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2020-11-28

Libertad de Expresión


Hay una confrontación total entre la mente irónica y la literal: entre todo tipo de comisario e inquisidor y burócrata y aquellos que saben que, cualquiera que sea el rol de las fuerzas sociales y políticas, las ideas y los libros deben ser formuladas y escritos por individuos.

—Christopher Hitchens, For the Sake of Argument

El respeto es el enemigo de la tolerancia.

—Nick Cohen, You Can’t Read this Book

Si tienes la razón acerca de alguna cuestión y te encuentras con alguien que está equivocado, puede que te sientas confundido, frustrado, o incluso ofendido. Si estás equivocado acerca de esa cuestión y te encuentras con alguien que tiene la razón, puede que te sientas confundido, frustrado o incluso ofendido también. Incluso si estás equivocado y discutes con otra persona equivocada de un modo distinto te sentirás confundido, frustrado u ofendido. Por lo tanto, los sentimientos que provoquen los puntos de vista de los demás son irrelevantes para determinar qué tan correctos son los puntos de vista en sí. Además, si tienes la razón acerca de algo, ¿no quisieras poder contarlo, para poder persuadir a quienes están equivocados? Si estás equivocado acerca de algo, ¿no quisieras poder saberlo, para poder dejar de estar equivocado? Cuando no está disponible la vía de la persuasión, solamente queda la de la imposición. ¿Acaso es necesario, a estas alturas, explicar por qué esto es indeseable?

Los argumentos a favor de la libertad de expresión no son difíciles pero, a pesar de que ésta ha demostrado su superioridad con resultados concretos desde hace cientos de años en las sociedades donde se practica, requiere una defensa constante. Ya sabemos que los países que más limitan o prohíben la expresión son los países fallidos donde nadie quiere vivir—ni siquiera los populistas, islamistas, comunistas o fascistas que los crearon—. Las sociedades cerradas no pueden mantenerse salvo parasitando a las sociedades libres, aprovechándose de los recursos, derechos y libertades que éstas protegen pero que los tiranos prohíben en casa. Y saben que pueden hacerlo porque la naturaleza humana es tal que siempre habrá gente, incluso en las sociedades más libres y exitosas de la historia, que añore la sumisión: idiotas útiles que se desinforman solitos para defender a Trump, Putin o Maduro; impostores intelectuales que se dediquen a justificar o negar genocidios; alquimistas del lenguaje que inventen crímenes imaginarios agregando “-fobia” al final de “ruso” o “islam”; charlatanes relativistas que quieren “descolonizar” la ciencia o las matemáticas; fascistas, anarquistas o comunistas que buscan “derrocar al sistema” que les da la libertad de decir sus idioteces; todos estos enemigos del progreso y la modernidad, y muchos más que no alcanzo a citar por cuestión de espacio, existen y se expresan incluso en las sociedades más avanzadas.

Y, en cierto modo, así debe ser. Porque el costo que paga una sociedad que da libertad de expresión a todos sus miembros—incluso los más equivocados e indeseables—es menor que el costo que se paga al censurar. Decir que los nazis tienen puntos de vista indeseables y prohibirlos es fácil. Donde se pone interesante es cuando consideramos que todos los avances intelectuales y morales que nos han llevado a la modernidad fueron considerados extremos, obscenos o radicales en algún momento. Consideren, por ejemplo, que las mujeres no pudieron votar en muchos países (incluyendo México) incluso años después de que se derrotara rotundamente a los nazis. Y consideren, también, que ese logro fue el resultado de mucho debate y no de una guerra.

La libertad de expresión es la madre de las demás libertades, porque nos permite discutir cuáles deberían ser las demás libertades. Es el valor que permite definir y defender a los demás valores, o cuestionar si deberían ser valores en primer lugar. Sin la libertad de expresar y criticar a quienes se expresan, estamos a la merced de la imposición y la arbitrariedad. 

Por esto, el costo que pagan las sociedades cerradas no es solamente en desaparecidos, prisiones secretas o alambres de púas, sino en desarrollo. Una vez que un régimen totalitario se consolida y se asume como correcto por definición, necesariamente se estanca o retrocede porque no permite que sus errores sean siquiera señalados—mucho menos corregidos—. El mismo mecanismo que permite aplastar los puntos de vista indeseables, incluso suponiendo que fueran de los casos fáciles, necesariamente aplasta también a la curiosidad y la innovación, porque en los regímenes totalitarios éstas son indeseables por definición. Por otro lado, el costo que pagan las sociedades abiertas es tener que lidiar con las opiniones de algunos tontos incómodos.

Hablando de tontos incómodos, ¿a quién se le daría el trabajo de decidir qué podemos ver, leer o escuchar los demás? ¿Qué especie de burócrata sería el indicado para realizar esta labor? ¿Acaso debería haber un comité, o un politburó? ¿Deberíamos dejarlo a votación, quizá, y que decida “el pueblo” qué películas se pueden verse, libros leerse, u oradores escucharse? Incluso si pudiéramos llegar a un consenso de qué contenido sería permitido y prohibido, ¿cuántos recursos habría que destinar en aplicar dicha ley? ¿No tienen mejores cosas qué hacer las fuerzas del orden—particularmente en países en desarrollo—que andar confiscando pinturas, música, libros y películas, arrestando a quienes se resisten y combatiendo un mercado negro intelectual y artístico?

El lente totalitario/autoritario también es útil para entender dónde poner los límites a la expresión, si acaso. Aquí es sumamente útil la distinción entre lo público y lo privado, y la observación de que el totalitarismo es la abolición de los límites entre éstos, notada en distintas formas por gente como Hannah Arendt y George Orwell. Este análisis tiene el beneficio adicional de empatar con nuestras intuiciones sobre la privacidad y la propiedad privada: por más que uno crea en la libertad de tránsito y de asociación, nadie quiere que un extraño lo siga a todos lados, ni que transite hasta y dentro de la casa de uno. Con un mínimo de imaginación, podemos extender esta consideración hacia otros también y concluir que nadie quiere vivir en un mundo así. Con la expresión es lo mismo: lo que la gente decida exponer de sí para el mundo es cancha reglamentaria; lo que mantenga en privado, no. El daño de cualquier cantidad de críticas o insultos públicos a una persona (que ya vimos es irrelevante para el mérito de los puntos de vista) es trivial comparado con el daño que puede ocasionar divulgar su domicilio o su lugar de trabajo, que bien puede terminar con su vida.

La mayor parte de la historia humana careció de la libertad para expresarse. Es un fenómeno reciente y, me parece, indebidamente controversial en nuestros tiempos. Tristemente, todavía son muchos los países del mundo que aún no la han conocido y no hay ninguna ley de la Historia que diga que la vayan a conocer. Los argumentos y los resultados a favor de la libre expresión son fáciles de entender y apreciar, y sin embargo requieren defensa constante incluso donde ésta existe. Algo así pasa con la evolución, el materialismo o el liberalismo democrático en general; los debates decisivos ya ocurrieron, e incluso hace mucho, aunque tantos siguen sin enterarse. Habrá que decirles.

2020-08-02

Así que quieres hacer Ciencia

Lo que se puede medir acaba siendo administrado—incluso cuando es inútil medirlo y administrarlo, y aun cuando daña el propósito de la organización hacerlo—.

Cuanto más se use un indicador social para la toma de decisiones, éste será sujeto a más presiones corruptoras, y será más apto para distorsionar y corromper los procesos que pretende medir.
¿Cómo se mide qué tan productivo es un científico? Es fácil identificar a los grandes en retrospectiva pero, ¿cómo identificas quién será un buen científico antes de que sea famoso por algún gran descubrimiento? ¿Con qué criterio se hubiera contratado al joven Einstein en una universidad en vez de una oficina de patentes?

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Ya es un cliché la imagen del niño genio que desde la primaria arma robots con sus propias manos, aunque en algunos casos sea acertada. Richard Feynman sí aprendió cálculo (y muchas cosas más) por sí mismo para a los quince años, John von Neumann también lo logró a los ocho, y Michio Kaku sí construyó un acelerador de partículas en su cochera cuando estaba en la secundaria—y dejó sin luz a toda la cuadra cuando lo encendió—.  Sin embargo, por cada prodigio así, hay muchos otros "genios" que difícilmente terminan la escuela o cualquier otra cosa.  He tratado de cerca a la física y química, otro poco a la computación y, aunque la mayoría de la gente destacada ciertamente es inteligente, parece ser que los más excepcionales poseen una combinación de inteligencia y otras cualidades de personalidad más que de capacidad. En el largo plazo, la formalidad, constancia y disciplina le ganan al talento, como quiera uno definirlo.

También hay que recordar que los casos anteriores y muchos más son de gente que hizo el trabajo; es decir, Feynman realmente estudió muchos libros de cálculo, reprodujo las demostraciones e hizo los ejercicios, aunque hubiera sido por su cuenta y a corta edad.  von Neumann aprovechó al máximo un pequeño ejército de tutores privados que cultivaron la facilidad que tenía para tantas cosas. Las variables relevantes en estos y tantos casos más parecen ser la obsesión y la curiosidad tanto como la inteligencia.  Por supuesto que no toda la gente aguanta tanta práctica, y las mismas horas de entrenamiento no dan los mismos resultados en todos. Es ahí donde entra lo que pudiéramos llamar talento o aptitud "natural". Me desviaría mucho del tema que quiero hablar ahora si sigo por esta tangente, pero mucho de lo que la gente llama "talento" o "genio" es el resultado de miles de horas de trabajo oculto. Como lo explicó Thomas Edison, el genio es 1% inspiración y 99% perspiración.

El Instituto de Estudios Avanzados de Princeton

En algunos casos la visión romantizada de la vida del científico sí se cumple. Cuando eres uno de los grandes que mencioné antes, o su equivalente en otras áreas, probablemente sí te puedes dedicar a tomar café y escribir en tu pizarrón personal todo el día, o atender las creaciones de tu laboratorio, o pensar sobre el universo mientras sales a caminar por tu campus arbolado en el inter entre un seminario y una entrevista. Claro que en algún momento tienes que sentarte y hacer la talacha de calcular, construir o programar, pero es agradable y emocionante porque es por tu ciencia.  Sin embargo, los científicos "de a pie"—y muchos de los grandes también—, ya quisieran que su tiempo y esfuerzo estuvieran divididos en esa proporción, o incluso en la que propuso Edison.

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¿Y cómo hace uno para hacerse científico "oficialmente"? Empezar es sencillo y es como uno empieza en muchas otras profesiones: te inscribes a la licenciatura de la ciencia que te interesa, pasas el examen y, si hay cupo, ya estás. La licenciatura es básicamente un curso de introducción integral a la disciplina e incluye algo de clases remediales para corregir las carencias de los alumnos entrantes y emparejarlos. Idealmente, los alumnos terminarán por conocer las distintas ramas de su ciencia y tendrán habilidades básicas para escoger alguna si quieren seguir con más. Usualmente las habilidades adquiridas en una típica licenciatura en una ciencia "dura" son suficientes para buscar otros trabajos en el sector privado o educativo también.

Para los que siguen adelante está el posgrado, cuyo formato depende del país en el que se estudie. Generalmente hay un nivel de maestría de dos o tres años seguido por la opción de otros tres o cuatro de doctorado. En países anglos usualmente se pegan los dos grados en un solo PhD "todo incluido" de cinco a siete años. En esos sistemas, las maestrías generalmente solo están disponibles para especialidades administrativas y son de paga, mientras que los doctorados "completos" son pagados por los contribuyentes y los estudiantes incluso reciben un pequeño pago de manutención.

Con la gran excepción de EEUU, la mayor parte de la investigación científica mundial se hace en instituciones públicas. El alumno debe cumplir con ciertos requisitos académicos en cuanto a un núcleo de conocimiento, o "tronco común", a la vez que se acerca a algún investigador o investigadora especialista en algo de su interés. Los estudiantes generalmente terminan la licenciatura con cierta orientación que siguen en su posgrado, pero pudieran cambiarla si quisieran. Los cambios de especialidad entre la maestría y el doctorado son menos comunes pero no imposibles, e incluso hay gente que se cambia de área por completo (de física a matemáticas o química, digamos).

Tomando a una típica alumna de física como ejemplo, ella tendría que cubrir sus requisitos en cuanto a cursar las materias de tronco común, algunos cursos elegidos por su asesora, y su trabajo de investigación. Dependiendo de la universidad en la que estudie esta alumna, y dependiendo del potencial que demuestre, su asesora pudiera alentarla a buscar publicar su trabajo. A nivel de maestría esto suele ser un proyecto que la investigadora podría hacer por su cuenta si quisiera, pero lo delega a su alumna para que aprenda y aplique habilidades básicas o intermedias de su especialidad de investigación.

Un típico tronco común orientado a Relatividad General y Teoría de Campo.

Lo interesante comienza en el nivel de doctorado, si nuestra hipotética alumna quisiera continuar. Contrario a la percepción popular, el doctorado no es la cima de una escalerita de conocimiento y prestigio que uno va escalando hasta que "termina". En realidad, es una prueba básica de competencia para poder iniciar una carrera como investigador. La estudiante debe pasar de acumular conocimiento a generarlo. La manera de lograrlo es familiarizándose profundamente con el estado de la investigación en su área, los problemas que quedan por resolver, las dificultades que otros han encontrado y posibles oportunidades para avanzar. Con ayuda de su asesora (o quizá por su propia iniciativa), debe escoger un problema suficientemente interesante pero alcanzable, aplicar lo que sabe, aprender lo que no sabe y, si todo sale bien, publicar sus resultados. Un efecto secundario es que sí, nuestra alumna hipotética acumulará mucho conocimiento y experiencia que le merecerá respeto y admiración, pero ese no es el objetivo.


El día-a-día de nuestra alumna modelo dependerá de su especialidad. Sus cursos incluirán el tronco común pero esta vez a nivel de posgrado: Mecánica Clásica, Electrodinámica, Mecánica Cuántica, Física Estadística y probablemente algunos cursos matemáticos suplementarios. Dependiendo de su orientación, podría pasar más o menos tiempo en laboratorios, observatorios, o simplemente en su cubículo o biblioteca. De lo que no se va a salvar, haga lo que haga, es de leer y escribir mucho (casi todo en inglés), y de pasar una parte sustancial de su tiempo frente a la computadora. Esto es lo mismo en todas las ciencias "duras" y cada vez más en las "blandas" también. Su trabajo principal no será con aparatos o ecuaciones sino con documentos y, si no usa la programación ella misma, colaborará con gente que sí. Su agenda diaria dependerá de su institución y la relación con su asesora, que pudiera ser distante, tiránica, o genuinamente inspiradora y constructiva. Lo más estresante y angustiante probablemente no serán sus exámenes o incluso su trabajo de tesis, sino los seminarios en los que pasará al frente a explicar su trabajo ante otros estudiantes y profesores ansiosos de presumir cuánto saben.

Así que si uno busca alejarse de leer y escribir, de trabajar en una computadora o de hablar ante un público hostil, elegir la ciencia es probablemente mala idea. En el mejor de los casos, tras algunos años de trabajo, desvelos y presión constante, tendrá un problema solucionado y documentado en forma de artículos publicados y una tesis de doctorado que presentará (y defenderá) ante un panel de profesores. Y tan-tán.

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Hay muchas variantes del trayecto anterior. En algunas instituciones se busca que los alumnos publiquen lo antes posible como parte de su trabajo desde el nivel de licenciatura, aunque sean cosas relativamente básicas. También hay alumnos brillantes que producen material realmente bueno mucho antes de llegar al doctorado. Es raro, pero ocasionalmente también llegan al nivel de posgrado personas que no tienen nada qué andar haciendo ahí, aunque esto lo dejaré para después, cuando retomemos la administración y los incentivos a los que aluden las citas introductorias. Por lo pronto, basta decir que la ruta estándar básica a la ciencia es licenciatura-maestría-doctorado. Algunas rarísimas excepciones, como el recién fallecido físico teórico Freeman Dyson, han logrado aportaciones monumentales sin contar con un doctorado.

Ah, pero para el resto de los mortales están los postdoctorados.

Hace unos cincuenta años hubiera sido suficiente la ruta básica anterior. Con un buen trabajo de doctorado y algunas cartas de recomendación estratégicas, lo demás era cuestión de cuánto se estaba dispuesto a viajar. Hoy en día la parte de viajar es prácticamente obligatoria pero, en parte por buenas y por malas razones, se ha adoptado la figura del postdoc como una especie de limbo entre el fin del doctorado y la contratación en algún centro de investigación. En los casos más benignos el postdoc sirve efectivamente como una extensión del doctorado pero con otro asesor y en otra universidad. Este segundo asesor arma un proyecto de investigación en el que incluye a uno o más postdocs como asociados, usualmente por un periodo de uno o dos años (se le dice postdoc tanto a la estancia como a la persona que la hace). En los casos exitosos el postdoc logra producir suficiente trabajo impresionante para ser contratado en alguna institución académica cuando termine.

Son muy pocos los casos en los que esto sucede. Usualmente se requieren dos, tres, o más estancias de postdoctorado para encontrar una oportunidad de trabajo estable como investigador.  En cada ocasión la joven investigadora tiene que despedirse, empacar, posiblemente aprender otro idioma, y volver a empezar en otro lado sin más continuidad que la de su investigación. Como la vida es complicada y no se detiene, algunas personas forman relaciones y familias mientras están en esta etapa de inestabilidad, o incluso las tenían desde sus días de doctorado. Para muchos es demasiada la incertidumbre y abandonan la ciencia definitivamente, incluso si están por su cuenta. Todavía tendrán muchas opciones, pero se encontrarán con una década de desventaja en cuanto al mundo no-académico se refiere.

Solo algunos pocos llegarán a ser contratados como investigadores (generalmente no pueden darse el lujo de escoger dónde). Un estudio de 2014 encontró que en Reino Unido 30 de cada 100 doctores en ciencias buscan postdoctorados, y solo 4 logra una contratación como investigador. Cada vez son más comunes los contratos temporales con renovaciones constantes en vez de puestos definitivos. La mayoría de las instituciones ha creado un sistema de castas académicas, que abarcan profesores asistentes, asociados, adjuntos, titulares, o con el  famoso tenure en EEUU, una especie de inmunidad académica cada vez más difícil de obtener.  En la práctica todos investigan y enseñan, pero la letra chiquita de sus contratos permite despedir a unos fácilmente y a otros no, o asignarles responsabilidades administrativas distintas.

A diferencia del caso romantizado, o incluso de la perspiración que mencionaba Edison, la mayoría de los investigadores dedican el grueso de su tiempo a la tramitología. Los documentos con los que más trabajan no son artículos científicos, sino informes, reportes, solicitudes, justificaciones, evaluaciones (de sus alumnos y de ellos mismos) y, por supuesto, pilas virtuales de correo electrónico. Si además son coordinadores de su departamento o posgrado estas responsabilidades administrativas se duplican. Entre todo esto deben encontrar tiempo para seguir con su investigación y atender a sus alumnos, tanto de clases grupales como discípulos de posgrado.

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Al modelo de medir la productividad de un científico por medio de sus publicaciones y cuánto éstas son citadas se le conoce como publish or perish (publica o muere). Cuando el mundo era suficientemente pequeño para que los investigadores y alumnos de un área de investigación se conocieran entre todos, la publicación en revistas científicas se usaba exclusivamente para una cosa: comunicar resultados a los colegas. Aunque la revisión anónima de los artículos como control de calidad apareció desde el siglo XVIII, en el mundo científico moderno no se adoptó hasta después de la Segunda Guerra Mundial. El crecimiento en el número de investigadores y artículos, junto con la proliferación de subespecialidades más allá del alcance de cualquier editor, produjeron la necesidad de asegurar la calidad de las publicaciones delegando la edición a otros investigadores, proceso conocido como peer review o revisión por pares. Una tangente más que no voy a explorar aquí es la eficacia de la revisión por pares: basta por ahora decir que es útil pero imperfecta.

Lo que definitivamente sí lograron las medidas de aseguramiento de calidad en la investigación científica fue generar cuantiosas métricas. No es fácil cuantificar el prestigio de un científico, pero sus publicaciones sí. No se puede medir la influencia de un artículo, pero cuántas veces es citado por otros artículos sí. La excelencia pedagógica de un profesor es algo que cualquiera puede reconocer cuando la ve, pero si tienes que ponerle un número entero lo que acabas midiendo es cuántos alumnos ha titulado. La captura de información editorial en formato digital ha hecho de estas mediciones un ejercicio de cómputo trivial. Tan trivial, que hasta puede hacerlo gente que no sabe nada de ciencia, ni le interesa. Es algo tan trivial que no requiere más que una conexión a internet y una hoja de cálculo. Es algo tan trivial que hasta lo puede hacer un administrador.

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Por supuesto que administrar es necesario. Uno tiene que saber cómo va, a dónde y con qué costo. El problema es que el producto de la investigación científica no es un bien tangible. Es, fundamentalmente, conocimiento. Puedes tomar los insumos y resultados del conocimiento, meterlos a una caja y enviarlos por paquetería, pero al conocimiento mismo no. Aunque se puede transmitir, esto no se hace poniéndolo en una botella que alguien pueda tomar y ya. Más bien, esto se logra a través de comportamientos que la gente ejecuta, como enseñar, pensar, leer o experimentar. Las actividades que generan conocimiento pueden dejar rastros físicos en forma de artículos, libros, dispositivos, títulos o destacados premios, pero es un error equipararlos, tal como es un error equiparar las huellas de un animal con el animal.

Y entonces llegamos al fin a las métricas y los incentivos corruptores. La presión por publicar conduce a que se inunden las publicaciones con trabajos frívolos,  mediocres u ociosos, que son aceptados porque los mismos investigadores saben que sus propios resultados frívolos, mediocres u ociosos pudieran ser lo que los salve a ellos cuando llegue su siguiente periodo de evaluación. A pesar de que casi toda la investigación se hace con dinero público, y de que el trabajo de revisión y edición lo hacen gratis los propios científicos, las revistas cobran fortunas por dar alojamiento a estos trabajos y efectivamente esconderlos del público que pagó por ellos. Universidades buenas y no tan buenas pagan subscripciones a estas revistas porque su prestigio—el número de artículos de los suyos que están ahí—depende de ello.

Como es difícil medir la calidad del conocimiento, las administraciones universitarias mejor miden sus huellas: cuántos alumnos entran, cuántos se titulan, cuántos artículos se producen. Cada que sea necesario—si algún político amenaza con un recorte de presupuesto, por ejemplo—cualquiera de esas cantidades se puede aumentar a conveniencia: admites más personas, reduces los estándares para titularlas, las mandas a publicar lo que puedan y ¡pum!, tienes un posgrado de calidad. Los investigadores mismos tienen poca opción mas que cooperar: algo tienen que escribir en sus informes, y más cuando su sueldo o empleo mismo dependen de ello.

La obsesión por elevar las métricas ha creado gente ultra-preparada sin oportunidad de ejercer lo que sabe, porque simplemente no alcanzan los empleos académicos para desquitar su década de estudio técnico ininterrumpido.  El mercado de investigadores estrella está tan saturado que los pocos que encuentran trabajo están felices de hacerlo por malos sueldos y contratos abusivos. También se ha propiciado la producción de alumnos "de relleno", con credenciales auténticas pero de pocas habilidades reales, porque pues a alguien había que admitir al posgrado para poder elevar los números y, una vez adentro, pues ni modo de no titularlos.

Todos los involucrados saben que así funciona el sistema y todos lo quisieran cambiar. Pero el costo de hacerlo es demasiado grande: de por sí tienen poco tiempo para su investigación y sus alumnos como para ponerse a hacer política, palabra sucia entre científicos. Algunos cuantos todavía usan el sistema "como si", tomándole la palabra y haciendo lo mejor por publicar solo resultados importantes y evaluando a sus pares con rigor. Poco a poco han surgido algunas medidas para mitigar los efectos de los incentivos perversos, como la pre-publicación de artículos en versiones "no oficiales" o iniciativas de open science, en las que se le apuesta al libre acceso y transparencia. Algunos incluso han optado por salirse del sistema por completo, como el físico teórico Garret Lisi, quien prefirió establecer compañías privadas para autofinanciar su investigación. En vez de arreglar el sistema se han creado otros sistemas paralelos, que pudieran o no superar algún día al tradicional. A estas alturas es demasiado pronto para saber qué va a prevalecer, e incluso no descartaría una coexistencia incómoda permanente entre los sistemas.

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Hace algunos años el economista Bryan Kaplan escribió The Case Against Education, donde argumenta que el sistema de educación superior es un caso particular de señalización, no de preparación para la vida profesional. Entre otras cosas interesantes, según Kaplan los posgrados no sirven para formar sino para filtrar: seleccionan a las personas que pueden aguantar años de trámites inútiles que se interponen a sus pasiones más preciadas. Ese es el valor del título de posgrado, dice Kaplan, y no el conocimiento que se acumuló o generó. Su argumento es más sofisticado que esto y no alcanzo a explicarlo todo aquí, pero de todos modos estoy en desacuerdo.

Sí, ciertamente los investigadores modernos aguantan mucho en cuanto a tramitocracia, pero también saben un montón de cosas que resuelven problemas del mundo real. Creo que Kaplan comete el mismo error que los administradores, que es confundir los efectos y métricas que deja la producción del conocimiento con el conocimiento en sí y, a un paso más, con los productos del conocimiento. A pesar de todo, en general la ciencia sigue (por ahora) gracias a la inteligencia, curiosidad y obsesión de quienes realmente la practican. No es fácil de arreglar, pero seguramente lo pueden hacer si pueden hacer aceleradores de partículas en su cochera.

2020-05-10

Pandemónium


pandemónium: 1) lugar en el que hay mucho ruido y confusión.
2) capital imaginaria del reino infernal.
pandemia: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a la mayoría de los habitantes de una población.
Lo que ha logrado el COVID-19 es fusionar, trágicamente, los distintos significados y etimologías de estas palabras. Lo que hace una enfermedad así es igualar al demos con el daemonium ; a obligarnos a suponer, hasta que se demuestre lo contrario, que nuestros conciudadanos son portadores del mal. Al tiempo que el mundo frena casi por completo, el ruido y la confusión se propagan y aceleran.

El diluvio de información o desinformación no es lo nuevo; lo nuevo es que, a diferencia de antes, las dosis de realidad que uno se podía administrar saliendo ya no están disponibles. Antes uno vivía el ruido y confusión pero, desde el tráfico o haciendo fila en el súper, o comiendo con la familia o en centros comerciales, se podía poner en contexto y minimizar o enfatizar según mereciera. Ahora, que la vida sigue es algo que no se comprueba sino meramente se supone.

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Yo trabajaba desde casa antes de que fuera necesario. Me daba unas dosis de tráfico y juntas presenciales dos veces a la semana, pero generalmente hacía lo mismo que podía hacer desde el estudio en mi casa, que es programar. Mis tiempos libres también los pasaba aquí, donde ahora escribo y grabo esto, leyendo, estudiando, o de ocioso también. No solo tenía dominado el confinamiento en mi casa: estaba acostumbrado a confinarme en un solo cuarto entre 8 y 10 horas al día.

Las pocas veces que salía de casa, o incluso cuando me encontraba físicamente en la oficina, ya procuraba evitar a la gente. Puedo convivir, o aparentar convivir, por periodos cortos en los que puedo emular a una persona "normal", cosa que me costó muchos años de práctica. He experimentado con pequeños actos de vandalismo de la etiqueta, como no decir nada cuando alguien más estornuda o, si estornudo yo y alguien dice "salud", contestar nada o "sí". Generalmente paso mi tiempo profundamente concentrado o al menos intentando estarlo, y me molesta que se considere buena educación interrumpirme con una superstición medieval y que además se espere de mí que esté agradecido. Al virus no le importan los buenos deseos de la gente.

Ah sí, el virus. Contrario a lo que uno pudiera pensar por lo anterior, o por tanto más que he dicho aquí en AutóMata, yo estoy a favor de la humanidad. Ni creo que "el virus somos nosotros", ni que ésta sea una "venganza de la naturaleza" ni nada así. Rescatando algunas de las lecciones de David Deutsch en el episodio pasado, la humanidad es, objetivamente, un fenómeno raro y especial en el universo. Casi cualquier punto que uno escoja al azar en el cosmos está vacío y muerto; aun donde hay materia, es demasiado fría o demasiado caliente para que pudiera albergar vida. La vida parece ser extremadamente escasa en el universo, al menos por unidad de volumen. Y el conocimiento es generado solamente por una especie en el universo conocido: nosotros. En nuestros laboratorios podemos crear elementos que ningún colapso ni colisión astrofísica puede crear; medimos distorsiones en el espaciotiempo diez mil veces más pequeñas que un protón; usamos las propiedades de partículas subatómicas para enviar y almacenar energía e información; superamos los límites de nuestra naturaleza para resolver problemas que los humanos primitivos—ya no se diga nada de animales y otros bichos—no podrían siquiera imaginar. Ningún virus va a construir, nunca, una catedral gótica o un acelerador de partículas. El coronavirus es uno más de muchos problemas que la humanidad puede resolver y que nada más en el universo puede.

Puedo pensar en algunos humanos en particular que quisiera que quedaran extintos, como cualquiera. No que murieran, necesariamente: islamistas, fascistas, comunistas y anarquistas pudieran desaparecer muriéndose, pero también si tan solo entendieran un poco mejor cómo funciona la realidad. La presencia de humanos tan destructivos es en sí un problema que podemos resolver como lo hemos hecho antes: generando y aplicando conocimiento. Como el virus del VIH-SIDA, los virus mentales que aquejan a tantos individuos quizá no se pueden eliminar por completo, pero sí se podrían controlar y podríamos vivir con ellos indefinidamente.

Así que siempre he estado a favor de la humanidad. Solamente que de lejecitos, por favor.

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Entonces la primer reflexión que valdría la pena hacer es sobre cómo se ha logrado contener, parcialmente, al virus que nos aqueja ahora. Incluso los chinos, tan sumergidos en sus supersticiones tecno-comunistas y de medicina "tradicional", recurrieron a soluciones de la realidad objetiva para contener la pandemia: laboratorios, antirretrovirales, cuarentenas. No medicina tradicional, no acupuntura. Es por la omisión, negación e incompetencia del régimen chino que estamos en esta situación en primer lugar, pero es alentador que incluso en la dictadura más grande del mundo la realidad se imponga.

Hablando de incompetencia china, a la OMS también se le impuso la realidad. Toda credibilidad que hubiera tenido antes la perdió por convertirse, básicamente, en un aparato de propaganda china. Primero dijeron que no había evidencia de transmisión del virus entre humanos. Luego, que sí la había pero China ya tenía todo bajo control. Después, que las mascarillas no eran efectivas contra el virus, aunque curiosamente los médicos y enfermeros sí las necesitaban. Finalmente, que siempre sí, que cubrirse es mejor que no hacerlo. Y por supuesto, el colmo de la situación lo aportó el Dr. Bruce Aylward, asesor de la OMS, en una entrevista con la cadena RTHK de Hong Kong. Con poquísimos casos y muertos, Taiwan es una provincia casi completamente autónoma y democrática separada de China, que la considera como su propiedad y no reconoce a su gobierno independiente. Cuestionado sobre la excelente respuesta de Taiwan a la pandemia, Aylward simplemente se hizo el loco:
Eso es lo que pasa cuando los compromisos ideológicos y políticos chocan con la realidad.

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Vivo al fondo de una pequeña calle cerrada que es a su vez tributaria de una avenida a las afueras de la ciudad, prácticamente carretera. Afortunadamente, a cinco minutos caminando y todavía dentro de mi calle, hay un minisúper relativamente bien abastecido. Salgo de mi casa solo para comprar ahí y pasear al perro, excepto cada tres o cuatro días que voy al cajero más cercano manejando tres minutos (porque no tienen pago con tarjeta en ese changarro, que gracias a los vecinos ha podido funcionar como siempre). También he retomado el ejercicio, procurando salir a correr temprano dos o tres veces por semana, simplemente de ida y vuelta por los trescientos metros de mi calle recta.

Es interesante observar el comportamiento de mis vecinos cuando salgo. La mayoría parecen seguir como si nada, aparte de que algunos están en casa cuando usualmente no estaban. Un porcentaje importante sigue saliendo a trabajar, pero no sé bien si sean la mayoría. El minisúper tiene un letrero a la entrada pidiendo que entre solo una persona por familia o grupo y que usen mascarilla, lo que la mayoría de los clientes sí cumple. Por otro lado, frecuentemente hay fiestas y reuniones, infantiles y de adultos; no se nota ninguna diferencia con los tiempos antes de la pandemia. Todos los niños que veía salir por las tardes lo siguen haciendo igual. Los primeros días usaban cubrebocas, pero hace semanas que ya no.

Cuando salgo caminando procuro mantenerme alejado de otros que estén afuera, cruzándome la calle si es necesario. Cuando camino voy con cubrebocas; cuando corro no, pero solo corro temprano cuando no hay gente. Pero en general no le he visto ese comportamiento a otros vecinos, que parecen pasearse por la calle, saludarse y abrazarse como si todos los días fueran domingo por la tarde,  solo que en pants o shorts (y sin cubrebocas). Por supuesto que esto es un efecto de auto-selección: la gente mordiéndose las uñas de la angustia está encerrada donde no la veo.

En casa mis días pasan como antes, con trabajo entre semana e incluso más juntas que antes. Se supone que una de las lecciones de la pandemia era que al fin se entendería que tanta junta no era necesaria, pero cuando uno está en una industria que (afortunadamente) puede seguir operando de manera físicamente distribuida, ocurre lo contrario. Hace poco notó el autor y profesor de ciencias computacionales, Carl Newport, que el trabajo remoto disminuye la cantidad de señales indirectas a los demás de que estamos ocupados. Cuando alguien no está en su lugar, o tiene aspecto agobiado, o pasa de manera apurada de un lado a otro en la oficina, es más difícil que nos animemos a interrumpirlo. Pero por medios digitales esas señales de fricción desaparecen por completo y se nos hace fácil enviar un mensaje, invitación o correo que—ignoramos—es inoportuno. Todo mundo pone su estatus en "ocupado" cuando no lo está de todos modos, pensamos, así que ahí va la invitación a la junta o el correo preguntando cuándo va a estar listo aquello.

Pero uno mismo sabotea su tiempo también. Ahora que no tengo que ganarle al tráfico ni terminar antes de que llegue mi familia a la casa a hacer ruido y exigir atención, se me hace fácil estirar o recorrer el tiempo dedicado al trabajo. No hay una señal clara de inicio o corte de actividades: todo es urgente y todo lo puedes hacer a la hora que sea porque todas las horas son iguales. Puedo estar en una junta y comer al mismo tiempo; puedo ejecutar un programa que tarda veinte minutos y jugar en el celular mientras termina. El otro día me llamaron para una reunión al momento que iba camino a la tienda con mi perro, y de regreso me encontré además con un repartidor de paquetería esperándome afuera de mi casa. Recibí, firmé, me metí y acomodé las cosas en el refri, todo mientras seguía en la junta. Todo está revuelto.

*   *   *

En 2018 México se subió a la ola populista y autoritaria que ha afectado a tantos otros países, notablemente en Europa y Estados Unidos. Al igual que en aquellos países, la realidad está desnudando a los populistas: la incompetencia cuesta, sea la de Trump, Johnson, o Bolsonaro. Por ahora el descenso en la aprobación de AMLO es todavía modesto, pero la tendencia es claramente a la baja desde al menos el inicio del año. Casi todos los días nos regala unas dos horas de evidencia de lo orgulloso que está de su limitado intelecto y, trágicamente para quienes vivimos bajo su liderazgo (es un decir), de su desapego de la realidad.

Ya dediqué un episodio detallado a AMLO y su gestión, por lo que no quisiera abundar demasiado en eso aquí. Pero sí quiero rescatar otra lección importante de estos días de pandemia motivado por algo que él dijo hace unos días: "La pandemia solo ha puesto en evidencia el fracaso del modelo neoliberal en el mundo." Ya no queda claro a qué le llama él neoliberal—de hecho, ya no me queda claro de qué habla nadie que use ese término—. Sí puedo, sin embargo, tomarle la palabra a AMLO, rescatar algunas definiciones que he usado antes aquí en AutóMata, y concluir que, para variar, no tiene la más remota idea de nada de lo que dice. (Un par de días después lo volvió a decir, pero ahora agregó que la economía del mundo iba mal desde antes del coronavirus, debido al modelo neoliberal. No especifica de qué mundo está hablando.)

El virus se originó y se propagó, como mencioné antes, desde China, dictadura completa con todo y censura total y campos de concentración para quienes la desafían. Después pegó durísimamente en Irán (una teocracia medieval militarizada) y los países europeos con gobiernos populistas. Italia, España y Reino Unido negaron la epidemia, luego la administraron pésimamente, y ahora se dedican a contar muertos. En Rusia, supuesto paraíso anti-neoliberal, los doctores saltan de las ventanas. Con dos meses de tiempo para prepararse, la administración de Trump, Tarado Antisistema en Jefe,  observó estos eventos y decidió hacer, precisamente, nada. Ahora llevan 80 mil muertos y contando, y eso que la pandemia todavía no llega del todo a los estados rurales. En México la respuesta ha sido, hasta ahora, igual o peor a la de estos otros países.



Obviamente países con gobiernos no populistas se han visto afectados también (notablemente Francia) pero sus respuestas han sido, en algunos casos, inmejorables. Nueva Zelanda ha logrado bajar el número de casos nuevos a cero, tras un total de menos de 1500 casos y 21 muertos. Corea del Sur, Australia y Alemania ya están levantando sus confinamientos. Como quieran llamarle a los gobiernos de estos países, no son populistas. No sé qué cree AMLO que está haciendo, pero no es lo mismo que hicieron estos países, ni Taiwan o Singapur.

El deseo de volver a un mundo "desglobalizado", una especie de "cadena de fortalezas", como la llama Yuval Noah Harari, es simplemente infantil. Ya intentamos eso y sabemos que no funciona: era el mundo pre-moderno, donde casi todos eran pobres. Caray, lo podemos ver hoy en Corea del Norte, Venezuela y Cuba. El aislamiento solo beneficia a los tiranos. Y si de pandemias se trata, ¿cómo creen que se propagó la peste bubónica, cuando todo era feudalismo rodeado de muros? ¿Cómo lo hizo la influenza española en 1918? Aislarse no es deseable ni factible. No todos los países, medievales ni modernos, tienen los mismos recursos. No todos tienen petróleo, uranio, una salida al mar, turismo o siquiera agua potable. Los países pobres se benefician, por mucho, de comerciar con los ricos; así es como la pobreza extrema se ha reducido de 94% en 1820 a menos de 5% hoy.  La obsesión por la soberanía, autosuficiencia y autodeterminación, invocadas casi siempre para defender dictaduras, simplemente no funciona.


La muerte del neoliberalismo, la globalización y el capitalismo en general, ha sido pronosticada ya incontables veces desde tiempos del mismo Marx hace 150 años. Profetas socialistas la proclamaron apenas en 2008, cuando insistían que, ahora sí, ahí viene el colapso. No ha sucedido. Además sabemos lo que pasa, con lujo de detalle estadístico,  cuando se provoca el colapso a propósito. Ya lo hemos comentado mucho en AutóMata pero vale la pena repetir:  el modelo que funciona es una república democrática fuerte que administra un capitalismo, también fuerte, al que cobra impuestos para pagar un estado de bienestar. Los países que rechazan ese modelo, se llame como se llame, son los países de los que la gente literalmente se sale nadando. Y cuando lo hacen, nadan hacia los países que sí implementan el modelo. En todo caso el problema no es el modelo, sino que no le ha llegado a suficiente gente y, por su naturaleza que da primacía a la libertad y la democracia, no se puede imponer.

*   *   *

Hablando de capitalismo, aislamiento y choques con la realidad, me ha llamado enormemente la atención la confusión moral que tiene tanta gente cuando trata de hablar de la intersección de estos temas. En particular hay una tendencia, importada de los resentidos posmodernos franceses de los 60s, de llamarle "privilegio" al resultado del mérito, casualidad, o incluso a lo que es simplemente un derecho. Dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: que es una tragedia que millones de personas no puedan quedarse en casa por la naturaleza de su trabajo, y que esto no sea culpa ni responsabilidad de las que sí pueden.

Hay una especie de puritanismo económico que parece decir que, si no se puede ayudar a todos, entonces no se debe ayudar a nadie. El puritanismo social, que hace de la privación física una virtud, tiene su equivalente en el económico, que hace lo propio con la pobreza. Esto lleva a conclusiones trivialmente inmorales. Viridiana Ríos, doctorada en politología por Harvard y supuestamente inteligente, proporcionó un ejemplo casi al mismo tiempo que yo empezaba a escribir este artículo:
("Eso ya se acabó" es algo que tendría que ser demostrado, por cierto.) La lógica parece ser algo así como que "ya que algunos están jodidos, ahora a los que no lo están hay que joderlos también." En todo caso, ¿por qué no proponer ayudar a los jodidos y ya? Si saben sacar cuentas, sabrán que "rescatar" a algunos es mejor que rescatar a nadie, ¿no? ¿Y quiénes creen que trabajan en las empresas grandes? Cuando llamo al servicio técnico de Telmex, no es Carlos Slim el que me atiende, que yo sepa. Un país con 50 millones de pobres es terrible; uno con 100 millones es peor. Si un barco con 100 personas se hunde y solo tengo lanchas para cincuenta, ¿mejor no salvo a nadie, porque sería injusto? Si un barco con 100 personas se hunde y cincuenta saben nadar, ¿deberíamos amarrarles los brazos para que no puedan? Si su idea de "hacer justicia" aumenta el total de gente jodida, es momento de reconsiderar lo que creen que significa esa palabra.

Otro ejemplo, también reciente, lo dio el economista del ITESO, Nacho Román, en el podcast Cuentas Claras. Es sorprendente como una mente ágil, que sabe de números y estadísticas, pierde la cabeza por completo cuando su ideología choca con la simple aritmética de que ayudar a unos es mejor que ayudar a nadie.
Su contraparte, el también economista del ITESO, Sergio Negrete, lo lleva de la mano con suma gentileza y empatía pero, aun así, semana tras semana, Román colapsa en un torbellino de histeria soviética. Si el barco se va a hundir, es imperativo asegurarse de que se ahoguen todos.

El coronavirus ha acentuado la característica principal de los marxistas-leninistas y, ahora, bolivarianos y morenistas: son resentidos sin mérito que no saben contar, ya sean muertos, pobres, desempleados, barriles de petróleo o lo que sea. La igualdad—cosa que para variar nunca definen explícitamente—es propuesta automáticamente como la meta suprema a pesar de que, en el mundo real, ni somos todos iguales ni quisiéramos serlo. Algunos son más atractivos, más inteligentes o más atléticos; hay quienes no pueden bajar de peso y quienes no pueden subir, y otros que suben y bajan según convenga; nadie escoge a sus padres, ni cuáles genes de cada uno le van a tocar; nadie escoge su temperamento, ni las enfermedades congénitas que va a tener o no.  Nadie escoge ninguna de estas cosas y vaya que son importantes. Por otro lado, las personas pueden superar sus limitaciones naturales a través de las decisiones que toman en sus vidas, algo de suerte, y sí, apoyo deliberado de otros. También pueden perder o desperdiciar sus atributos de muchas maneras. Todas éstas cosas se combinan para formar el mérito que va acumulando la gente para sí, que en cada una es distinto.

Y entonces, si entendiéramos "justicia" como "cada quién obtiene lo que se merece", entonces en un mundo perfectamente justo habría desigualdad, porque las personas no tienen los mismos méritos. Mientras las personas sean distintas, la igualdad y la justicia serán fundamentalmente incompatibles. Al mismo tiempo, diseñar una sociedad en la que los menos afortunados no la pasen tan mal no implica, ni remotamente, castigar a los que la pasen bien. La meta, perfectamente alcanzable, es que todos la pasen bien en la medida posible. Sabemos que es alcanzable porque ya se logró en los países que implementan el modelo que mencioné antes.

Creo que el origen de esta confusión y su fracaso moral es que en el pensamiento populista la economía es un juego de suma cero, donde unos ganan a expensas de otros y el dinero proviene de la acumulación de recursos naturales finitos. Pero la realidad no es así. Puedo comprar una casa, y luego construir otra y rentarla, sin quitarle un solo ladrillo a la casa de nadie más. No hay una cantidad fija de riqueza, esperando ser repartida entre todos. Simplemente se crea y se destruye a conveniencia según los recursos disponibles, incluyendo el recurso del conocimiento, que es inagotable y se puede repartir entre todos sin que se degrade ni se devalúe. Sin el recurso del conocimiento, el petróleo, el litio o el uranio son inservibles; pero con suficiente conocimiento se puede superar la escasés de cualquier recurso natural. Si esto no es claro, comparen los recursos naturales disponibles, y los resultados que producen, en países como Venezuela y Singapur, o incluso México y Corea del Sur.

En fin, reprocharle a quienes sí pueden quedarse en casa o trabajan en una empresa formal, sea grande o no, no ayuda en nada a los demás. Si los morenistas consideraran también el hecho de que son los primeros quienes principalmente pagan impuestos, y si agregaran algo de esa justicia económica que tanto dicen valorar, verían que no es una estrategia que les conviene. Si aun así insistieran en dejar a la deriva a las empresas "grandes", pudieran entonces empezar con la mayor de todas y que rescatamos millonariamente todos los días con nuestros impuestos (quienes sí los pagamos) y que es, por supuesto, PEMEX.

*   *   *

Afortunadamente, aparte del trabajo, mi desconexión física de la gente se ve reflejada en mi comunicación electrónica. No estoy en grupos de chat y generalmente pasan días o semanas sin que alguien me llame o escriba por asuntos personales. Así que no tengo que lidiar con la desinformación, conspiración y simple estupidez de la gente más allá de la que yo busque observar, desde lejos, por mi cuenta. Por lo que veo, las cosas van mal.

Ya está muy agotado, aunque sigue siendo importante, el tema de las noticias falsas y conspiraciones. Lo que me interesa más a mí es que hay una abrumadora cantidad de información cierta que, si uno trata de digerir, también lleva a la confusión y desesperanza, especialmente en lo nacional. Realmente no nos habíamos enfrentado a algo así antes, o al menos no en tiempos modernos. Tantas cosas están pasando tan rápidamente que la confusión es inevitable. En tiempos de la pre-pandemia, uno podía dejar de ver las noticias por una semana y ponerse al corriente en una hora, si sabía dónde buscar. Ahora las noticias importantes son diarias y por lo general más de una, a nivel nacional e internacional.

El coronavirus me preocupa, pero no tanto como la situación política de México, que se degrada cada vez más. Otros países ya están empezando a reactivarse, algún día habrá un medicamento o vacuna efectivo para esto, y la humanidad seguirá adelante. No será una vuelta a la normalidad de antes, pero será otra normalidad. Sin embargo, en México estamos atorados con un régimen de ineptos autoritarios y sus idiotas útiles al menos hasta 2024, y ya íbamos en recesión desde antes de la epidemia. La recuperación económica que experimentará el resto del mundo, me temo, no la veremos aquí.

Fuente: México ¿cómo vamos? ESTIMACIÓN OPORTUNA DEL PIB

Paradójicamente, entonces, mi aislamiento informativo en cuanto a personas se refiere no me ha salvado de perder gran parte de mi tiempo libre siguiendo las distintas noticias, tramas y sub-tramas (o "narrativas", como les dicen ahora). Los muertos e infectados por el virus, el petróleo, la economía, los populismos, las democracias, el desastre que es nuestra política nacional; cada una por sí sola tiene eventos e implicaciones que lo mantendrían a uno fascinado o perplejo. Todas revueltas, lo dejan a uno paralizado. Y sí, algo tuvo que ver eso con el atraso de este episodio (y con su cambio de tema, yo que hace un mes pensaba hablar de la estructura fundamental de la realidad).

Esto fue lo que me motivó, desde hace como una semana, a hacer ejercicio, retomar la lectura, bajarle a las noticias, rechazar una que otra junta y, por supuesto, rededicarme a AutóMata. He procurado apegarme a un horario de oficina, así como a usar el tiempo recuperado del tráfico para actividades realmente provechosas. Por ejemplo, he aprendido lo básico de algunos paquetes multimedia, como OBS Studio y Shotcut, y también logré grabar el sonido de mi piano eléctrico directamente en la compu. Es muy pronto todavía, por lo que no puedo negar ni confirmar que esto tenga alguna aplicación para AutóMata en este momento. También me he inscrito a un curso gratuito de economía en la Marginal Revolution University, del genial economista y polímata Tyler Cowen, y retomé un curso de certificación como Administrador de Sistemas Linux, que me será muy útil si México completa su venezuelización y debo emigrar. Solo espero que no sea nadando.

2020-02-22

Elitismo del bueno


Lo único peor que un político profesional es un político no profesional. Le escuché esta frase al autor e historiador Héctor Aguilar Camín hace mucho, pero creo que él estaba citando a alguien más. En el momento populista que vive el mundo, y en particular México, creo que es oportuno hacer una pequeña desambiguación del término "élite". He escuchado gente de distintas persuasiones políticas usar el término tanto para criticarlo como para defenderlo y me parece que suelen equivocar el significado a conveniencia.

Por un lado está referirse al alto desempeño como una señal de élite: lo mejor de lo mejor, como pudiera decirse de fuerzas armadas de élite, o un maratonista de élite y así. Cuando uno busca a un doctor para un asunto crítico, uno se vuelve sumamente elitista en este sentido. Queremos pilotos de élite volando nuestros aviones y maestros de élite enseñando en nuestras escuelas. El elitismo en este sentido es algo deseable y a lo que uno debería aspirar siempre.

Por otro lado, los discursos políticos—predominantemente los provenientes de populistas y sus idiotas útiles—denuncian incansablemente a "las élites". Pero lo que el electorado objetivo de estos discursos entiende no es "lo mejor de lo mejor", sino que ve en el término "élite" un sinónimo para "aristocracia". Se refiere a un grupo pequeño de personas acomodadas y/o privilegiadas, sean cuales sean sus méritos. Este sentido de la palabra también se usa en otros contextos económicos y sociales, como cuando se habla de "la élite financiera", "la élite partidista" o "la élite clerical".

Para complicar las cosas, algunas veces una élite lo es en ambos sentidos, como pudiera pasar con miembros de la élite intelectual o la deportiva. Un deportista profesional de élite tiene tanto méritos como estatus: un ejemplo fácil es Michael Jordan, quien gracias a ser el más grande basquetbolista de la historia también es considerado básicamente realeza.

La trampa de la que hay que cuidarse en el contexto político es que los populistas, a propósito o no, se oponen por igual a las élites aristocráticas que a las competentes. Le llaman igual al alto estatus que al alto desempeño—sobra decir que son incapaces de considerar que a veces una cosa pudiera deberse a la otra—y arrasan con todo. Por supuesto que no queremos una aristocracia o, al menos, quisiéramos que hubiera un alto índice de movilidad desde y hacia ella. Pero es obvio que lo que sí queremos son políticos competentes, tanto como quisiéramos doctores o maestros competentes. Tenemos muchos ejemplos inspiradores y trágicos, históricos y contemporáneos, de la diferencia entre dejar la política en manos competentes o incompetentes.

2020-01-05

Esto no es propaganda


Y si no hay hechos que apunten al futuro que estás construyendo, ¿cuál es el atractivo de los hechos para ti? ¿Para qué quieres datos, si estos te dicen que tus hijos la tendrán más difícil que tú? ¿Y si dicen que ninguna versión del futuro es prometedora? ¿Y por qué deberías entonces confiar en los proveedores de estos hechos, los medios y académicos, centros de estudio, estadistas?

Así, el político que alardea de rechazar los hechos, que valida el placer de proferir sinsentidos, que se entrega a la completa, anárquica liberación de tener que ser coherente y lidiar con la sobria realidad, se vuelve atractivo.

El 17 de julio de 2014, el vuelo MH17 de Malaysia Airlines fue derribado al este de Ucrania por separatistas rusos, usando un sistema de misiles antiaéreo clase Buk introducido desde Rusia ese mismo día a través de la frontera y regresado después del ataque. Murieron 283 pasajeros y 15 tripulantes, la mayoría de Holanda, Australia y Malasia. Cuando los separatistas llegaron a la escena, tras creer que habían derribado un avión militar ucraniano y darse cuenta de su error, saquearon las pertenencias de los pasajeros y alteraron la escena, removiendo los fragmentos de misil que pudieron encontrar, incluyendo las esquirlas en los cuerpos de los pilotos. Esos son los hechos de lo que pasó.


A menos, esto es, que uno estuviera siguiendo la historia a través de un medio ruso, como RT, Sputnik o LifeNews, o el propio Ministerio de Defensa Ruso. En ese caso, los hechos anteriores fueron reportados solo como la versión "occidental" del suceso, contrapuesta con otras versiones: 1) MH17 fue derribado por un caza Su-25 ucraniano; 2) sí fue derrbiado por un Buk, pero ucraniano; 3) sí fue derribado por un Buk ruso, pero porque el control aéreo ucraniano lo desvió a propósito para provocar la confusión; 4) fue derribado por los ucranianos porque pensaron que era un avión ruso y en él viajaba ni más ni menos que Vladimir Putin; 5) MH17 era en realidad el otro avión de Malaysia Airlines, MH370, que desapareció meses antes sobre el Océano Índico, precargado con cadáveres cuando despegó desde Ámsterdam; 6) MH17 fue detonado por una bomba a bordo en un atentado terrorista; 7) lo voló la CIA, nomás porque sí; 8) fue un atentado para acabar con la carrera de dos importantes investigadores de VIH-SIDA que iban a bordo; 9) fueron los de siempre: Illuminati, Mossad, o incluso el Fondo Monetario Internacional (!?).

La desinformación no es nueva, pero lo que sí es nuevo en nuestros tiempos es el uso de la democratización de la información como un arma contra la democracia misma. Aprovechando libertad de expresión que no permiten en sus propios países, los tiranos de hoy inundan el ambiente público de "contenido" con mucha producción, gráficos, presentadores caristmáticos y bien hablados, y todo tipo de "expertos" que ofrecen, simplemente, mentiras. Saben que decir una idiotez o una mentira siempre es más rápido y más fácil que refutarla. Yo mismo conozco gente supuestamente inteligente que se las arregla para creer que George Orwell era un agente de la CIA y que los niños sirios se bombarderon a sí mismos con armas químicas para hacer quedar mal al pobrecito de Assad. En palabras de Mark Twain, siempre es más fácil engañar a la gente que hacerle ver que ha sido engañada.

Peter Pomerantsev, hijo de exiliados del régimen soviético y ahora profesor en la London School of Economics escribe en This is Not Propaganda :
[...] aunque a uno no le guste lo que escriben los trolls, las mentiras no son en sí ilegales. En el libre mercado de las ideas, la mejor información—el credo periodístico con el que fui criado—es el antídoto a la mentira. ¿Después de todo, no es exactamente la libertad de expresión por lo que los disidentes democráticos, como mis padres, habían luchado?
Antes, lo que se conoce como guerra de información tenía el propósito de convencer al público de alguna versión de los hechos: que la guerra sí se está ganando, que el enemigo sí es tal o cual régimen, que nosotros sí somos los buenos. Pero en This is Not Propaganda, Pomerantsev explica que hoy el propósito de la desinformación no es convencer, sino confundir. En el caso ruso, y particularmente desde la invasión de Ucrania, además se aprovecha para inyectar mensajes favorables al régimen:
Un motif del relato del Kremlin era este: que el deseo de libertad no lleva a la paz y prosperidad, sino a la guerra y la devastación (un mensaje dirigido antes que nada a su propia población, para que no les entusiasme mucho la idea). Para hacer este cuento realidad, había que asegurarse que Ucrania nunca pudiera lograr la paz. El país debía sangrar.
Las conspiraciones ridículas no están ahí para convencer a nadie, aunque siempre hay algunos idiotas útiles que creen lo que sea. Más bien, están ahí para sofocar la verdad. Alguna vez escuché en un debate—sobre física teórica, curiosamente—que en una democracia la verdad siempre va en desventaja, porque todo mundo tiene su propia versión de los hechos, pero verdad solo hay una, así que por pura probabilidad deberíamos esperar estar desinformados en alguna medida. Esto es desalentador, pero es mejor que el caso en un régimen autoritario, donde la verdad es algo que se considera inexistente a priori.

Ya hemos visto aquí en AutóMata que las grandes corrientes ideológicas del siglo XX están muertas o en crisis. Ahora, sin una visión clara para el futuro, más y más sociedades y gobiernos adoptan una postura de lo que yo llamaría nihilismo epistémico:
En los regímenes de hoy, que batallan para formar una ideología coherente, la idea de que uno vive en un mundo de conspiraciones se convierte en una visión del mundo en sí. La teoría de conspiración reemplaza a la ideología con una mezcla de auto-lástima, paranoia, vanidad y entretenimiento.
Los regímenes como el de Putin promueven tanto las conspiraciones porque buscan dejar a los ciudadanos exhaustos e impotentes, resignados a que no tiene caso creer ni pelear por nada.

*   *   *

El caso ruso es el más distópico, pero es solo uno entre muchos (la distopía rusa moderna la describió ampliamente el mismo Pomerantsev en su sublime Nothing is True and Everything is Possible). Propaganda... inicia con un reportaje sobre los fabricantes de noticias en Filipinas, donde las noticias falsas y la manipulación a través de redes sociales llevaron al nefasto Rafael Duterte a la presidencia. También estudia el caso de México durante la administración de Peña Nieto, relatando cómo infiltradores cibernéticos del gobierno sabotearon la organización de manifestaciones contra el gasolinzaso y espiaron a periodistas con el software Pegasus. La desinformación también fue central, como sabemos, para la elección de Trump, en sí una máquina perpetua de verdades alternativas o, mejor dicho, mentiras.

Pudiera decirse que la desinformación es ya un hecho consolidado, tanto en regímentes autoritarios como en sociedades libres. Basta ver cualquier discusión en línea y sobre el tema que sea para ver que todos tienen sus propias fuentes, sus propios expertos y sus propios hechos. En las sociedades libres, no hace falta una campaña gubernamental de desinformación, porque los ciudadanos se encargan de desinformarse solos. El Internet hace a la gente inteligente más inteligente y a la tonta más tonta. Las redes sociales bajan el nivel de todas las conversaciones hasta el del participante más deshonesto, tonto o desinformado y, en conversaciones con millones de participantes, eso es una pésima noticia.

El populismo es una estrategia informativa: gana uniendo a muchos grupos pequeños que de otra manera no tendrían por qué estar del mismo lado. Para lograr esto, recurre a explotar una identidad tan ambigua que pudiera significar lo que sea, de modo que cualquier elector potencial pudiera identificarse con ella, como pudiera ser "el pueblo" o "los muchos". Al mismo tiempo, la campaña populista lanza mensajes extremadamente específicos a cada grupo que, por el abrumador volumen de información, los otros grupos no ven. No es importante si el mensaje tiene algo de cierto o no. Presentando a Hillary Clinton como el perverso establishment (que tiene algo de verdad), la campaña Trump-Putin logró unir a la clase trabajadora blanca con los republicanos evangélicos, al tiempo que convenció a socialistas y afroamericanos a quedarse en casa el día de la elección. En México, la campaña de AMLO utilizó esta estrategia para lograr el apoyo de grupos supuestamente enemigos, como evangélicos, feministas y socialistas bolivarianos.
Los hechos se vuelven secundarios bajo esta lógica. Uno no está, después de todo, tratando de ganar un debate público sobre conceptos políticos en torno a la evidencia. El objetivo es aislar al público tras un muro verbal. Es lo opuesto al centrismo... aquí, los grupos de electores no necesitan unirse en torno a nada.

[...]

Ya perdida la posibilidad de equilibrio, imparcialidad y exactitud en la información, todo lo que queda es ser más "genuino" que el otro lado: más emocional, más subjetivo, más heroico.
*   *   *

Pomerantsev aprovecha su historia familiar para resaltar la ironía de nuestros tiempos. Varios miembros de su familia fueron encarcelados o exiliados por los soviéticos por poseer o compartir libros prohibidos, o por tratar de sintonizar estaciones de radio occidentales. En el autoritarismo aplastante que todavía existe en China la gente es desaparecida por sus comentarios en redes sociales. Mientras tanto, las sociedades libres y modernas están paralizadas por la inundación de desinformación, proveniente de fuera y dentro. Para colmo, la libertad de expresión en estas sociedades se usa cada vez más para hacer apologías del autoritarismo, sea pasado, actual o futuro.

*   *   *

Poco después de que fuera derribado MH17, varios reporteros y presentadores de la cadena rusa RT renunciaron, como Sarah Firth en Londres y Liz Wahl en E.U. Firth anunció su renuncia en redes sociales, mientras que Wahl aprovechó su propio noticiero para hacer su renuncia en vivo:


Aunque la lista de ex-reporteros de cadenas de propaganda rusa es larguísima, no todos han denunciado lo mismo. Algunos realmente creen lo que dicen, cosa que RT aprovecha siempre que puede para tratar de maquillar su imagen y presentarse como un medio supuestamente libre y serio. El modelo ya es ampliamente copiado por otras cadenas "noticiosas", como Fox News en E.U. y Telesur en Latinoamérica.

Uno ya no sabe qué si es atribuible a Voltaire y qué no, pero tenía razón quienquiera que haya dicho que para cometer atrocidades primero se tienen que creer absurdos. La propaganda moderna ha creado una variante de esta formulación: no pretende necesariamente que la gente actúe, digamos para acusar a sus vecinos con la Gestapo a la Stasi. Basta con lograr que se queden pasivos, resignados a que no tiene caso actuar, porque todas las manifestaciones son financiadas por intereses oscuros, todos los árbitros están comprados, todas las revoluciones son orquestadas por manipuladores extranjeros, todos los concursos de belleza están arreglados, todos los articulistas están en la nómina de algún supervillano y todas las noticias son solo propaganda. Entonces sí, cuando los ciudadanos renuncien a su propia libertad, el camino estará abierto para quienes sí van a hacer algo atroz.

No está claro qué se puede hacer. La observación de Mark Twain que cité antes parece cumplirse con más rigor que las leyes de la termodinámica. Personas inteligentes voluntariamente se hacen lobotomías con el scroll infinito de desinformación que llevan en el bolsillo. Sí estoy seguro que Bertrand Russell dijo con razón que la mayoría de la gente preferiría morirse antes que tener que pensar demasiado, y la mayoría así lo hace. Pequeños actos de heroísmo como renunciar al aire son mejor que nada, pero no veo por ahora algo cercano al punto crítico que se logró al final de la Guerra Fría, cuando millones de personas en el bloque soviético, hartas de las mentiras, salieron a la calle a marchar por los hechos bajo el liderazgo de poetas, dramaturgos e historiadores.
Checoslovaquia, 1989.
Yo crecí en un momento único en la historia: soy suficientemente antiguo para recordar un mundo completamente analógico y suficientemente joven para vivir los primeros momentos de la era digital, ahora ya consolidada. No pienso que el pasado necesariamente haya sido mejor; de hecho, estoy convencido de lo contrario. No quisiera vivir en otro tiempo anterior a este. Espero que esto resulte ser un breve periodo de transición hacia más prosperidad y libertad, pero no se ve claro por ahora. Pomerantsev no parece ser optimista tampoco. Su consuelo son la literatura y la historia:
Cuando comencé a trabajar en los pasajes acerca de mis padres que incluyo en este libro, empecé por notar cuánto ha cambiado entre los siglos [XX y XXI], cómo las palabras calcificadas "libertad", "democracia", "Europa", incluso géneros completos de arte han tenido sus significados robados o hackeados. Entonces, me encontré despertando a las experiencias que dieron a esas palabras su poder, lo que que abre la posibilidad de su regeneración en el futuro.
La historia no solo sirve para entender cómo fue el pasado y cómo es que llegamos a donde estamos hoy. Sirve, ante todo, para recordarnos cuál era el futuro por el que, se supone, tanto estuvimos luchando.






2019-12-30

120 millones de vecinos



Desde hace casi tres años participo en la mesa directiva de mi asociación de colonos. Bueno, es un decir, porque en casi tres años que la desarrolladora inmobiliaria nos cedió el control no hemos logrado que suficientes colonos paguen de manera constante para mantener vigilancia, alumbrado y mantenimiento, ni mucho menos para crear una asociación civil legal como se debe. Así que, por ahora, el “gobierno” de mi colonia es informal, patito, como casi todo en México.

Esta experiencia me ha servido para valorar más mi tiempo, del que cada vez soy más celoso y reniego más explícitamente en las juntas. Pero más, me ha dado una pequeña dosis de evidencia de que la gente que gobierna es, meramente, gente. Nuestros problemas son un microcosmos de los problemas de un gobierno nacional: la recaudación, la seguridad, la convivencia, la democracia o su ausencia.

De ciento treinta casas que abarca el fraccionamiento, contribuyen regularmente a las cuotas de mantenimiento unas treinta. No alcanza para pagar vigilancia, por lo que nos hemos visto limitados a solamente a mantener el alumbrado de la colonia y algunas reparaciones menores. Convocar a los vecinos a una asamblea urgente reúne a unas 15 personas a lo mucho, y la mitad somos los de la propia mesa directiva que los convocó. A pesar de las evidentes carencias de nuestra colonia, y de lo alcanzables que son las soluciones, no podemos vencer a la apatía y la morosidad. Hay quienes se escapan de pagar con el pretexto de que ellos solo están rentando y le toca pagar al dueño (lo cual es falso, porque le toca pagar al residente, sea dueño o no), o dicen que no quieren pagar hasta que paguen todos los demás, porque no quieren mantener a los morosos (los morosos son ellos). No hay manera de obligarlos a pagar si no tenemos la asociación civil en forma, para lo cual no hay dinero. Eso sí, no dejan de reclamar por la inseguridad, la jardinería, la recolección de la basura o el ruido de sus vecinos; comentan también, por cierto, que venden tamales y pizzas a domicilio, y que señalar que abusan del chat del fraccionamiento es intolerancia.

Dentro de nuestro pequeño “gobierno” tenemos también de todo: un presidente con mucha iniciativa pero ideas francamente ingenuas, una tesorera sumamente responsable pero que ya está harta y quiere dejar su puesto, varios vocales con participación caótica y yo, que formalmente soy secretario y segundo al mando, encargado de documentos e informes. Ya se imaginarán a un misántropo como yo escuchando el eterno debate izquierda-derecha pero al nivel de qué hacer sobre la jardinería y la caca de perro. En las juntas todos hablan menos yo, que miro al vacío pensando en que los robots ya se están tardando en aniquilarnos, excepto a la hora de votar, en cual caso yo hablo al último y, generalmente, con un breve resumen de por qué todos los demás están mal y mi voto es en contra de todas las propuestas que ellos expusieron. Generalmente cada junta solo sirve para ponernos de acuerdo en la fecha de la siguiente junta, donde lamentaremos nuestra situación con los mismos argumentos y propuestas y no llegaremos a nada más que acordar hacer otra junta.

Un país completo no es más que una grandísima asociación de vecinos. Hay buenos y malos vecinos, hay unos que solo quieren pagar su cuota y que los dejen en paz, hay otros que quieren autoridad para plantar sus girasoles a la entrada, estacionarse donde quieran o vender sus tamales, hay algunos extremadamente honrados y otros tramposos, unos con gustos musicales atroces, con cinco perros o, peor aún, cinco hijos, o que solo están rentando mientras se van a otro lado mejor. Puede haber gente valiosa y competente, pero generalmente llegan a la dirección solo por accidente. El presidente anterior, relativamente carismático y eficaz, acabó harto de todo y decepcionado por la apatía de sus vecinos; su entonces tesorera, antes meramente competente, es ahora una de las más notables morosas del fraccionamiento y aprovecha cada vez que puede para sabotear cualquier intento de hacer las cosas bien. Del secretario anterior casi nadie se acuerda, pues nunca participó después de su nombramiento inicial.

Se supone que mi periodo acaba en mayo y, en ese momento, espero finalmente pasar a ser un mero contribuyente más y salirme de todos los estúpidos chats de chismes, drama y caca de perro, para entregarle un montón de papeles inútiles al pobre tipo (o tipa) que me siga. Eso, si para entonces todavía no nos hemos convertido en un pequeño estado fallido. Con algo de suerte, quizá algunos imperialistas nos conquisten.

2019-12-23

Hitchens sobre la libertad de expresión



El siguiente texto es una traducción del que quizá sea uno de los mejores discursos de todos los tiempos acerca de la libertad de expresión. Originalmente esta traducción la hice en un blog antiguo, que curiosamente todavía recibe muchas más visitas que este. El discurso fue en 2006, en un debate sobre la libertad de expresión en la Universidad de Toronto. El debate fue sobre la moción: “El derecho de la libre expresión debe incluir el derecho a ofender a otros.” Hitchens, héroe intelectual de nuestros tiempos fallecido el 15 de diciembre de 2011, pronunció uno de los mejores discursos de todos los tiempos defendiendo la moción. Anexo el video original en inglés para quienes lo entiendan, pues siempre es mucho mejor escucharlo a él.


¡FUEGO! Fuego, fuego, fuego. Ahora lo han escuchado. No gritado en un teatro lleno, admitiré, al darme cuenta que al parecer estoy en el salón de cena de Hogwarts. Pero el punto está hecho. Todos conocen el fatuo veredicto del grandemente sobrestimado Juez Oliver Wendell Holmes quien, al ser cuestionado por un ejemplo de cuándo sería apropiado limitar la expresión, dio el ejemplo de gritar “fuego” en un teatro lleno.

Es frecuentemente olvidado que lo que estaba haciendo en esa ocasión era mandar a prisión a un grupo de socialistas yídish—cuya literatura estaba impresa en un lenguaje que la mayoría de los americanos ni podían leer—, quienes se oponían a la participación en la Primera Guerra Mundial que proponía el Presidente Wilson, y el arrastre de los Estados Unidos a este sanguinario conflicto que los mismos socialistas yídish habían escapado desde Rusia.

De hecho, podría ser plausiblemente argumentado que los socialistas, que habían sido encarcelados por el excelente y sobreadulado Oliver Wendell Holmes, eran los verdaderos bomberos, y que eran los que estaban gritando “fuego” cuando realmente había un fuego en un teatro ciertamente muy abarrotado.

¿Y quién va a decidir? Bien, mantengan esta cuestión—damas y caballeros, hermanos y hermanas—y espero poder decir—,camaradas y amigos—en mente.

Yo me exento de la amable oferta de protección del anterior orador que fue tan generosamente ofrecida al inicio de esta noche. Cualquiera que quiera decir algo abusivo de mí, o a mí, es bastante libre de hacerlo e inclusive bienvenido, bajo su propio riesgo.

Pero antes de hacerlo deben haber tomado, como estoy seguro todos deberíamos, un curso de repaso de los textos clásicos sobre ésta cuestión. Éstos son la Aeropagítica de John Milton, siendo ésta la gran Loma de Atenas para la discusión y libre expresión; la introducción a La Edad de La Razón, de Thomas Paine; y también diría el Ensayo Sobre la Libertad de John Stuart Mill, en los que se dice—seré muy atrevido e intentaré resumir a estos tres grandes caballeros de la gran tradición de libertad inglesa de un plumazo:

Lo que dicen es que no solamente es derecho de la persona que habla el ser escuchado, sino que es además derecho de todos en la audiencia oírlo y escucharlo. Y cada vez que se silencia a alguien se hace a otro un prisionero de esa acción, por negarse el derecho a escuchar algo. En otras palabras, tu propio derecho de escuchar y ser expuesto está tan involucrado en estos casos como el derecho del otro de dar voz a su punto de vista.

En efecto, como John Stuart Mill dijo, si en toda la sociedad estamos de acuerdo sobre la belleza y valor de una propuesta, todos excepto una persona, sería de la mayor importancia que ese herético solitario sea escuchado, porque todavía podríamos beneficiarnos de su quizá escandalosa o atroz opinión.

En tiempos más modernos esto se ha enunciado, creo, de la mejor manera, por una heroína personal mía, Rosa Luxemburg, quien dijo que la libertad de expresión es insignificante a menos que signifique la libertad de la persona que piensa distinto.

Mi gran amigo John O'Sullivan—antes editor del National Review—y quien considero es quizá mi más conservador y reaccionario amigo católico, alguna vez me dijo: “En un pequeño experimento mental, si oyes que el Papa dice que cree en Dios, piensas que bueno, hoy el Papa está haciendo su trabajo. Si oyes que el Papa dice que está empezando a dudar de la existencia de Dios, piensas que quizá ya se dio cuenta de algo.”

Bien, si todos en Norteamérica fueran forzados a tomar en la escuela un entrenamiento en sensibilidad sobre el Holocausto, y se les enseñara el estudio de la Solución Final—acerca de la cuál nada fue realmente hecho por este país, ni en Norteamérica, ni el Reino Unido mientras estaba sucediendo—;y si este estudio se volviera de carácter obligatorio como relato oficial e infalible de cómo sucedieron los hechos; y si fuese enseñado como el gran ejemplo moral, a manera de destilar nuestra conciencia impura acerca de aquel combate; si este es el caso, como suele ser con casi todos, y una persona se levanta y dice: “¿Saben? Esto del Holocausto, no estoy seguro de que haya sucedido. De hecho, estoy bastante seguro de que no. En efecto, comienzo a considerar que, si acaso, los judíos se merecían algo de violencia.” Esa persona no solamente tiene derecho a hablar, sino que su derecho de hablar debe tener protección extra. Porque lo que tiene que decir debe haberle tomado cierto esfuerzo, podría contener un grano de verdad histórica, o puede por lo menos hacer que la gente reconsidere cómo es que saben lo que dicen saber. “¿Cómo sé que sé esto, aparte de que siempre me lo han enseñado y no he escuchado nada más?”

Es valioso partir de principios básicos. Siempre es provechoso preguntarse qué se haría si se encontrara con un miembro de la Sociedad de la Tierra Plana. Ahora que lo pienso, ¿cómo puedo demostrar que la Tierra es redonda? ¿Estoy seguro acerca de la Evolución? Sé que se supone que es cierta. Acá hay alguien que dice que no hay tal cosa y todo es Diseño Inteligente. ¿Qué tan seguro estoy de mis propios puntos de vista? No se refugien en la falsa seguridad del consenso, ni del sentimiento que cualquier cosa que se crea está bien, siempre que uno se encuentra en la mayoría moral.

Uno de los momentos más orgullosos de mi vida—esto es decir, en el pasado reciente—, ha sido defender al historiador británico David Irving, quien está ahora en una prisión en Austria por nada más que la posibilidad de proferir un pensamiento no bienvenido en tierra austriaca. Ni siquiera fue acusado de decir algo. Fue acusado de quizá planear decir algo que violaba una ley austriaca, que dice que solamente una versión de la Segunda Guerra Mundial puede ser enseñada en su pequeña y valiente república tiroleana. La república que nos dio a Kurt Waldheim como Secretario General de las Naciones Unidas, un hombre buscado en varios países por crímenes de guerra. El mismo país que nos dio a Jörg Haider, líder de su propio partido político fascista, y miembro del gabinete que mandó a Irving a la cárcel.

¿Saben las dos cosas que hacen famosa a Austria y le dan su reputación, de casualidad? Aprovechando que aquí los tengo. Espero que haya algunos austriacos aquí para que se molesten. Bueno, lástima si no los hay, pero los dos grandes logros de Austria son convencer al mundo que Hitler era alemán y que Beethoven era vienés.

Ahora, a este orgulloso registro pueden agregar que tienen la valentía de finalmente enfrentar su pasado y encerrar a un historiador británico que no ha cometido ningún crimen más que el de pensar y escribir. Y eso es un escándalo. No puedo encontrar quien me haga segunda cuando argumento esto, pero no me interesa. No necesito quién me haga segunda. Mi propia opinión es suficiente para mí y reclamo el derecho a defenderla contra cualquier consenso, cualquier mayoría, en cualquier lugar y tiempo. Cualquiera que esté en desacuerdo puede formarse, tomar una ficha, y besarme el culo.

Ahora, no sé cuántos de ustedes crean no ser suficientemente maduros para decidir por sí mismos y piensan que tienen que ser protegidos de la edición de Irving de los Diarios de Goebbels, por ejemplo—de los que aprendí más del Tercer Reich que del estudio de Hugh Trevor-Roper y A.J.B. Taylor combinados cuando estuve en Oxford. Pero para aquellos de ustedes que sí, les recomiendo otro breve curso de repaso.

Vayan de nuevo y vean no sólo la película y la obra de teatro, sino también lean el texto de la magnífica obra de Robert Bolt, A Man For All Seasons; algunos deberán haberla visto. En ella, Sir Thomas More decide que preferiría morir que mentir o traicionar su fe. Y en una escena, More está discutiendo con un fiscal cazador de brujas particularmente vil; un sirviente del rey y un hombre hambriento y ambicioso.

Y More le dice a este hombre: “¿Romperías la ley para atrapar al Diablo, cierto?”

Y el cazador de brujas le responde: “¿Romperla? ¡Acabaría con todas las leyes de Inglaterra si pudiera con eso capturarlo!”

“Sí, seguro que lo harías. Y cuando hayas acorralado al Diablo, y se diera vuelta para enfrentarte, ¿a dónde acudirías por protección? Todas las leyes de Inglaterra habrían sido cortadas y aplanadas. ¿Quién te protegería entonces?”

Tomen en cuenta, damas y caballeros, que cada vez que violan—o proponen violar—el derecho de libre expresión de alguien más, están en potencia haciendo una lanza para su propia espalda. Porque la otra cuestión que mencionó el Juez Oliver Wendell Holmes es simplemente esta: ¿quién va a decidir? ¿A quién se le concede el derecho de decidir qué expresión es dañina, o quién es el orador dañino? ¿A quién comisionamos el determinar con anticipación cuáles son las malas consecuencias que queremos prevenir? ¿A quién se le daría este trabajo? ¿A quién se le adjudicará la labor de ser el censor?

¿No es famosa la historia en la que el hombre que tiene que leer toda la pornografía, para decidir qué pasa y qué no, es el que más probablemente acabará depravado?

¿Han oído algún orador de los oponentes a ésta moción, elocuentes como fueron, a quién le delegarían la tarea de decidir por ustedes lo que pueden leer? ¿A quién le darían el trabajo de decidir por ustedes, de relevarlos de esta responsabilidad de escuchar lo que pudieran? ¿Saben de alguien? Manos arriba. ¿Saben de alguien a quién darle este trabajo? ¿Hay algún nominado?

¿Quieren decirme que no hay nadie en Canadá lo suficientemente bueno para decirme qué puedo leer? ¿O escuchar? No tenía idea. Pero hay una ley que dice que debe existir tal persona—o una insignificante sub-sección de una ley; les está invitando a ser mentirosos e hipócritas y de negar lo que evidentemente ya saben.

Acerca de este instinto censurador: ya básicamente sabemos todo lo que debemos saber, y lo hemos sabido por un largo tiempo. Viene de una vieja historia de otro gran inglés—mis disculpas por ser tan particular sobre esto esta noche—, el Doctor Samuel Johnson, el gran lexicógrafo, compilador del primer gran diccionario del idioma inglés. Cuando estuvo completo, el Dr. Johnson fue visitado por varias delegaciones de personas para felicitarlo: por los nobles, los comunes, los Lords y también por una delegación de respetables damas de Londres, que atendieron a sus aposentos y lo felicitaron.

“Dr. Johnson,” dijeron, “queremos felicitarlo por no incluir palabras indecentes ni obscenas en su diccionario.”

“Damas,”respondió Johnson, “quiero felicitarlas por ponerse a buscarlas”.

Cualquiera que pueda entender esa broma—y me complace ver que aproximadamente 10 por ciento de ustedes pueden—entiende la cuestión sobre la censura, especialmente la restricción previa, como se le conoce en los Estados Unidos, y donde está prohibida por la Primera Enmienda de la Constitución. No puede ser determinado con anticipación cuáles expresiones pueden ser aptas o no aptas. Nadie tiene el conocimiento que se requeriría para hacer esa determinación y, más al grano, uno tiene que sospechar los motivos de aquellos que dicen que sí. En particular, aquellos que están determinados a ser ofendidos, aquellos que hurgarán un tesoro de inglés como el primer diccionario del Dr. Johnson en busca de palabras sucias, para satisfacerse a sí mismos y algún instinto del que no me atrevo a especular...

Ahora, estoy absolutamente convencido de que la principal fuente de odio en el mundo es la religión y la religión organizada. Absolutamente convencido. Y estoy feliz de que aplaudan, porque es un gran problema para quienes se oponen a esta moción. ¿Cómo van a prohibir la religión? ¿Cómo van a detener la expresión del odio religioso, el desprecio y el prejuicio?

Hablo como alguien que es un blanco regular de esto, y no sólo de forma retórica. He sido objeto de varias amenazas de muerte y puedo decir que, a poca distancia de donde vivo actualmente en Washington, hay dos o tres conocidos míos y de ustedes que no pueden ir a ningún lado sin un contingente de seguridad, debido a las críticas que han hecho de un monoteísmo en particular. Y esto, en la ciudad capital de los Estados Unidos.

Así que sé de lo que estoy hablando. Y también debo notar que las personas que me llaman y me dicen que saben dónde vivo y dónde mis hijos van a la escuela (y obviamente saben mi teléfono); y que me cuentan lo que van a hacerles a ellos, a mí y a mi esposa; y a quienes debo tomar en serio, porque ya se lo han hecho a personas que conozco; son justamente éstas las personas que van a buscar la protección de una ley contra la libre expresión si digo lo que pienso de su religión, lo cuál ahora voy a hacer.

Esto, porque no tengo lo que pudiera llamarse un prejuicio étnico, ni ningún rencor de ese tipo; puedo llevarme bien con prácticamente cualquiera de cualquier origen, orientación sexual o lenguaje—excepto gente de Yorkshire, por supuesto, que son completamente intratables—y estoy empezando a resentir la confusión que se nos está imponiendo ahora—y ha habido algo de ella ésta noche—entre creencia religiosa, blasfemia, etnia, profanidad y lo que uno pudiera llamar “etiqueta multicultural”.

Es muy común estos días que la gente use la expresión “racismo anti-islámico”, como si un ataque sobre una religión fuera un ataque sobre una etnia. La palabra islamofobia está de hecho comenzando a adquirir el oprobio que alguna vez se reservó para el prejuicio racial. Esta es una sutil y muy molesta insinuación que debe ser enfrentada de frente.

¿Quién dijo 'y qué si Falwell odia a los jotos'? ¿Qué tal si la gente actúa en base a eso? La Biblia dice que hay que odiarlos. Si Falwell dice que lo dice en la Biblia, tiene razón. Y sí, podría hacer que la gente salga y use violencia. ¿Qué van a hacer al respecto? Están en contra de un grupo de gente que dirá: “Si tocan nuestra Biblia nosotros le llamamos a la policía de las expresiones de odio.” ¿Y qué van a hacer cuando se hayan creado esa trampa para ustedes mismos?

Alguien dijo que la noche de Kristallnacht en Alemania fue el resultado de diez años de odio contra los judíos. ¿¡Diez años!? ¡Deben estar bromeando! Fue el resultado de 2000 años de cristianismo, basados en un verso de un capítulo del Evangelio de San Juan, que llevó a un pógrom tras otro, cada Pascua de cada año, durante cientos de años. Y esto, porque dice que los judíos demandaron que la sangre de Cristo se derramara sobre sus cabezas y las de sus hijos hasta la última generación. Esa es la licencia y la incitación para los pógromes contra los judíos. ¿Qué van a hacer acerca de eso? ¿Dónde está su insignificante sub-sección ahora? ¿Dice que hay que censurar a San Juan?

¿Creo yo, que he leído a Freud y entiendo cuál es el futuro de una ilusión, y que sé que la creencia religiosa es inerradicable siempre que seamos una estúpida, pobremente evolucionada especie mamífera, que una ley Canadiense va a resolver este problema? ¡Por favor!

No, nuestro problema es éste: nuestros lóbulos prefrontales son demasiado pequeños. Y nuestras glándulas adrenales son demasiado grandes. Y nuestro pulgar oponilble no es tan fabuloso. Estamos asustados de la oscuridad, y asustados de morir, y creemos en verdades de libros sagrados tan estúpidas y tan fabricadas, que cualquier niño puede—y todos lo hacen, como se nota por sus preguntas—ver a través de ellas. Y creo que debería—hablando ahora de la religión—ser tratada con burla, odio y desprecio. Y reclamo ese derecho.

Ahora, no nos andemos con rodeos. No todos los monoteísmos son iguales, por el momento. Todos están basados en la misma ilusión, todos son plagios uno del otro, pero hay uno que al momento está proponiendo una seria amenaza no solo para la libertad de expresión, sino para otras libertades también. Y esta es la religión que exhibe el terrible trio de auto-desprecio, auto-rectitud y auto-lástima. Hablo del Islam militante.

Globalmente, es un poder gigante. Controla una gran fortuna petrolera, varios países grandes y de gran fortuna; bombea una ideología de Wahabismo y Salafismo alrededor del mundo, envenenando sociedades a donde vaya; arruina la mente de los niños, atrofiando a los jóvenes en sus madrasas; entrena a la gente en la violencia, creando una cultura de la muerte, el suicidio y el homicidio. Éso es lo que hace globalmente, y es bastante fuerte. En nuestra sociedad, posa como una rastrera minoría, cuya fe pudiera uno ofender, y que merece toda la protección que un grupo pequeño y vulnerable pudiera necesitar.

Hace declaraciones bastante grandiosas para sí, ¿verdad? Dice que es la revelación final. Dice que Dios habló con un comerciante analfabeta en la Península Arábiga tres veces, a través de un arcángel; y que el material resultante—que fue evidentemente plagiado en gran parte del Viejo y Nuevo Testamento, ineptamente—ha de ser aceptado como revelación divina, última e inalterable; y que quienes no acepten esta revelación deben ser tratados como ganado, infieles, propiedad, esclavos y víctimas.

Bien, pues les digo algo: no creo que Mahoma haya escuchado esas voces. No lo creo. Y la probabilidad de que yo tenga razón, opuesta a la de que un comerciante que no sabía leer tuviera pedazos del Viejo y Nuevo Testamento re-dictados a él por un arcángel, me da la posición mucho más cercana de estar objetivamente en lo cierto.

¿Pero quién está bajo amenaza? ¿La persona que propaga esto y dice que más vale que escuche porque si no estoy en peligro? ¿O yo, que digo que esto es tan absurdo que hasta se le puede hacer una caricatura?

Y ahí van las pancartas y los gritos: “¡Decapítenlos!” Esto es en Londres, en Toronto, en Nueva York, están entre nosotros ya. “¡Decapiten a quienes ofendan al Islam!”


¿Se les arresta por expresiones de odio? No. ¿Puedo estar en problemas por lo que acabo de decir sobre el profeta Mahoma? Sí, podría. ¿Dónde están sus prioridades, damas y caballeros? Están regalando lo que es más preciado en su propia sociedad, y lo están regalando sin siquiera dar pelea, y hasta están enalteciendo a quienes les quieren negar el derecho a resistirlo. Deberían avergonzarse de esto. Hagan lo mejor que puedan con el tiempo que queda. Esto es realmente serio.

Ahora, vean donde quieran—porque hemos tenido invocaciones de una tonta y enferma especie hoy a nuestra simpatía: “¿Qué hay de los pobres jotos? ¿Qué hay de los pobres judíos, las mujeres que no pueden con el abuso, los esclavos y sus descendientes, y las tribus que no sobrevivieron y a quienes se les dijo que su tierra estaba perdida?”

Miren la esclavitud del mundo, la sumisión de las mujeres como ganado, la quema y ejecución de homosexuales, la limpieza étnica, el antisemitismo; para todo esto, basta con mirar no más allá de un libro famoso en cada púlpito de esta ciudad, y en cada sinagoga y en cada mezquita. Y entonces vean si pueden cuadrar el hecho que la fuente de todo este odio es también el agente que más pide censura. Y cuando den cuenta que, por lo tanto, esta noche están enfrentados con una gran falsa antítesis, espero que eso de todos modos no los detenga de darle a la moción ante ustedes el entusiasta respaldo que merece.

Muchas gracias.

Buenas noches.