el climático, y la amenaza nuclear. Los candidatos que no puedan articular una visión clara y global sobre estos tres temas deben ser descartados. En general,
… yo confío más en quienes admiten ignorancia que quienes dicen tener todas las soluciones. Si quieres que tu religión, ideología o visión del mundo lidere el mundo, mi primer pregunta para ti es: ¿Cuál ha sido el mayor error que tu religión, ideología o visión del mundo ha cometido? ¿En qué se ha equivocado? Si no puedes contestar algo serio, al menos yo no confiaría en ti.

2019-10-14

Harari 2: El Futuro de la Humanidad


El mayor descubrimiento científico ha sido el de la ignorancia.

Dios está muerto—pero está tomando tiempo deshacerse del cadaver.

Y. N. Harai, en Homo Deus

La capacidad de los humanos para crear y compartir historias ha sido su clave para dominar al mundo. Mientras que otros animales están atorados con las verdades objetivas y subjetivas del mundo—como es en realidad y como ellos lo perciben—el ser humano tiene una tercer alternativa: la realidad intersubjetiva. Es ahí donde existen las historias que los humanos cuentan y creen. Las corporaciones, las religiones, el dinero, las leyes y los derechos no existen en el mundo más allá de la imaginación de los humanos. Estas realidades imaginadas han permitido que millones de desconocidos cooperen por fines comunes—o que peleen hasta la muerte.

Las realidades imaginadas también han facilitado la descentralización de las labores humanas, logrando que éstas se organicen en módulos altamente especializados: unos se dedican a extraer petróleo, otros a los cultivos, otros a la manufactura, algunos cuantos a la ciencia y la tecnología, otros pocos a las artes. Así, Homo sapiens ha logrado desacoplar su antigua necesidad de pertenecer a una tribu de sus contribuciones directas a ella, para bien o para mal. Gracias a las realidades intersubjetivas, la tribu de un sapiens es la que quiera: la nación, la compañía, el barrio, el partido político, el equipo deportivo.

Al mismo tiempo, el conocimiento objetivo del mundo que ha logrado Sapiens le ha permitido entender y manipular las cosas que sí existen fuera de su imaginación, en la realidad objetiva. Los humanos pueden poner satélites en órbita, erradicar enfermedades y fusionar átomos en el mundo real, no sólo en su imaginación. Poco a poco, han descubierto que la vida misma es un sistema modular también. Sus cuerpos son colecciones de máquinas biológicas altamente especializadas que trabajan en conjunto, aunque no todas sepan o entiendan de las demás.

En resumen, el actual dominio humano de la Tierra se debe a la mancuerna de sus realidades intersubjetivas con su ciencia. La evolución que siga esta combinación será lo que determine el futuro de la humanidad.

*   *   *

No es lo que parece cuando uno ve las noticias, pero en términos absolutos la humanidad nunca había estado mejor. Ahora, una guerra a gran escala entre las mayores potencias es casi inimaginable, y mucha más gente muere por las consecuencias de la obesidad que por las de la desnutrición. Las enfermedades prevenibles son, casi siempre, prevenidas, y los brotes que hay suelen ser por la necia superstición de la gente y no por la falta de capacidad técnica. Habiendo derrotado a la hambruna, la guerra y la enfermedad en términos prácticos, ahora la humanidad se dedica cada vez más a lo que sigue: lograr la felicidad y, eventualmente, la inmortalidad. Un tercer gran objetivo de la humanidad en el siglo que comenzamos será adquirir poderes de creación y destrucción comparables con los de los dioses tradicionales, convirtiendo a Homo sapiens en Homo deus.

Antes de ver cómo es que hemos llegado a este punto y cómo pudiéramos seguir hacia delante, vale la pena revisar algunas aclaraciones que hace el mismo Harari:
  • Primero, no todos los miembros de la humanidad se dedicarán a estas cosas en el Siglo XXI;
  • Segundo, éstas son predicciones históricas, no manifiestos políticos;
  • Tercero, dedicarnos a estos objetivos no significa que los lograremos; y
  • Cuarto, éstas predicciones no son profecías tanto como puntos de partida para discutir las opciones ante nosotros en nuestro presente.
Cuanto más sabemos, más podemos usar nuestro conocimiento para cambiar nuestras acciones y prioridades y, por lo tanto, el futuro. Por esto se hace cada vez más difícil hacer predicciones, ya que nuestro conocimiento mismo sobre lo que es posible afecta lo que acabaremos haciendo. Dos citas más de Harari sobre este punto:
Los historiadores estudian el pasado no para evitar repetirlo, sino para liberarse de él.
Y:
Las predicciones salpicadas por este libro son solo un intento de discutir dilemas actuales y una invitación a cambiar el futuro. 
*  *  *

Llegamos a la posición en la que estamos ahora gracias al conocimiento. A diferencia de tiempos anteriores, en los que la riqueza de una nación se determinaba sacando cuentas de todos los recursos que poseía, ahora la fuente principal de riqueza y prosperidad es el conocimiento:
Mientras que uno puede conquistar yacimientos petroleros con la guerra, no puede adquirir conocimiento así. Por lo tanto, a medida que el conocimiento se convirtió en el recurso económico más importante, la rentabilidad de la guerra bajó, y ahora ésta ocurre principalmente en aquellas regiones del mundo—como el Medio Oriente y África central—donde las economías todavía siguen los modelos anticuados basados en recursos materiales.
El conocimiento ha facilitado este desacoplamiento de la prosperidad y los recursos materiales o, mejor dicho, en el mundo moderno los recursos son inútiles sin el conocimiento (véase a Venezuela) y hay casos de países prácticamente sin recursos que son de los más prósperos (véase a Singapur o a Israel). Dicho conocimiento ha sido obtenido, en todos los casos, de hacer ciencia: comparar lo que se cree contra la realidad, ajustar, y volver a comparar. Como se vio en Sapiens, la mancuerna de la ciencia y el capitalismo fue lo que hizo la diferencia entre el mundo desarrollado y el resto.

Las explicaciones naturales del mundo—por no decir materiales—han sido las que nos han llevado a su comprensión; lo sobrenatural ha quedado mordiendo el polvo en todas las áreas. Esto nos lleva a que
[...] con la excepción de algunas subdisciplinas de la filosofía, ningún artículo en una publicación científica con revisión por pares toma en serio la existencia de Dios. Los historiadores no argumentan que los Aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial porque Dios estuvo de su lado, ni los economistas culpan a Dios por la crisis financiera de 1929, ni los geólogos invocan Su voluntad para explicar los movimientos de placas tectónicas.

El mismo fin le ha tocado al alma [...]
Ni una sola pieza de la prosperidad que la humanidad disfruta hoy se le puede atribuir al pensamiento mágico, sobrenatural o religioso. Aún así, ser capaces de distinguir entre la realidad y la ficción, y entre la ciencia y la religión, será cada vez más vital en el Siglo XXI, y cada vez más difícil. (Aquí hay que recordar que Harari usa "ficción" y "religión" en un sentido muy amplio, que incluye a cualquier forma de relato que la gente cuente y cualquier orden sobrehumano en el que crea. Para Harari, el Marxismo y el Islam caen en la misma categoría de fantasía religiosa.)

La modernidad es mejor entendida como un pacto entre la ciencia y el humanismo. La ciencia genera conocimiento para mejorar las condiciones materiales de la humanidad, a cambio de que el humanismo se las ingenie para darle a la gente un sentido de pertenencia y propósito en sus vidas, pero sin apelar a los esquemas de las religiones tradicionales. En un Universo puramente material carente de propósito, incluso las religiones tradicionales han tenido que cambiar sus argumentos a enfoques humanistas, y hablan cada vez más de los sentimientos, deseos, pensamientos y bienestar de los humanos más que los de Dios.

En el Siglo XX, el humanismo se dividió en tres ramas principales que pelearon a muerte: el humanismo liberal, el socialista y el fascista. Tras cientos de millones de muertos, prisioneros políticos y economías devastadas, al final el liberalismo triunfó. Todavía quedan algunos adeptos a cada uno de estos grupos derrotados, o inclusive muchos, pero ya sabemos que sus ideas están en la bancarrota total, tal y como lo sabemos de las ideas de las religiones tradicionales. Esto no significa que la victoria sea irreversible, ni mucho menos que el humanismo liberal sea perfecto (de hecho el tercer libro de Harari es justamente sobre ese tema).

Aunque las religiones tradicionales, junto con el socialismo y el fascismo sigan teniendo muchos adeptos—e incluso una mayoría abrumadora—Harari nos recuerda que
Cierto, cientos de millones pueden seguir creyendo en el Islam, el Cristianismo o el Hinduísmo. Pero los números no cuentan para mucho en la historia. La historia es formada por grupos pequeños de innovadores y no por las masas retrógradas. 
Las religiones tradicionales ahora son meramente reactivas, mientras que antes eran ellas las que daban forma al mundo. No ofrecen una alternativa viable al liberalismo si lo que se quiere es mantener nuestra prosperidad, y ni se diga de aumentarla.

*  *  *

El liberalismo sí enfrentará retos en al menos tres frentes:
  • Los humanos perderán su utilidad económica y militar
  • La individualidad del humano típico perderá su valor
  • Los individuos que sí sean valiosos probablemente pertenecerán a una clase de superhumanos
La producción industrial a gran escala ya no depende de labor humano a gran escala, sino de automatización a gran escala. Antes, era necesario tener miles de empleados altamente entrenados para poder hacer algo como un coche; ahora, las plantas automotrices son prácticamente puros robots. Lo mismo ha pasado en el frente militar: es mucho más letal un escuadrón de marines, con tecnología y soporte aéreo, que una división iraquí completa. Ahora pagamos nuestro estacionamiento a cajeros automáticos y no a personas a la salida, delegamos nuestro sentido de la orientación al GPS del teléfono, y ya contamos con algorítmos que pueden redactar artículos sobre un tema dado o hasta componer música, como el siguiente coral al estilo de Bach creado por los algoritmos del compositor y programador David Cope:


No es necesario que las máquinas hagan las cosas a la perfección (aunque algunas ya se acercan): tan solo basta con que las hagan mejor que los humanos, que no es tan difícil. Los avances tecnológicos irán desplazando a cada vez más personas, hasta crearse lo que Harari llama una clase inútil de personas: gente que no solamente no tiene empleo, sino que ni siquiera hay empleos que darles, porque no los podrían hacer mejor que las máquinas que sí los pueden hacer. Si un radiólogo humano pudiera detectar el 80% de los tumores y un algoritmo detectara el 99%, ¿pagaría usted el doble, solo por darle algo qué hacer al primero? Considere entonces que esto ya se logró para el cáncer de pulmón y la neumonía.


Los humanos que sí hayan atinado a elegir profesiones difíciles de automatizar tendrán que ingeniárselas para reentrenarse constantemente, para poder adaptarse a las nuevas tecnologías o cambiar de profesión por completo. Incluso esta clase de gente útil estará delegando cada vez más funciones y decisiones a algoritmos que les indiquen qué comprar, por quién votar, con quién salir y más. Los algoritmos no nos harán sus esclavos por la fuerza al estilo Matrix o Terminator, sino que serán tan buenos para evaluar y tomar decisiones que sería una locura no hacerles caso.

En el futuro podremos ver desigualdad biológica entre ricos y pobres, a medida que nuevos tratamientos o mejoras sean disponibles a precios estratosféricos. Considere el sencillo ejemplo del acné. ¿Cómo es la vida del típico adolescente que sufre de acné, comparada con la del que no lo sufre? Si pudiera uno garantizar que sus hijos estuvieran libres de acné para siempre, con una simple intervención al momento de una fertilización in vitro, ¿quién no lo haría? ¿Y si costara uno que otro millón de dólares? Ahora imagine lo mismo para la estatura, la inteligencia o rasgos de personalidad (¡y no me vayan a salir con que estas cosas no son importantes o que no dependen en algo de genética!).

Quizá el mayor impacto de esta disrupción tecnológica sea en la política—impacto que, por cierto, ya estamos viendo. Considere esta reflexión de Harari:
Precisamente porque la tecnología se mueve tan rápido, y los parlamentos y dictadores están tan sobrepasados por los datos que no pueden procesar suficientemente rápido, los políticos actuales piensan en escalas mucho menores que sus antecesores de hace un siglo. Consecuentemente, ahora la política ya no tiene grandes visiones. Gobernar se ha convertido meramente en administrar. Manejan el país, pero ya no lo lideran. El gobierno se encarga de que se le pague a los maestros y que los drenajes no se tapen, pero no tiene idea de dónde estará el país dentro de 20 años.
El liberalismo no solamente está en riesgo porque no ofrece más que observar pasivamente cómo la tecnología lo rebasa, sino que la misma tecnología puede fortalecer a sus competidores. Otra cita, ya casi para terminar:
El capitalismo no derrotó al comunismo porque fuera más ético, porque las libertades individuales sean sagradas o porque Dios estuviera enojado con los infieles comunistas. Más bien, el capitalismo ganó la Guerra Fría porque el procesamiento descentralizado de la información es más eficiente que el centralizado, al menos en los periodos de aceleración tecnológica.
Pero ahora es posible que las mejoras tecnológicas y de cómputo hagan más fácil el control centralizado, sinónimo de autoritarismo. Estamos en un periodo crítico, en el que las tecnologías pueden usarse para la comunicación y la democratización, o para el control y la censura totales. Lo mismo puede usarse una red social para comenzar una revolución (como en Egipto) que para identificar y aplastar a disidentes en cuanto salgan a las calles (como en Rusia o Venezuela) o incluso antes (como en Turquía y China).

*   *   *

No es claro qué podemos hacer personalmente para navegar estos cambios que vienen. Quizá el mejor enfoque sea el de los antiguos estoicos: no puedes controlar lo que te pasa, pero sí puedes controlar tu reacción a ello. Esto es difícil y, en este contexto, suena alarmista o paranóico. Pero las señales de lo que viene son claras: taxistas manifestándose contra aplicaciones en México, manifestantes usando máscaras para evitar ser identificados en Hong Kong, servicios de streaming que deciden por ti lo que te gustaría ver, aplicaciones de redes sociales en tu teléfono que no puedes desactivar aunque quieras, publicidad sobre algo que mencionaste casualmente por la mañana apareciendo por la tarde, y la competencia sin fin por ser un nodo con más y más conexiones dentro de una red, sea la que sea. La individualidad de uno se pierde entre tanto "contenido". Concluye Harari:
En tiempos antiguos, tener poder significaba tener acceso a todos los datos posibles. Hoy, tener poder significa saber qué es lo que hay que ignorar.



2019-09-30

Proteger a la democracia



La libertad es una junta sin fin.
—Francesca Polletta

Decía el gran Christopher Hitchens que parecía que alguien en Corea del Norte le había dado una copia de 1984 a Kim Il-Sung en los 50’s y éste lo tomó como si fuera un manual. Eso sentí cuando leí The People Against Democracy de Jascha Mounk, respecto al actual presidente, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su gobierno. No quiero que este sea un artículo demasiado enfocado al caso particular de México, por lo que trataré de mantener las referencias a la política mexicana escasas, pero es casi cómico cómo AMLO y sus partidarios siguen al pie de la letra todas las acciones que siguen los gobiernos antidemocraticos, según Mounk.

Hasta hace pocos años estaba entendido en las Ciencias Políticas que, una vez superado cierto umbral de progreso económico, político y educativo, un país se podría mantener como una democracia de forma indefinida. Más específicamente, se requerían unos $14,000 USD anuales per capita, una sociedad civil vibrante e instituciones independientes del estado para dar el diagnóstico de una democracia consolidada. Sin embargo, en los últimos años, y particularmente tras la crisis financiera de 2008, hemos visto cómo países considerados democracias consolidadas han tenido retrocesos significativos, como en Polonia y Hungría, que ahora son controlados por líderes y partidos populistas con todo y que son miembros de la Unión Europea.

También estaba entendido que el liberalismo y la democracia eran interdependientes. Pero ahora, están emergiendo países y alianzas de países con uno pero no con lo otro, escenario que antes parecía un sinsentido. Estamos viendo surgir a países que tienen liberalismo antidemocrático (derechos individuales pero sin democracia) y, por otro lado, democracias iliberales (democracia pero sin derechos individuales). Es en este sector que se ubican los gobiernos populistas, hasta que dejan de lado su cara democrática y descienden, casi siempre, al autoritarismo.

En este momento conviene repasar las definiciones que ofrece Mounk para entender de qué estamos hablando:

Democracia es un conjunto de instituciones con poder vinculante que traducen los puntos de vista mayoritarios en políticas públicas.

Instituciones liberales son aquellas que protegen el estado de derecho (Rule of Law) y garantizan los derechos individuales como la libertad de expresión, religiosa, de la prensa y de asociación, entre otras. El liberalismo es, dicho de otro modo, la idea de que el poder del gobierno debe tener límites, en particular en lo que se refiere al poder que puede tener sobre los individuos. (El neoliberalismo es, a grandes rasgos, la extensión de estas libertades para los mercados.)

Una democracia liberal, entonces, es un sistema político que es tanto liberal como democrático—traduce los puntos de vista populares a políticas públicas y también protege los derechos de los individuos.

El populismo es democrático (al menos por fuera) pero altamente iliberal, en cuanto a que pretende expresar las frustraciones del pueblo y a la vez sabotea las instituciones liberales del estado. Dice Mounk:
[Los populistas] afirman que las soluciones a la mayoría de los problemas que más nos preocupan en nuestros tiempos son mucho más directas que lo nos hace creer el establecimiento político, y que la mayoría de las personas ordinarias instintivamente saben qué se debe hacer. En el fondo, ven a la política como un asunto simple. Si tan solo la voz ‘pura’ del pueblo prevaleciera, las razones del descontento popular rápidamente desaparecerían.
Los populistas culpan a alguien, usualmente extranjeros o élites domésticas, por entorpecer o detener la voluntad del pueblo:
Primero, los populistas afirman que un líder honesto—uno que comparte la visión pura del pueblo y está dispuesto a luchar de su parte—debe llegar al poder. Segundo, una vez que el líder honesto esté al mando, necesita abolir las trabas institucionales que pudieran detenerlo al realizar la voluntad del pueblo.
En la mente de los populistas, los controles sobre el poder del estado y los acuerdos que se tengan con las minorías en un país estorban a la voluntad del pueblo, que debería ejecutarse sin filtros. Ellos ven a los controles institucionales como una forma de corrupción (para escuchas o lectores mexicanos ya será claro a qué me refería con que esto parece un manual operativo del actual gobierno; pero esperen, se pone peor).

Entre los primeros pasos del populista está el ataque a la prensa libre, porque la prensa podría demostrar que no existe un consenso sobre lo que quiere ‘el pueblo’, o inclusive podría demostrar que quiere algo contrario a las políticas del populista.

Después ocurre el ataque a las instituciones independientes, como centros de estudio, fundaciones, asociaciones civiles, sindicatos, organizaciones religiosas y otras organizaciones no gubernamentales (ONGs). La mayor furia es destinada a las instituciones del estado que no están bajo el control directo del gobierno populista. Estas instituciones son acusadas de traición para después ser “reformadas” o abolidas por completo. Durante todo este proceso los populistas se muestran como los “verdaderamente” democráticos, en contraste con las élites perversas que los precedieron.
[Si] las soluciones para los problemas del mundo son tan obvias como dicen los populistas, entonces las élites políticas deben estar fracasando en implementarlas por una de dos razones: o son corruptas, o secretamente están trabajando para intereses externos.
*   *   *

¿Pero qué hace que la gente considere a los populistas como una opción viable en primer lugar? ¿Por qué en países francamente prósperos como Polonia o Hungría, y ni se diga Reino Unido, Francia y Estados Unidos, las personas votan por gente autoritaria e incompetente a propósito? Teniendo la ruta a seguir ya trazada por estos países, ¿por qué los países en desarrollo se salen del camino hacia la ruta que siempre fracasa? En parte, dice Mounk, esto se explica como una reacción a tener derechos pero sin democracia, que es la condición opuesta al populismo.

En general la gente en los países prósperos e inclusive en los de media tabla está dispuesta a aguantar no ser tomados en cuenta si las cosas, a grandes rasgos, van mejorando. Pero hay malas situaciones que actualmente todo mundo puede ver, por más desconectado que se esté de los indicadores económicos y demográficos. Cuando éstas situaciones no mejoran o parecen incluso empeorar, el clamor—completamente justificado—por hacer algo es ignorado por los gobiernos que se habían dedicado a meramente administrar sin gobernar.

Tres factores importantes de descontento que identifica Mounk son:
  1. Estancamiento en los niveles de vida: a pesar del crecimiento económico estable, la vida diaria de muchas personas mejora poco, nada, o incluso retrocede. 
  2. Sociedades más heterogéneas: la migración introduce poblaciones nuevas en lugares que, por el estancamiento del punto 1, no quieren recibirlas. La mayoría de las personas perciben a la economía y a los recursos del estado como juegos de suma cero, en los que unos solo ganan si es a expensas de otros. Por lo tanto, quienes sean percibidos como beneficiarios ilegítimos de esos recursos serán demonizados.
  3. Redes sociales: paradójicamente, la democratización de los medios de comunicación masiva ha permitido que florezca la desinformación, la propaganda y el pensamiento conspiratorio. El ciudadano común, que en general quiere hacer bien y seguir adelante con su vida, es inundado con tanto “contenido” que se va por las explicaciones fáciles o desiste de informarse por completo. En la democracia de la información, la verdad siempre va en desventaja.
Todo esto no sería problema si los gobiernos fueran realmente democráticos en el sentido de responder al sentir de la población, que es donde entra la condición de tener derechos pero sin democracia. Esto ocurre de las siguientes maneras:
  • Para bien o para mal, (yo diría que generalmente para bien) mucha política es diseñada e implementada por tecnócratas que en gran medida no fueron electos.
  • También para bien o para mal (y también en general para bien) muchas políticas populares han sido detenidas por jueces, que tampoco son nombrados de manera democrática (al menos no directa).
  • Además, los acuerdos internacionales a los que una nación esté suscrita también pueden detener la voluntad de la gente, de nuevo para bien o mal. Inclusive cuando los líderes electos quisieran cambiar de rumbo, muchas veces encuentran que no pueden por los compromisos internacionales.
  • Aún en los casos cuando el proceso político está libre de las restricciones de los puntos anteriores, en ocasiones las instituciones electorales están capturadas por élites o grupos de interés (esto es sobre todo notable en Estados Unidos, por ejemplo, donde los representantes no hacen lo que quieran los votantes, sino los mayores donadores a sus campañas).
  • Finalmente, la clase política suele surgir de sectores usualmente desapegados de la sociedad en general, limitándose a gente salida del mundo de las leyes, finanzas y negocios.
Para los jóvenes nacidos en democracias liberales, su única experiencia con éstas ha sido, en el mejor de los casos, de estancamiento. Vieron en su adolescencia cómo una catástrofe financiera mundial terminó sin un solo culpable en la cárcel, al menos no en los países liberales donde se suponía que esto debería suceder. En la perspectiva histórica la humanidad está mejor que nunca, pero es difícil de entender para quienes no vivieron el comunismo ni el fascismo. Para los nacidos en los 90’s y más, el liberalismo ha representado una parálisis frustrante, en la que pareciera que los países más autoritarios (digamos China) ejecutan política pública mejor que los más liberales, que están atorados en embrollos eternos como Brexit o incomprensibles tratados internacionales.

Aunque la desigualdad económica global se ha reducido drásticamente en las últimas décadas, en el mismo periodo se han estancado las economías más liberales y desarrolladas, y la desigualdad dentro de éstas sí ha aumentado.

A lo largo del mundo podemos ver, sobre todo entre los más jóvenes, cómo el compromiso con los valores democráticos liberales va a la baja. El número de millenials que considera que la democracia es escencial disminuye en los últimos años; en Estados Unidos, solo 1 de cada 3 la considera necesaria, mientras que 1 en 4 la considera de plano la peor opción.

Entre los más jóvenes se encuentra cada vez más apoyo por dictaduras y partidos de extrema izquierda o derecha y podemos ver cómo los mismos candidatos extremos son cada vez más jóvenes también.
La mejor evidencia parece sugerir que los ciudadanos le son leales a un sistema político porque mantuvo la paz y le hizo bien a sus bolsillos, y no porque tuvieran un compromiso profundo con sus principios fundamentales.
Si bien en términos objetivos los habitantes de los países más desarrollados son los humanos con las mejores vidas de la historia, son las expectativas acerca del futuro las que los hacen considerar a los populistas. Ante esta circunstancia de escasez, sea real o percibida, el proteccionismo económico y la restricción a la migración se ven más atractivos. (Curiosamente, es en países y regiones donde hay menos migrantes donde el sentimiento antimigrante es mayor: no importa el estado de relativa abundancia actual, sino la percibida escasez futura.)
"¿Sería ____ una buena o mala opción para gobernar nuestro país?" (Pew Research)

*   *   *

¿Y qué se puede hacer? Principalmente, hay tres áreas que se tienen que atender con cuidado para prevenir la descomposición democrática: la política-electoral, la nacionalista, y la económica.

Primero, los disidentes de gobiernos populistas deben organizarse para protestar pacíficamente cada que sea posible (de ahí la cita de la socióloga Francesca Polletta que abre este artículo, título de uno de sus libros). Los populistas deben ser derrotados por la vía de las urnas cuanto antes sea posible, para evitar que lleguen al poder en primer lugar y, en caso de que lo logren, para impedir que consoliden su mando. La oposición organizada y unida es vital:
En todos los casos en los que los populistas han tomado el poder o han sido reelectos, las divisiones profundas entre sus opositores han sido clave.
Los opositores deben enfocarse en un mensaje positivo en vez de recontar las fallas del populista obsesivamente, y deben diferenciarse claramente del status quo. No basta con oponerse a lo que el populista diga o haga; deben ofrecer su propio plan claro para el futuro.

En segundo lugar, es necesario domesticar al nacionalismo: debemos forjar un patriotismo nuevo e incluyente, libre del racismo de la izquierda y derecha. Debería construirse sobre la tradición de la democracia liberal y multiétnica para mostrar que los lazos que nos unen van más allá de la etnia y religión; esto es, debe centrarse en revitalizar el rol del ciudadano.
Si deseamos preservar la democracia liberal, no podemos exentar a las minorías de sus obligaciones.
Debemos reconocer los derechos de la gente que ya está en un país, así como el hecho de que una nación es una comunidad geográficamente delimitada que solo puede persistir cuando tiene control sobre sus fronteras. Son las fronteras, precisamente, las que hacen que las naciones no solamente sean distintas a otras, sino mejores. Si no fuera así, no habría migración.

Parafraseando a Bill Clinton, el tercer punto es la economía, estúpido. Si no podemos restaurar el desarrollo económico y, sobre todo, el optimismo económico, los populistas prometerán hacerlo.  La globalización y el desarrollo tecnológico son beneficios netos, pero los gobiernos han hecho que sus frutos estén distribuidos de manera injusta. Lo que agravia a muchos no es la desigualdad en sí: es la desigualdad injusta.

El primer paso para lograr esto es la recaudación eficaz e inteligente—cosa que se dice fácil. No será sencillo, pero hay que dejar sin opciones a los evasores de impuestos y presionar a los paraísos fiscales (sí se puede: Suiza, por ejemplo, ha prácticamente desmantelado su condición de paraíso fiscal).

(Los países desarrollados que estudia Mounk no tienen el problema generalizado de inseguridad que padecemos en el mundo en desarrollo, pero resolver eso sería una precondición para poder aumentar la productividad y hacer creíble que el futuro sea mejor.)

Un estado de bienestar moderno debería proteger a sus ciudadanos en caso de enfermedad u otra catástrofe. Deberíamos encontrar la manera de desacoplar los beneficios sociales del empleo tradicional, que tiene un futuro incierto. Si hacemos que la seguridad social sea solo para quienes trabajan, pronto nos encontraremos con que solo la tienen los robots. Un estado que protege a todos, y no solo a los que laboran, hace que todos estén en mejores condiciones de tomar riesgos.

*   *   *

El trabajo de hacer sonar la alarma contra el populismo autoritario es malagradecido. Mounk empezó mucho antes de que se pusiera de moda y fue visto como un alarmista. Como él, muchos opositores se están enfrentando a esas acusaciones en México, Estados Unidos, Argentina y más. Lo ideal sería tener la visión perfecta, como oráculo, de cuáles líderes autoritarios o incompetentes simplemente pasarán y cuáles sí serán de cuidado. Pero no tenemos eso. Tenemos la opción de pecar de alarmistas exagerados y que las cosas resulten bien, o al menos no peor que antes; o podemos subestimar las señales claras de lo que viene y acabar como Rusia o Venezuela. Y usted, ¿cuál error preferiría cometer?


2019-06-01

Harari 1: Breve historia de la humanidad



Antes de haber leído una sola página de los libros de Yuval Noah Harari ya había digerido docenas de horas de entrevistas con él en audio y video, en foros públicos, académicos y, sobre todo, en podcasts, y me parecía un tipo razonable, elocuente y, en general, muy erudito y agradable. No me sentía tan atraído a leerlo, dado tanto que ya había absorbido de él, hasta que empecé a ver algunas críticas que me parecieron injustas y deshonestas en redes sociales (esto todavía era antes de que yo las abandonara) e inclusive en algunos medios tradicionales. Así que me propuse adquirir sus libros, Sapiens, Homo Deus y 21 Lessons for the 21st Century, y leer por mí mismo lo que, sospecho, los críticos de Harari no (tengo la intención de un proyecto similar con Steven Pinker y Sam Harris, que son constante objeto de calumnias y críticas deshonestas por parte de quienes se empeñan en atribuirles posiciones que no tienen para poder hacerse los muy virtuosos intelectuales).

De aquí en adelante las citas que haga de los libros son traducciones mías, no de las versiones "oficiales" en español por parte de la editorial Debate, que por lo que veo se venden bien en las librerías mexicanas. En general procuro leer a autores en sus propias palabras y no las de traductores cuando puedo y, aunque Harari originalmente escribió Sapiens en hebreo, él mismo escribió la versión en inglés también.

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No todo mundo sabe, o sabe pero sin entender las implicaciones, que hubo en la Tierra varias especies distintas de homínidos al mismo tiempo, a veces en los mismos territorios. La visión popular de la evolución como una secuencia progresiva siempre ha sido fácil de recordar, y siempre ha sido equivocada. No hay una "dirección" en la evolución, y no hay bordes claramente definidos entre las especies más cercanas, como un "primer humano" cuya madre era otra cosa distinta. Nosotros, los Homo sapiens, estamos aquí pero los Homo soloensis, Homo denisova y Homo neanderthalensis, que fueron todos contemporáneos nuestros en algún momento, no. (Aún así conservamos entre 1 y 4% de ADN heredado de neandertales, y los aborígenes australianos tienen hasta 6% de ADN denísovo.)

Nadie está del todo seguro qué fue lo que la provocó, pero parece que la responsable de lo anterior fue la Revolución Cognitiva, hace unos 100,000 años: lo que ocurrió antes de ella es competencia de la Biología; lo posterior, de la Historia. Fue la mente de los sapiens, quizá no muy distinta a la de los demás homínidos, la que les dio la capacidad de planear y ejecutar acciones coordinadas, formar grupos mayores y más unidos, cooperar a gran escala y renovar sus convenciones sociales rápidamente. Quizá los otros homínidos pudieron hacer estas cosas en cierta medida también, pero Sapiens pudo hacerlo mejor. En resumen, la habilidad que adquirieron los sapiens fue la capacidad de crear historias que podían compartir entre ellos para coordinarse y motivarse. No era relevante si las historias eran ciertas o no, sino que éstas le dieron a los sapiens una ventaja sobre las demás especies.
Nunca podrías convencer a un mono de que te diera su banano prometiéndole bananos infinitos después de la muerte en el cielo de los monos.
Sapiens fue capaz de crear realidades imaginadas, como lo hubieran sido en aquel entonces los dioses, los espíritus animistas que había en toda la naturaleza, o como lo son ahora las religiones e inclusive el dinero y las naciones. Gracias a su capacidad cognitiva, Sapiens fue capaz de formular y compartir estas realidades (algunas menos imaginadas que otras), indispensables para lograr cooperación y control. No se sabe si la exterminación de los otros humanos por parte de los sapiens fue directa o indirecta, pero los restos de los últimos denísovos y neandertales datan de hace unos 40,000 años, y desde entonces los sapiens han sido los únicos homínidos sobrevivientes.

Reconstrucción de una niña neandertal.
¿Cómo serían las cosas si, digamos, hubieran sobrevivido aquellas otras especies de humanos? Quizá nos habríamos fusionado ya en una sola especie, o quizá las diferencias raciales que tanto nos dividen ahora hubieran sido aún peores, con no solamente razas sino especies enteras de humanos como esclavos. Quizá las brutales limpiezas étnicas que tanto han marcado a nuestra especie palidecerían en comparación con lo que hubiera acontecido entre especies; quizá esos genocidios ya ocurrieron. Uno pudiera imaginar política, cultura y religión que incorporara la lucha no de razas o de clases, sino de especies.
¿Hubiera Cristo muerto también por los pecados de los denísovos?

*   *   *

Haya sido como haya sido, mayor capacidad cognitiva le permitió a Sapiens experimentar con cosas que otros animales no podrían, como la agricultura. La siguiente revolución, la Revolución Agrícola, no necesariamente mejoró la vida de los humanos—de hecho, aunque esto es algo que se da por hecho hoy, la evidencia es al contrario, al menos para los primeros agricultores. Algunos sapiens descubrieron, de manera independiente en las Américas, Medio Oriente y China, que el maíz, el trigo y el arroz no solamente eran fáciles de recolectar, sino de cultivar también. Y entonces la evolución, despiadada, siguió su curso y los cultivos domesticaron a los humanos.

Desde un punto de vista biológico, el éxito es abundancia de reproducción. En esta óptica, no ha habido un mejor momento para ser maíz, trigo o arroz que a partir de que los humanos se ocuparon de cuidarlos, consentirlos, irrigarlos y protegerlos de parásitos y herbívoros. El trigo pasó de ser solo una especie más de pasto en algunas partes de Mesopotamia a monopolizar millones de hectáreas alrededor del mundo; lo mismo para el maíz y el arroz. Por otro lado, antes los humanos dedicaban unas pocas horas diarias a la recolección y la cacería; a partir de la agricultura, la mayoría se dedicó a cargar cubetas de agua y deshacerse las manos y la espalda trabajando la tierra de sol a sol. ¿Qué ganaron los sapiens? De nuevo, la evolución no optimiza bienestar, sino reproducción: una fuente constante de comida (y muchas veces comida en exceso) permitió que Sapiens también aumentara sus números, independientemente de su calidad de vida, y el modelo se perpetuó por el mundo.
La discrepancia entre el éxito evolutivo y el sufrimiento individual es quizá la lección más importante que nos deja la Revolución Agrícola.
La agricultura hizo necesario pensar acerca del futuro y planear para él. También hizo posible, a través de los excesos de comida, que surgieran la política, la guerra y la cultura (en Economía sin Corbata Yanis Varoufakis agrega la economía a esta lista.)
La Historia es algo a lo que muy pocas personas se han estado dedicando mientras todos los demás estaban arando los campos y cargando cubetas.
Desde nuestro punto de vista, en el mundo de tractores, pesticidas, agua corriente y fertilizantes esto ya no es cierto, pero por casi 10,000 años así fue, hasta todavía muy entrado el siglo XX.

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Peregrinos musulmanes en la Kaaba, en Meca.
Una advertencia constante que he absorbido de los historiadores que he estudiado es que uno no debería introducir teleología a la historia. La historia no tiene un propósito, no hay alguna corriente que lleve a los eventos en una dirección inevitable, no hay un evento que desde el punto de vista histórico debía suceder. Las cosas se hacen y deshacen y, aunque hay hitos que una vez logrados ya no se pueden revertir, el desarrollo a partir de ellos es caótico. Sin embargo, Harari ofrece una visión al menos descriptiva de lo que sí ha sido tendencia hasta ahora: la Unificación de la Cultura.

Antes mencionamos que la humanidad se estudia con Historia a partir de la Revolución Cognitiva, pero eso fue una simplificación retórica. No hubo un momento en el que la biología "dejara de actuar" y de ahí en delante los sapiens hayan estado libres de ella. Lo que sí hay es una complicada interacción entre todo lo que es animal y lo que no, que es la cultura, entendida sucintamente como una red de instintos artificiales. En este sentido, la Historia ha tenido una dirección clara hacia la unificación.

Considere que hoy en día casi todos los humanos poseen, o aspiran a poseer, el mismo
  • sistema geopolítico,
  • sistema económico,
  • sistema legal, y
  • sistema científico.
Una sola cultura global no es necesariamente homogénea, pero todas sus piezas hablan los mismos idiomas culturales. Esta unidad fue propiciada por el imperialismo, el comercio y las religiones, entendidas en el sentido amplio:
Si una religión es un sistema de normas y valores humanos fundadas en la creencia en un orden sobrehumano, entones el Comunismo Soviético es tanto una religión como el Islam.
Propaganda religiosa.
Este proceso ya no es reversible, salvo que la humanidad realmente destruyera todo y empezara desde cero. El comercio ha logrado unir a Sapiens en torno a la creencia en un recurso global: el dinero. El dinero sirve para convertir cualquier bien en cualquier otro, cosa imposible con el simple trueque. En cuanto al imperialismo,
La crítica contemporánea a los imperios comúnmente toma una de dos formas:
  1. Los imperios no funcionan. A la larga, no es posible gobernar efectivamente sobre un gran número de pueblos conquistados.
  2. Inclusive si se pudiera, no debería hacerse, porque los imperios son motores de destrucción y explotación. Cada pueblo tiene derecho a su autodeterminación y nunca debería ser subyugado por otro.
Desde a perspectiva histórica, el primer punto es una simple tontería y el segundo es profundamente problemático.
Ha habido imperios literalmente milenarios en todo el mundo, que han empleado una variedad de estrategias y crueldad para mantenerse, perpetuarse y expandirse. De hecho, la mayor parte del territorio que habita la humanidad ha pertenecido a un imperio u otro desde que la agricultura lo hizo posible. El segundo punto es de particular importancia para nuestro momento global:
Hay escuelas de pensamiento y movimientos políticos que buscan purgar a la cultura humana de todo rastro de imperialismo, dejando lo que ellos consideran una civilización auténtica, pura, inmaculada. Estas ideologías son en el mejor caso ingenuas; en el peor caso, son decoración para un nacionalismo crudo y la discriminación. Quizá se pudiera argumentar que alguna de las miles de culturas que emergieron al alba de la historia era pura, impoluta por el pecado y sin adulterar por otras sociedades. Pero ninguna cultura desde ese entonces puede hacerse esa atribución, ciertamente ninguna cultura que exista ahora. Todas las culturas humanas son en parte el legado de imperios y de civilizaciones imperialistas, y ninguna cirugía académica ni política puede extirpar estos legados sin matar al paciente.
Todas las naciones de hoy son o fueron víctmas y victimarias imperialistas en algún momento, y nadie elige en qué lugar ni época nace. Sí, por supuesto que los atropellos del pasado son lamentables y debemos evitar nuevas atrocidades en el futuro, ahora que podemos reflexionar sobre el pasado. Pero no hay un lugar mítico al que podamos regresar y quedarnos solo con lo bueno que tenemos hoy, y debemos aceptar al mundo como es y no como quisiéramos que hubiera sido. (Creo que son pasajes como el anterior que, si bien es perfectamente claro y razonable para quien lo lee en contexto, puede ser usado por actores deshonestos para calumniar con algo como "Harari apoya el imperialismo".)

Si la evolución biológica tiene como mecanismo la reproducción de genes, la evolución cultural se lleva a cabo por la propagación de memes, que son unidades de información cultural. En analogía a la biología, las culturas exitosas son aquellas que logran esparcir sus memes, independientemente de los efectos que éstos tengan sobre sus huéspedes humanos.
Las culturas son parásitos mentales que emergen accidentalmente, y de ahí en delante se aprovechan de toda la gente infectada por ellos.
(Los postmodernistas desdeñan esta explicación, llamada memética, pero en realidad la creen: simplemente sustituyen "discurso" por "memes").

*   *   *

El último gran cambio que ha vivido la humanidad ha sido la Revolución Científica. Desde el año 1500, la población mundial se ha incrementado en un factor de 15, la productividad es 240 veces mayor y el consumo energético se ha multiplicado por 115. Esto no es solamente debido al auge de nuevos descubrimientos y aplicaciones que trajo la ciencia moderna, sino también es debido a la relación simbiótica—ojo que no siempre benéfica para todos los  sapiens—entre ciencia y capitalismo. Por primera vez en la historia, los frutos de la producción se usaron no para que los ricos pudieran construirse pirámides, palacios y estatuas a sí mismos, sino para reinvertirlos en la producción misma.

Los imperios europeos dejaron mordiendo el polvo a los demás durante la Revolución Científica no porque tuvieran tecnología inalcanzable, sino porque tenían valores, mitologías, aparatos judiciales y estructuras sociopolíticas que tomaron siglos en formarse: tenían Ciencia y Capitalismo. El imperialismo europeo fue distinto a los demás en que buscaba no solamente adquirir nuevo territorio, sino nuevo conocimiento. Otros imperios habían buscado a lo mucho esparcir su propia visión del mundo, que ya era considerada necesariamente correcta.

Los descubrimientos de la ciencia producen brotes de innovaciones económicas constantemente, lo que permite que la gente pueda confiar en el futuro. Esta confianza se traduce en sistemas de crédito, mediante el cual se traslada valor del futuro al presente, se paga con producción y deja como resultado crecimiento. Los países que protegieron a sus sistemas financieros tanto como a su territorio ahora son los más desarrollados, gracias a que los avances de la ciencia fueron convertidos en avances económicos. De nuevo, algo relevante para nuestros tiempos:
Las calificaciones crediticias indican la probabilidad de que un país podrá pagar sus deudas. Además de datos puramente económicos, toman en cuenta factores políticos, sociales y hasta culturales. Un país rico en petróleo pero con un gobierno tiránico, guerra endémica y un sistema judicial corrupto usualmente recibirá una calificación baja. Como resultado, es probable que se mantenga pobre, ya que no podrá acceder al capital necesario para desquitar su riqueza petrolera. Un país carente de recursos naturales, pero que disfruta de paz, un sistema judicial justo y un gobierno libre, es propenso a recibir una calificación alta. Como tal, puede juntar suficiente capital barato para financiar un buen sistema educativo y fomentar una industria tecnológica floreciente.
Es necesario tomar en cuenta que tanto la ciencia como el capitalismo por sí solos son mecanismos completamente amorales: pueden producir buenos o malos efectos por igual. La humanidad pasó tantos siglos en la escasez abyecta que la abundancia necesariamente mejoró su situación en términos de esperanza de vida, mortalidad infantil, tiempo para ocio y muchas métricas más. Pero ahora llegamos a un punto donde los padecimientos debido a los excesos son cada vez más prevalecientes. Es mayor la probabilidad de que uno muera por su propia mano que las probabilidades de morir en una guerra, crimen, o atentado terrorista juntas. Por primera vez en la historia, la obesidad es un mayor problema que el hambre:
La obesidad es una doble victoria para el consumismo. En vez de comer poco, que llevaría a la contracción económica, los humanos comen demasiado y luego compran productos para adelgazar—contribuyendo así al crecimiento económico dos veces.
*   *   *

Harari da una visión panorámica e integradora de lo que estamos haciendo como humanidad. El tono ambivalente prevalece en casi todos los temas, dando la impresión ya mencionada por otros que es como si el autor fuera un biólogo extraterrestre (mira, están haciendo pirámides, qué lindos). Pero no es un libro desapegado o clínico, sino ameno y, con frecuencia, con sarcasmo e ironía salpicados entre las opiniones poco convencionales aunque metódicamente argumentadas. Harari supone que el lector es principiante pero no tonto, admite cuando los expertos están en desacuerdo, y presenta los argumentos que compiten entre sí en sus formas más fuertes. Su estilo sí es tan sutil que a veces no se nota cuándo pasa de lo metafórico a lo literal, o de lo irónico a lo sincero. Pero siempre hay algo uno o dos párrafos más adelante que deja claro qué es lo que sí está diciendo y qué no. Sapiens (en español le pusieron De animales a dioses, tomado del título del epílogo), condensa la historia de la humanidad de manera amena y reveladora a unas 400 páginas, que mucho valen la pena y pueden usarse para rápidamente ponerse al corriente de qué estamos haciendo en este planeta, mientras estamos en él.


2017-08-29

¿Qué queda de la Izquierda?

Reseña de What's Left? de Nick Cohen
Londres, 2003
Crecí en países sin democracia, así que no me puedo dar el mismo lujo que tú. Tú creciste en libertad, y puedes escupirle a la libertad porque no sabes lo que es no tenerla.

Ayaan Hirsi Ali
No hay que subestimar las ventajas que tiene la ausencia de una agenda política de principios para los liberales e izquierdistas. Su filosofía—o falta de ella—se acomoda al consumismo moderno. No hace falta comprometerla a una visión social ni ponerla a prueba en elecciones. No es necesario tener camaradas qué defender cuando las cosas se pongan difíciles. Igual que en un centro comercial, no hay lealtades ni deberes y uno puede entrar a la tienda que se le antoje. Todo lo que uno tiene que hacer es estar en contra de su gobierno occidental local y sobre todo estar en contra de Estados Unidos. Como el gobierno de uno será tonto e injusto a veces, y como EU naturalmente atrae sospecha y resentimiento porque es la única superpotencia del mundo, y también puede actuar tonta e injustamente a veces, estos no son estándares altos para un consumidor de política.

—Nick Cohen, en What's Left
En 2006 apareció en la web un breve documento delineando la visión de lo que debería ser la Izquierda política, según una lista de académicos, reporteros y analistas políticos que se identificaban de algún modo con ella. El Manifesto de Euston, como fue bautizado, es una destilación de lo que Nick Cohen y otros izquierdistas consideraban incontrovertible y necesario creer (también está en español si así lo prefieren). Yo mismo lo leo y lo encuentro básicamente intachable—si esa es la Izquierda, pues que me digan dónde firmar y a qué número de cuenta depositar. Curiosamente, al mismo tiempo que estaba ayudando a editar y firmar ese documento, Cohen le explicó a los autores que no creía que éste fuera a ser tomado en serio sino lo contrario y, de hecho, estaba a punto de publicar un libro con las razones por las que esa noble visión de la Izquierda había fracasado e iba a seguir fracasando. Ese libro fue What's Left? y, diez años después, me atrevo a decir que su pesimismo inclusive se ha quedado corto. El mismo Cohen también ve que la situación va de mal en peor. La gente como yo permanece políticamente huérfana, con la sensación de ser los únicos sobrios en un auto manejado por ebrios que no se hacen a un lado. What's Left? es un diagnóstico y explicación de cómo y con qué se emborracharon esos conductores y los caminos que debieron haber tomado.

Una nota sobre terminología: en este artículo adoptaré la convención que usa Cohen de usar el término 'liberal' con la connotación americana, es decir, lo opuesto de 'conservador' o 'tradicionalista' y por lo tanto en la izquierda política, así con minúscula. En Europa el 'liberalismo' se refiere más bien a la defensa de libertades individuales que se originó en la Ilustración, con énfasis en que el individuo debe ser libre de su gobierno, y es considerada una posición centrista, apolítica o, en ciertos contextos, inclusive de derecha.
*   *   *
Cuando digo que 'la situación' va de mal en peor, ¿a qué me refiero? El asunto es que cuanto más a la izquierda del espectro político se encuentre alguien, más tiende a creer algo como lo siguiente. Primero, las masas han rechazado a la Izquierda debido al lavado de coco que las grandes corporaciones mediáticas les han aplicado para que acepten la globalización y, aún peor, el neoliberalismo (la 'manufactura del consenso', según Chomsky). La democracia es realmente una estafa, todos los partidos políticos son iguales y los derechos humanos son arbitrarios. Lo que los tontos llaman libertad o democracia es en realidad una cortina de humo para esconder las maquinaciones de los verdaderos amos de este mundo, que quieren ante todo vender petróleo y Coca-Cola. El fascismo es el peor enemigo de la humanidad siempre y cuando los fascistas sean blancos; de lo contrario, es meramente una respuesta comprensible al imperialismo del poder hegemónico de Occidente, personificado ante todo por Estados Unidos e Israel. Solamente hay dos virtudes: ser víctima de Occidente y odiar a Occidente en nombre de sus víctimas. Las víctimas de Stalin, Hussein, Putin, Mao, Castro, Mugabe y Assad no cuentan, porque realmente ellos luchan por la libertad y la verdadera democracia. Cuanto más embrollado e incomprensible sea el razonamiento para llegar a estas creencias, mejor. Lo único que debe decirse claramente es que todo es culpa de los Masones y, por supuesto, los Judíos.

Pero vamos por partes.
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En el camino a la utopía se pueden lograr muchas cosas buenas, aún si el destino final es inalcanzable. Así, el mundo occidental es, hoy en día, un mundo en el que los valores liberales han triunfado o al menos se reconocen como ideales a alcanzar. Las mujeres tienen el voto y cada vez más autonomía sobre sus cuerpos y sus carreras. Las jornadas laborales son limitadas en cantidad y duración y, si tenemos suerte, pronto las máquinas harán todo el trabajo sucio y peligroso. La salud y educación públicas existen y, sean como sean sus deficiencias, son mejor que la nada que había antes en su lugar. Por otra parte, las minorías sexuales han ganado terreno que inclusive ellas mismas daban por utópico, como el matrimonio igualitario y la adopción. Las fuerzas retrógradas del cristianismo en todas sus variantes han sido reducidas a una versión homeopática de lo que alguna vez fueron, y los estragos que todavía causan son reconocidos como patadas de ahogado. El racismo sigue existiendo, pero en forma de esclavitud y colonialismo, nunca más. Los países desarrollados han logrado estándares de vida nunca antes vistos y el resto del mundo los alcanza poco a poco. No es perfecto, pero es cada vez mejor. Si se le hubiera dicho al socialista más radical de 1900 que estas cosas serían hechos mundanos en el mundo desarrollado un siglo después, quizá estaría dispuesto a reconocer que sería un mundo mejor.

Pero el pensamiento utópico, por definición, no está satisfecho con simples mejorías. Las democracias liberales siempre se quedarán cortas de una utopía socialista, así que siempre habrá algo más qué criticar. El problema para el marxismo fue que en lo económico y político fue sistemáticamente derrotado por la realidad y las evidentes mafufadas de su 'teoría'.  A medida que perdían la batalla intelectual, los 'teóricos' de esta disciplina comenzaron a diversificarse y así nació el Posmodernismo. Habiendo fracasado en llamar la atención de la clase obrera, el énfasis se movió hacia la clase media y de lo económico a lo cultural. La clase trabajadora que tanto habían adorado en tiempos anteriores los intelectuales se convirtió en la más odiada debido a sus actitudes sexistas, racistas y homofóbicas, por no decir nada de su ocasional patriotismo. La desigualdad económica pasó de moda a favor de las 'relaciones de poder', en las que la única virtud era ser una víctima.

Cuando la utopía socialista se alejó más hacia lo imposible y se acabaron las opciones para ser un hipster disidente serio, la estrategia constó en criticar a la democracia liberal, que era (es) vista como una forma de gobierno ilegítima y usurpadora, promotora del colonialismo y la represión en general. Cuando la oposición al liberalismo democrático provista por la Unión Soviética se esfumó cuando ésta cayó, lo más natural para los 'disidentes' fue adoptar la estrategia de 'el enemigo de mi enemigo es mi amigo' y se aliaron con otros regímenes y movimientos anti-liberales y anti-democráticos. Lo más importante, ante todo, era no sucumbir ante la hegemonía (neo)liberal. En palabras de Judith Butler, 'teórica' suprema de esta forma de 'pensar':
El movimiento desde un recuento estructuralista en el que el capital es entendido como la estructura de las relaciones sociales en formas relativamente homólogas hacia una visión de la hegemonía en la que las relaciones de poder son sujetas a repetición, convergencia y rearticulación, trajo en cuestión de temporalidad hacia el pensamiento de la estructura, y marcó un desplazamiento de una forma de teoría Althussiana que toma totalidades estructurales como objetos teóricos, a una en la que las pericias de la posibilidad contingente de la estructura inauguran una nueva concepción de la hegemonía como envuelta con los sitios contingentes y estrategias de la rearticulación del poder.

(citada por Cohen. Pueden ver ese y más ejemplos aquí.)
(Cuando piense que odia su trabajo, recuerde que hay gente que se dedica a traducir libros enteros de eso que acaba de leer.) Cuando se molestan en ser más claros, los posmodernistas dejan ver sus alianzas y prioridades más claramente. Por ejemplo, Michel Foucault, interrogado sobre el destino de las mujeres y los iraníes liberales (es decir, la Izquierda iraní) que quedarían subyugados por la Revolución Islámica de 1979, contestó que Irán "no se regía por el mismo régimen de la verdad que nosotros." Temo que la palabra 'verdad' no significa lo que Foucault cree que significa.
Foucault, culpable.
No todo es oscurantismo entre los intelectuales de la izquierda disidente. También cuentan con figuras que rechazan el posmodernismo y hablan con claridad y elocuencia, pero efectivamente llegan a las mismas conclusiones. En abril de mayo pasado, Bashar al-Assad le restregó en la cara al mundo que podía usar armas químicas contra su propia población y los medios de izquierda occidentales hicieron el trabajo sucio propagandístico por él. Más que eso, las cadenas de propaganda siempre pudieron contar con los 'intelectuales' de izquierda como Noam Chomsky para culpar a los propios sirios, que aparentemente se habían bombardeado solos para manchar el buen nombre de un 'presidente' que lleva en el poder desde 2000, en un país donde es el único candidato del único partido, y donde antes de él su padre hizo lo propio desde que tomó el poder por la fuerza en 1970. Democráticamente electos, mis huevos. Pero para Chomsky esos son detalles menores que desvían la atención del verdadero problema, que es alguna de varias teorías de conspiración que lleva literalmente décadas promoviendo.

A principios de los 90, cuando emergieron las imágenes del campo de concentración en Trnopolje y el mundo comprendió la magnitud de lo que pasaba en la desintegración de Yugoslavia, Chomsky se dedicó a promover la conspiración de que las imágenes eran un montaje, porque los prisioneros estaban, según él, del lado equivocado del alambre de púas(!). Los reporteros occidentales habían 'manufacturado el consenso' de que había campos de concentración en Serbia cuando, en realidad, decía Chomsky, solo eran Bosnios naturalmente delgados casualmente posando junto a un alambre de púas en un campo de refugiados, no de prisioneros. Mamando no estoy.

'Refugiados', según Chomsky.
Se pone peor la cosa. El caso más documentado de esta conducta por parte de Chomsky fue después de la masacre en Srebrenica durante la Guerra de los Balcanes (que finalmente terminó gracias a EU, y donde no había petróleo ni intereses estratégicos ni regionales ni nada). Chomsky argumentó primero que el asesinato de 8000 hombres y jóvenes musulmanes por parte de los fascistas serbios de Milósevic fue inventado por completo, luego que sí pasó pero eran combatientes, luego que la guerra era un asunto sucio y pues qué esperaban que pasara, y luego que sí había sucedido pero técnicamente no aplicaba el término 'genocidio' y... ¡miren allá, un imperialista!

No era la primera vez, y no estaba limitado meramente a comentar sobre conflictos donde EU estuviera activo. Por años después de la intervención y derrota de EU en Vietnam en los 60s y 70s, Chomsky siguió defendiendo al régimen comunista de Pol Pot en Cambodia, Vietnam y Laos, inclusive cuando exterminó a la quinta parte de su población. Junto con su colaborador, Edward Herman, dedicó las décadas de los 70s y 80s a difamar a reporteros de la región que lograron escapar con imágenes y datos del exterminio, por no decir con sus vidas. Cuando por fin concedió que las atrocidades habían sucedido, las describió como una reacción natural a la intervención imperialista de EU.

Cohen documenta cómo Chomsky siempre se puso del lado de fascistas y terroristas islámicos (que son fascistas también, solo que de otro color) cuando luchaban en intervenciones contra Estados Unidos. Al parecer el trauma de las bombas en Hiroshima y Nagasaki fue demasiado para el Noam Chomsky adolescente y nunca se recuperó. Chomsky pensaba que Japón estaba a punto de rendirse (falso) y que el uso de las bombas atómicas era inadmisible (cierto). Pero Chomsky, a pesar de su (aparente) erudición, nunca se detuvo a pensar en que el mundo es complicado y que simplemente odiar a tu país sobre todas las cosas no te da una visión coherente, sobre todo al encontrarte con cosas peores. En resumen,
[Chomsky] teme a las consecuencias psíquicas de admitir que hay cosas peores en el mundo que las que pudiera provocar la democracia occidental.

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¿Por qué [los liberales] no podían apoyar la democracia en Iraq, Siria, Irán y África del Norte—por no mencionar a China o Corea del Norte—junto con la retirada de las fuerzas y colonizadores israelíes? ¿Por qué ellos, al igual que los gobiernos occidentales en sus peores momentos, ignoran regímenes autoritarios y genocidas? Ningún izquierdista quisiera vivir en un país gobernado por al-Qaeda o la Hermandad Musulmana. Liberales, socialistas, mujeres, gays, librepensadores y cristianos no podrían prosperar en una Palestina Islámica, ni un Donde Sea Islámico. En vez de reflexionar sobre cómo sería la vida bajo la nueva extrema derecha, revivieron la vieja creencia racista de Izquierda de que lo intolerable para gente de piel blanca era aceptable para razas menores.
El 15 de febrero de 2003, un millón de personas marcharon en las calles de Londres para oponerse al derrocamiento de un régimen fascista. ¿Saben quiénes adoran el pacifismo? Los dictadores y genocidas, por supuesto. Saddam Hussein ordenó que su televisora estatal retransmitiera las protestas y que miles salieran dentro de su propio país a celebrar el consenso mundial de que El Gran Líder debía seguirlo siendo. Disidentes iraquíes refugiados en países occidentales no podían comprender lo que estaban viendo. Kanan Makiya, autor de Republic of Fear y activista pro-democrático iraquí, estaba devastado. Había pasado décadas de su vida documentando las atrocidades de Saddam Hussein y ahora todo su trabajo se estaba esfumando en una cacofonía contra el imperialismo y el petróleo.

En 2003, el régimen de Hussein era directamente responsable del exterminio de al menos 400 mil de sus propios ciudadanos, además de otro millón de iraníes durante la Guerra Iraquí-Iraní en los 80s. Kurdos, socialistas y todas las minorías políticas, étnicas y sexuales fueron brutalizadas durante décadas en el Iraq de Saddam con impunidad, y disidentes como Makiya eran asesinados y desaparecidos en sus países de exilio rutinariamente. La vida de los ciudadanos comunes consistía en constantemente mirar sobre su hombro y cuidar lo que decían. Padres eran obligados a aplaudir la ejecución de sus hijos por crímenes inventados (usualmente espionaje) y además recibían por correo una factura por las balas. Iraq violó prácticamente todas las normas internacionales en cuanto a armamento y derechos humanos múltiples veces, varias de las cuales justificaban intervención internacional. El momento ideal para remover a Hussein fue en 1990 cuando invadió Kuwait, pero se le permitió seguir bajo sanciones que causaron estragos en su población mas no en su régimen. Y ese día de febrero de 2003, entre 6 y 10 millones de personas alrededor del mundo salieron a protestar... a favor de Hussein.


Lo más temerario del libro de Cohen es lo mucho que usa la Guerra de Irak como un punto para criticar el comportamiento de la Izquierda. La abominable presidencia de Bush y Cheney, y la ineptitud con la que condujeron la guerra hasta 2006, cuando Cohen estaba escribiendo este libro, hacían que argumentar cualquier cosa a favor de la intervención fuera absolutamente tóxico. Aún así, Cohen le supo sacar mucho jugo y sus críticas permanecen válidas hasta hoy. Iraq era una oportunidad para la Izquierda de demostrar de lo que estaba hecha, y en general no paró de decepcionar (recuerden que, con todo y todo, Bush ganó una reelección en 2004). La Izquierda tenía dos opciones ante la inminente invasión de Iraq por EU y sus aliados:
La política de no abandonar a los iraquíes era tan claramente la única opción moral, que nunca se me ocurrió que pudiera haber otra opción. Sí me encontré con un liberal especialista en política externa muy eminente que me dijo que 'vamos a tener que olvidarnos de las víctimas de Saddam', pero pensé que no hablaba en serio. Desde el punto de vista liberal, el único terreno que tendrían que ceder si se apegaran a sus principios en Iraq hubiera sido un reconocimiento de que la guerra tenía cierto grado de legitimidad. Todavía hubieran podido decir que fue administrada catastróficamente, que era una provocación a al-Qaeda y todo el resto. Hubieran podido condenar las atrocidades de las tropas americanas, Guantánamo, y la defensa del uso de la tortura por parte de Bush. Quizá hubieran podido unir fuerzas con simpatizantes iraquíes, que querían apoyo internacional para resistir la insistencia americana de privatizar sus industrias, por ejemplo. Todo lo que tenían que hacer era aceptar que el intento de crear un Iraq mejor valía la pena y ellos podían hacer una contribución positiva.

Un precio pequeño por pagar. Un precio que sus principios liberales les obligarían a pagar. O eso parecía.

La segunda opción para los liberales era hacer lo equivocado por las razones correctas. Podían mirar a los civiles iraquíes y las tropas americanas y británicas muriendo en una guerra cuya premisa resultó ser falsa, y ponerse frenéticos; podían permitir que la ira justificada los llevara hacia 'atragantos de posicionamiento y ultra-radicalismo' como los liberales de los 60s habían hecho cuando ellos se descarrilaron. Como comentó un crítico, tendrían que hacer de cuenta que 'Estados Unidos era el problema e Iraq era problema de él'. Hubieran tenido que mantener que la guerra no era el intento de liberar a una región de la tiranía, sino el resultado sangriento de 'una manía financiera por lograr el control del petróleo de Medio Oriente, y la cruzada por apalear la Luna Creciente con la Cruz'.

Eligieron ponerse frenéticos.

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Los posmodernistas y nihilistas de izquierda no son, por mucho, los que más odian a Occidente, pero son aliados de los que sí: los islamistas. Aprovechándose de las libertades civiles que no pueden tener en sus propios países, como la libertad de asociación y expresión, grupos como la Hermandad Musulmana han sabido aprovechar el masoquismo liberal para instalarse cómodamente en Europa. A diferencia de los posmodernistas, los islamistas odian las cosas buenas de Occidente. Ven a Occidente con resentimiento por sus logros tecnológicos y buena calidad de vida a pesar de lo que consideran su supuesta decadencia moral, fallando ver que uno es resultado de lo otro. Al mirar a sus propios países y encontrarse con las peores sociedades del mundo, donde nada crece y vivir bajo dictaduras es el mejor de los casos, se convencen de que debe haber una conspiración en su contra. Después de todo, se dicen, están siguiendo las instrucciones de Alá a la letra.

Si la política externa de Occidente, en particular hasta el fin del colonialismo tras la Segunda Guerra Mundial, fuera la responsable de estos resentimientos, ¿por qué no hay ataques terroristas contra civiles por parte de latinos o africanos? ¿Cuántos chilenos claman 'Allende' antes de volarse en medio de un autobús de niños gringos? ¿Cuántos mexicanos arrollan transeúntes reclamando que California es tierra que siempre les ha pertenecido? Las culturas alrededor del mundo no solamente son distintas—también son mejores o peores. Si el Occidente es una civilización tan represiva y decadente, ¿por qué toda la migración internacional es en su dirección?  Es un gran mérito a reconocerle a disidentes de Izquierda como Makiya que admitieran que sus países pudieran ser mejores, y que la libertad y modernidad no son solamente para los blancos. Pero el legado de relativismo dejado por el posmodernismo ha dejado a la clase intelectual de Occidente lobotomizada, incapaz de ayudarles. No entienden que la libertad que tanta sangre les tomó ganar ante el cristianismo y el nacionalismo y que anhelan tantos en el mundo musulmán ahora la están cediendo, sin pelea, a los fascistas más viles del mundo moderno.

Londres, 2013
Los mismos fascistas islámicos lo admiten, pero antes de que puedan terminar llega algún liberal a arrebatarles el micrófono y disculparse por los crímenes de sus tatarabuelos y conceder demandas que los islamistas ni siquiera han hecho. Ven el odio de los islamistas y los hacen representantes de la lucha de todo lo que ellos odian de Occidente. Los homosexuales ateos socialistas serían los primeros ejecutados bajo la ley islámica, pero pues alguien tiene que luchar contra el imperialismo, ¿no? 

Y en EU:
Solo una facción en la política estadounidense se ha visto capaz de hacer excusas a favor del fanatismo religioso que nos amenaza en el aquí y el ahora. Y esa facción, me duele y enfurece decir, es la Izquierda. Desde el primer día de la inmolación del World Trade Center, hasta el día de hoy, una galería de pseudointelectuales ha resuelto presentar la peor cara del Islam como la voz de los reprimidos. ¿Cómo soporta esta gente leer su propia propaganda? Asesinos suicidas en Palestina—desheredados y denunciados por el nuevo líder de la OLP—descritos como víctimas de la 'desesperanza'. Las fuerzas de al-Qaeda y el Talibán representados como meros voceros contra la globalización. Los sádicos sangrientos de Iraq, que prefieren derrumbar un edificio lleno de gente antes que permitirles el voto, descritos como 'insurgentes' o inclusive, por Michael Moore, como el equivalente moral de nuestros propios Padres Fundadores.

—Christopher Hitchens, citado en WL?

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¿Y qué podemos hacer? Cohen no lo menciona explícitamente, pero algo así como seguir la ruta del Manifesto de Euston de manera consistente es lo que pude rescatar. Después de todo, el propósito de What's Left? era explicar los males de la Izquierda, no dar la receta de la cura.

En este tipo de polémicas contra la Izquierda, a veces queda la impresión que uno preferiría entonces a la Derecha; ni Cohen ni yo ni millones de personas liberales quisiéramos eso. De hecho, lo principal es precisamente evitar el impulso reaccionario de decir 'bueno, al menos los de derecha saben gobernar' (que además es falso). El camino de la humanidad hacia la prosperidad, imperfectamente distribuida como esté ahora, no se recorrió encogiéndose de hombros con la esperanza de que derribaran la puerta del vecino y no la de nosotros. La Izquierda ha logrado cosas buenas, y muchas. En varias categorías pudiera decirse que ganó y para bien. Pero la historia, aunque exhibe patrones, no es inexorable ni tiene una dirección bien definida hacia el progreso y la prosperidad. Bajar la guardia en este momento es exponerse a que siglos de trabajo y sangre se evaporen. Antes que identificarnos con un partido u otro, o con una ideología, raza o religión, deberíamos alzar la mano y llamarnos ciudadanos.


Nick Cohen en entrevista en el Rubin Report (1 hr):



Podcast de Ex-Musulmanes: Secular Jihadists from the Middle East

Revista Dabiq del Estado Islámico, número 15. Ver la página 30, Why We Hate You and Why We Fight You. (Ojo con las imágenes de decapitados.)