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2020-08-02

Así que quieres hacer Ciencia

Lo que se puede medir acaba siendo administrado—incluso cuando es inútil medirlo y administrarlo, y aun cuando daña el propósito de la organización hacerlo—.

Cuanto más se use un indicador social para la toma de decisiones, éste será sujeto a más presiones corruptoras, y será más apto para distorsionar y corromper los procesos que pretende medir.
¿Cómo se mide qué tan productivo es un científico? Es fácil identificar a los grandes en retrospectiva pero, ¿cómo identificas quién será un buen científico antes de que sea famoso por algún gran descubrimiento? ¿Con qué criterio se hubiera contratado al joven Einstein en una universidad en vez de una oficina de patentes?

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Ya es un cliché la imagen del niño genio que desde la primaria arma robots con sus propias manos, aunque en algunos casos sea acertada. Richard Feynman sí aprendió cálculo (y muchas cosas más) por sí mismo para a los quince años, John von Neumann también lo logró a los ocho, y Michio Kaku sí construyó un acelerador de partículas en su cochera cuando estaba en la secundaria—y dejó sin luz a toda la cuadra cuando lo encendió—.  Sin embargo, por cada prodigio así, hay muchos otros "genios" que difícilmente terminan la escuela o cualquier otra cosa.  He tratado de cerca a la física y química, otro poco a la computación y, aunque la mayoría de la gente destacada ciertamente es inteligente, parece ser que los más excepcionales poseen una combinación de inteligencia y otras cualidades de personalidad más que de capacidad. En el largo plazo, la formalidad, constancia y disciplina le ganan al talento, como quiera uno definirlo.

También hay que recordar que los casos anteriores y muchos más son de gente que hizo el trabajo; es decir, Feynman realmente estudió muchos libros de cálculo, reprodujo las demostraciones e hizo los ejercicios, aunque hubiera sido por su cuenta y a corta edad.  von Neumann aprovechó al máximo un pequeño ejército de tutores privados que cultivaron la facilidad que tenía para tantas cosas. Las variables relevantes en estos y tantos casos más parecen ser la obsesión y la curiosidad tanto como la inteligencia.  Por supuesto que no toda la gente aguanta tanta práctica, y las mismas horas de entrenamiento no dan los mismos resultados en todos. Es ahí donde entra lo que pudiéramos llamar talento o aptitud "natural". Me desviaría mucho del tema que quiero hablar ahora si sigo por esta tangente, pero mucho de lo que la gente llama "talento" o "genio" es el resultado de miles de horas de trabajo oculto. Como lo explicó Thomas Edison, el genio es 1% inspiración y 99% perspiración.

El Instituto de Estudios Avanzados de Princeton

En algunos casos la visión romantizada de la vida del científico sí se cumple. Cuando eres uno de los grandes que mencioné antes, o su equivalente en otras áreas, probablemente sí te puedes dedicar a tomar café y escribir en tu pizarrón personal todo el día, o atender las creaciones de tu laboratorio, o pensar sobre el universo mientras sales a caminar por tu campus arbolado en el inter entre un seminario y una entrevista. Claro que en algún momento tienes que sentarte y hacer la talacha de calcular, construir o programar, pero es agradable y emocionante porque es por tu ciencia.  Sin embargo, los científicos "de a pie"—y muchos de los grandes también—, ya quisieran que su tiempo y esfuerzo estuvieran divididos en esa proporción, o incluso en la que propuso Edison.

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¿Y cómo hace uno para hacerse científico "oficialmente"? Empezar es sencillo y es como uno empieza en muchas otras profesiones: te inscribes a la licenciatura de la ciencia que te interesa, pasas el examen y, si hay cupo, ya estás. La licenciatura es básicamente un curso de introducción integral a la disciplina e incluye algo de clases remediales para corregir las carencias de los alumnos entrantes y emparejarlos. Idealmente, los alumnos terminarán por conocer las distintas ramas de su ciencia y tendrán habilidades básicas para escoger alguna si quieren seguir con más. Usualmente las habilidades adquiridas en una típica licenciatura en una ciencia "dura" son suficientes para buscar otros trabajos en el sector privado o educativo también.

Para los que siguen adelante está el posgrado, cuyo formato depende del país en el que se estudie. Generalmente hay un nivel de maestría de dos o tres años seguido por la opción de otros tres o cuatro de doctorado. En países anglos usualmente se pegan los dos grados en un solo PhD "todo incluido" de cinco a siete años. En esos sistemas, las maestrías generalmente solo están disponibles para especialidades administrativas y son de paga, mientras que los doctorados "completos" son pagados por los contribuyentes y los estudiantes incluso reciben un pequeño pago de manutención.

Con la gran excepción de EEUU, la mayor parte de la investigación científica mundial se hace en instituciones públicas. El alumno debe cumplir con ciertos requisitos académicos en cuanto a un núcleo de conocimiento, o "tronco común", a la vez que se acerca a algún investigador o investigadora especialista en algo de su interés. Los estudiantes generalmente terminan la licenciatura con cierta orientación que siguen en su posgrado, pero pudieran cambiarla si quisieran. Los cambios de especialidad entre la maestría y el doctorado son menos comunes pero no imposibles, e incluso hay gente que se cambia de área por completo (de física a matemáticas o química, digamos).

Tomando a una típica alumna de física como ejemplo, ella tendría que cubrir sus requisitos en cuanto a cursar las materias de tronco común, algunos cursos elegidos por su asesora, y su trabajo de investigación. Dependiendo de la universidad en la que estudie esta alumna, y dependiendo del potencial que demuestre, su asesora pudiera alentarla a buscar publicar su trabajo. A nivel de maestría esto suele ser un proyecto que la investigadora podría hacer por su cuenta si quisiera, pero lo delega a su alumna para que aprenda y aplique habilidades básicas o intermedias de su especialidad de investigación.

Un típico tronco común orientado a Relatividad General y Teoría de Campo.

Lo interesante comienza en el nivel de doctorado, si nuestra hipotética alumna quisiera continuar. Contrario a la percepción popular, el doctorado no es la cima de una escalerita de conocimiento y prestigio que uno va escalando hasta que "termina". En realidad, es una prueba básica de competencia para poder iniciar una carrera como investigador. La estudiante debe pasar de acumular conocimiento a generarlo. La manera de lograrlo es familiarizándose profundamente con el estado de la investigación en su área, los problemas que quedan por resolver, las dificultades que otros han encontrado y posibles oportunidades para avanzar. Con ayuda de su asesora (o quizá por su propia iniciativa), debe escoger un problema suficientemente interesante pero alcanzable, aplicar lo que sabe, aprender lo que no sabe y, si todo sale bien, publicar sus resultados. Un efecto secundario es que sí, nuestra alumna hipotética acumulará mucho conocimiento y experiencia que le merecerá respeto y admiración, pero ese no es el objetivo.


El día-a-día de nuestra alumna modelo dependerá de su especialidad. Sus cursos incluirán el tronco común pero esta vez a nivel de posgrado: Mecánica Clásica, Electrodinámica, Mecánica Cuántica, Física Estadística y probablemente algunos cursos matemáticos suplementarios. Dependiendo de su orientación, podría pasar más o menos tiempo en laboratorios, observatorios, o simplemente en su cubículo o biblioteca. De lo que no se va a salvar, haga lo que haga, es de leer y escribir mucho (casi todo en inglés), y de pasar una parte sustancial de su tiempo frente a la computadora. Esto es lo mismo en todas las ciencias "duras" y cada vez más en las "blandas" también. Su trabajo principal no será con aparatos o ecuaciones sino con documentos y, si no usa la programación ella misma, colaborará con gente que sí. Su agenda diaria dependerá de su institución y la relación con su asesora, que pudiera ser distante, tiránica, o genuinamente inspiradora y constructiva. Lo más estresante y angustiante probablemente no serán sus exámenes o incluso su trabajo de tesis, sino los seminarios en los que pasará al frente a explicar su trabajo ante otros estudiantes y profesores ansiosos de presumir cuánto saben.

Así que si uno busca alejarse de leer y escribir, de trabajar en una computadora o de hablar ante un público hostil, elegir la ciencia es probablemente mala idea. En el mejor de los casos, tras algunos años de trabajo, desvelos y presión constante, tendrá un problema solucionado y documentado en forma de artículos publicados y una tesis de doctorado que presentará (y defenderá) ante un panel de profesores. Y tan-tán.

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Hay muchas variantes del trayecto anterior. En algunas instituciones se busca que los alumnos publiquen lo antes posible como parte de su trabajo desde el nivel de licenciatura, aunque sean cosas relativamente básicas. También hay alumnos brillantes que producen material realmente bueno mucho antes de llegar al doctorado. Es raro, pero ocasionalmente también llegan al nivel de posgrado personas que no tienen nada qué andar haciendo ahí, aunque esto lo dejaré para después, cuando retomemos la administración y los incentivos a los que aluden las citas introductorias. Por lo pronto, basta decir que la ruta estándar básica a la ciencia es licenciatura-maestría-doctorado. Algunas rarísimas excepciones, como el recién fallecido físico teórico Freeman Dyson, han logrado aportaciones monumentales sin contar con un doctorado.

Ah, pero para el resto de los mortales están los postdoctorados.

Hace unos cincuenta años hubiera sido suficiente la ruta básica anterior. Con un buen trabajo de doctorado y algunas cartas de recomendación estratégicas, lo demás era cuestión de cuánto se estaba dispuesto a viajar. Hoy en día la parte de viajar es prácticamente obligatoria pero, en parte por buenas y por malas razones, se ha adoptado la figura del postdoc como una especie de limbo entre el fin del doctorado y la contratación en algún centro de investigación. En los casos más benignos el postdoc sirve efectivamente como una extensión del doctorado pero con otro asesor y en otra universidad. Este segundo asesor arma un proyecto de investigación en el que incluye a uno o más postdocs como asociados, usualmente por un periodo de uno o dos años (se le dice postdoc tanto a la estancia como a la persona que la hace). En los casos exitosos el postdoc logra producir suficiente trabajo impresionante para ser contratado en alguna institución académica cuando termine.

Son muy pocos los casos en los que esto sucede. Usualmente se requieren dos, tres, o más estancias de postdoctorado para encontrar una oportunidad de trabajo estable como investigador.  En cada ocasión la joven investigadora tiene que despedirse, empacar, posiblemente aprender otro idioma, y volver a empezar en otro lado sin más continuidad que la de su investigación. Como la vida es complicada y no se detiene, algunas personas forman relaciones y familias mientras están en esta etapa de inestabilidad, o incluso las tenían desde sus días de doctorado. Para muchos es demasiada la incertidumbre y abandonan la ciencia definitivamente, incluso si están por su cuenta. Todavía tendrán muchas opciones, pero se encontrarán con una década de desventaja en cuanto al mundo no-académico se refiere.

Solo algunos pocos llegarán a ser contratados como investigadores (generalmente no pueden darse el lujo de escoger dónde). Un estudio de 2014 encontró que en Reino Unido 30 de cada 100 doctores en ciencias buscan postdoctorados, y solo 4 logra una contratación como investigador. Cada vez son más comunes los contratos temporales con renovaciones constantes en vez de puestos definitivos. La mayoría de las instituciones ha creado un sistema de castas académicas, que abarcan profesores asistentes, asociados, adjuntos, titulares, o con el  famoso tenure en EEUU, una especie de inmunidad académica cada vez más difícil de obtener.  En la práctica todos investigan y enseñan, pero la letra chiquita de sus contratos permite despedir a unos fácilmente y a otros no, o asignarles responsabilidades administrativas distintas.

A diferencia del caso romantizado, o incluso de la perspiración que mencionaba Edison, la mayoría de los investigadores dedican el grueso de su tiempo a la tramitología. Los documentos con los que más trabajan no son artículos científicos, sino informes, reportes, solicitudes, justificaciones, evaluaciones (de sus alumnos y de ellos mismos) y, por supuesto, pilas virtuales de correo electrónico. Si además son coordinadores de su departamento o posgrado estas responsabilidades administrativas se duplican. Entre todo esto deben encontrar tiempo para seguir con su investigación y atender a sus alumnos, tanto de clases grupales como discípulos de posgrado.

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Al modelo de medir la productividad de un científico por medio de sus publicaciones y cuánto éstas son citadas se le conoce como publish or perish (publica o muere). Cuando el mundo era suficientemente pequeño para que los investigadores y alumnos de un área de investigación se conocieran entre todos, la publicación en revistas científicas se usaba exclusivamente para una cosa: comunicar resultados a los colegas. Aunque la revisión anónima de los artículos como control de calidad apareció desde el siglo XVIII, en el mundo científico moderno no se adoptó hasta después de la Segunda Guerra Mundial. El crecimiento en el número de investigadores y artículos, junto con la proliferación de subespecialidades más allá del alcance de cualquier editor, produjeron la necesidad de asegurar la calidad de las publicaciones delegando la edición a otros investigadores, proceso conocido como peer review o revisión por pares. Una tangente más que no voy a explorar aquí es la eficacia de la revisión por pares: basta por ahora decir que es útil pero imperfecta.

Lo que definitivamente sí lograron las medidas de aseguramiento de calidad en la investigación científica fue generar cuantiosas métricas. No es fácil cuantificar el prestigio de un científico, pero sus publicaciones sí. No se puede medir la influencia de un artículo, pero cuántas veces es citado por otros artículos sí. La excelencia pedagógica de un profesor es algo que cualquiera puede reconocer cuando la ve, pero si tienes que ponerle un número entero lo que acabas midiendo es cuántos alumnos ha titulado. La captura de información editorial en formato digital ha hecho de estas mediciones un ejercicio de cómputo trivial. Tan trivial, que hasta puede hacerlo gente que no sabe nada de ciencia, ni le interesa. Es algo tan trivial que no requiere más que una conexión a internet y una hoja de cálculo. Es algo tan trivial que hasta lo puede hacer un administrador.

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Por supuesto que administrar es necesario. Uno tiene que saber cómo va, a dónde y con qué costo. El problema es que el producto de la investigación científica no es un bien tangible. Es, fundamentalmente, conocimiento. Puedes tomar los insumos y resultados del conocimiento, meterlos a una caja y enviarlos por paquetería, pero al conocimiento mismo no. Aunque se puede transmitir, esto no se hace poniéndolo en una botella que alguien pueda tomar y ya. Más bien, esto se logra a través de comportamientos que la gente ejecuta, como enseñar, pensar, leer o experimentar. Las actividades que generan conocimiento pueden dejar rastros físicos en forma de artículos, libros, dispositivos, títulos o destacados premios, pero es un error equipararlos, tal como es un error equiparar las huellas de un animal con el animal.

Y entonces llegamos al fin a las métricas y los incentivos corruptores. La presión por publicar conduce a que se inunden las publicaciones con trabajos frívolos,  mediocres u ociosos, que son aceptados porque los mismos investigadores saben que sus propios resultados frívolos, mediocres u ociosos pudieran ser lo que los salve a ellos cuando llegue su siguiente periodo de evaluación. A pesar de que casi toda la investigación se hace con dinero público, y de que el trabajo de revisión y edición lo hacen gratis los propios científicos, las revistas cobran fortunas por dar alojamiento a estos trabajos y efectivamente esconderlos del público que pagó por ellos. Universidades buenas y no tan buenas pagan subscripciones a estas revistas porque su prestigio—el número de artículos de los suyos que están ahí—depende de ello.

Como es difícil medir la calidad del conocimiento, las administraciones universitarias mejor miden sus huellas: cuántos alumnos entran, cuántos se titulan, cuántos artículos se producen. Cada que sea necesario—si algún político amenaza con un recorte de presupuesto, por ejemplo—cualquiera de esas cantidades se puede aumentar a conveniencia: admites más personas, reduces los estándares para titularlas, las mandas a publicar lo que puedan y ¡pum!, tienes un posgrado de calidad. Los investigadores mismos tienen poca opción mas que cooperar: algo tienen que escribir en sus informes, y más cuando su sueldo o empleo mismo dependen de ello.

La obsesión por elevar las métricas ha creado gente ultra-preparada sin oportunidad de ejercer lo que sabe, porque simplemente no alcanzan los empleos académicos para desquitar su década de estudio técnico ininterrumpido.  El mercado de investigadores estrella está tan saturado que los pocos que encuentran trabajo están felices de hacerlo por malos sueldos y contratos abusivos. También se ha propiciado la producción de alumnos "de relleno", con credenciales auténticas pero de pocas habilidades reales, porque pues a alguien había que admitir al posgrado para poder elevar los números y, una vez adentro, pues ni modo de no titularlos.

Todos los involucrados saben que así funciona el sistema y todos lo quisieran cambiar. Pero el costo de hacerlo es demasiado grande: de por sí tienen poco tiempo para su investigación y sus alumnos como para ponerse a hacer política, palabra sucia entre científicos. Algunos cuantos todavía usan el sistema "como si", tomándole la palabra y haciendo lo mejor por publicar solo resultados importantes y evaluando a sus pares con rigor. Poco a poco han surgido algunas medidas para mitigar los efectos de los incentivos perversos, como la pre-publicación de artículos en versiones "no oficiales" o iniciativas de open science, en las que se le apuesta al libre acceso y transparencia. Algunos incluso han optado por salirse del sistema por completo, como el físico teórico Garret Lisi, quien prefirió establecer compañías privadas para autofinanciar su investigación. En vez de arreglar el sistema se han creado otros sistemas paralelos, que pudieran o no superar algún día al tradicional. A estas alturas es demasiado pronto para saber qué va a prevalecer, e incluso no descartaría una coexistencia incómoda permanente entre los sistemas.

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Hace algunos años el economista Bryan Kaplan escribió The Case Against Education, donde argumenta que el sistema de educación superior es un caso particular de señalización, no de preparación para la vida profesional. Entre otras cosas interesantes, según Kaplan los posgrados no sirven para formar sino para filtrar: seleccionan a las personas que pueden aguantar años de trámites inútiles que se interponen a sus pasiones más preciadas. Ese es el valor del título de posgrado, dice Kaplan, y no el conocimiento que se acumuló o generó. Su argumento es más sofisticado que esto y no alcanzo a explicarlo todo aquí, pero de todos modos estoy en desacuerdo.

Sí, ciertamente los investigadores modernos aguantan mucho en cuanto a tramitocracia, pero también saben un montón de cosas que resuelven problemas del mundo real. Creo que Kaplan comete el mismo error que los administradores, que es confundir los efectos y métricas que deja la producción del conocimiento con el conocimiento en sí y, a un paso más, con los productos del conocimiento. A pesar de todo, en general la ciencia sigue (por ahora) gracias a la inteligencia, curiosidad y obsesión de quienes realmente la practican. No es fácil de arreglar, pero seguramente lo pueden hacer si pueden hacer aceleradores de partículas en su cochera.

2020-05-10

Pandemónium


pandemónium: 1) lugar en el que hay mucho ruido y confusión.
2) capital imaginaria del reino infernal.
pandemia: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a la mayoría de los habitantes de una población.
Lo que ha logrado el COVID-19 es fusionar, trágicamente, los distintos significados y etimologías de estas palabras. Lo que hace una enfermedad así es igualar al demos con el daemonium ; a obligarnos a suponer, hasta que se demuestre lo contrario, que nuestros conciudadanos son portadores del mal. Al tiempo que el mundo frena casi por completo, el ruido y la confusión se propagan y aceleran.

El diluvio de información o desinformación no es lo nuevo; lo nuevo es que, a diferencia de antes, las dosis de realidad que uno se podía administrar saliendo ya no están disponibles. Antes uno vivía el ruido y confusión pero, desde el tráfico o haciendo fila en el súper, o comiendo con la familia o en centros comerciales, se podía poner en contexto y minimizar o enfatizar según mereciera. Ahora, que la vida sigue es algo que no se comprueba sino meramente se supone.

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Yo trabajaba desde casa antes de que fuera necesario. Me daba unas dosis de tráfico y juntas presenciales dos veces a la semana, pero generalmente hacía lo mismo que podía hacer desde el estudio en mi casa, que es programar. Mis tiempos libres también los pasaba aquí, donde ahora escribo y grabo esto, leyendo, estudiando, o de ocioso también. No solo tenía dominado el confinamiento en mi casa: estaba acostumbrado a confinarme en un solo cuarto entre 8 y 10 horas al día.

Las pocas veces que salía de casa, o incluso cuando me encontraba físicamente en la oficina, ya procuraba evitar a la gente. Puedo convivir, o aparentar convivir, por periodos cortos en los que puedo emular a una persona "normal", cosa que me costó muchos años de práctica. He experimentado con pequeños actos de vandalismo de la etiqueta, como no decir nada cuando alguien más estornuda o, si estornudo yo y alguien dice "salud", contestar nada o "sí". Generalmente paso mi tiempo profundamente concentrado o al menos intentando estarlo, y me molesta que se considere buena educación interrumpirme con una superstición medieval y que además se espere de mí que esté agradecido. Al virus no le importan los buenos deseos de la gente.

Ah sí, el virus. Contrario a lo que uno pudiera pensar por lo anterior, o por tanto más que he dicho aquí en AutóMata, yo estoy a favor de la humanidad. Ni creo que "el virus somos nosotros", ni que ésta sea una "venganza de la naturaleza" ni nada así. Rescatando algunas de las lecciones de David Deutsch en el episodio pasado, la humanidad es, objetivamente, un fenómeno raro y especial en el universo. Casi cualquier punto que uno escoja al azar en el cosmos está vacío y muerto; aun donde hay materia, es demasiado fría o demasiado caliente para que pudiera albergar vida. La vida parece ser extremadamente escasa en el universo, al menos por unidad de volumen. Y el conocimiento es generado solamente por una especie en el universo conocido: nosotros. En nuestros laboratorios podemos crear elementos que ningún colapso ni colisión astrofísica puede crear; medimos distorsiones en el espaciotiempo diez mil veces más pequeñas que un protón; usamos las propiedades de partículas subatómicas para enviar y almacenar energía e información; superamos los límites de nuestra naturaleza para resolver problemas que los humanos primitivos—ya no se diga nada de animales y otros bichos—no podrían siquiera imaginar. Ningún virus va a construir, nunca, una catedral gótica o un acelerador de partículas. El coronavirus es uno más de muchos problemas que la humanidad puede resolver y que nada más en el universo puede.

Puedo pensar en algunos humanos en particular que quisiera que quedaran extintos, como cualquiera. No que murieran, necesariamente: islamistas, fascistas, comunistas y anarquistas pudieran desaparecer muriéndose, pero también si tan solo entendieran un poco mejor cómo funciona la realidad. La presencia de humanos tan destructivos es en sí un problema que podemos resolver como lo hemos hecho antes: generando y aplicando conocimiento. Como el virus del VIH-SIDA, los virus mentales que aquejan a tantos individuos quizá no se pueden eliminar por completo, pero sí se podrían controlar y podríamos vivir con ellos indefinidamente.

Así que siempre he estado a favor de la humanidad. Solamente que de lejecitos, por favor.

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Entonces la primer reflexión que valdría la pena hacer es sobre cómo se ha logrado contener, parcialmente, al virus que nos aqueja ahora. Incluso los chinos, tan sumergidos en sus supersticiones tecno-comunistas y de medicina "tradicional", recurrieron a soluciones de la realidad objetiva para contener la pandemia: laboratorios, antirretrovirales, cuarentenas. No medicina tradicional, no acupuntura. Es por la omisión, negación e incompetencia del régimen chino que estamos en esta situación en primer lugar, pero es alentador que incluso en la dictadura más grande del mundo la realidad se imponga.

Hablando de incompetencia china, a la OMS también se le impuso la realidad. Toda credibilidad que hubiera tenido antes la perdió por convertirse, básicamente, en un aparato de propaganda china. Primero dijeron que no había evidencia de transmisión del virus entre humanos. Luego, que sí la había pero China ya tenía todo bajo control. Después, que las mascarillas no eran efectivas contra el virus, aunque curiosamente los médicos y enfermeros sí las necesitaban. Finalmente, que siempre sí, que cubrirse es mejor que no hacerlo. Y por supuesto, el colmo de la situación lo aportó el Dr. Bruce Aylward, asesor de la OMS, en una entrevista con la cadena RTHK de Hong Kong. Con poquísimos casos y muertos, Taiwan es una provincia casi completamente autónoma y democrática separada de China, que la considera como su propiedad y no reconoce a su gobierno independiente. Cuestionado sobre la excelente respuesta de Taiwan a la pandemia, Aylward simplemente se hizo el loco:
Eso es lo que pasa cuando los compromisos ideológicos y políticos chocan con la realidad.

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Vivo al fondo de una pequeña calle cerrada que es a su vez tributaria de una avenida a las afueras de la ciudad, prácticamente carretera. Afortunadamente, a cinco minutos caminando y todavía dentro de mi calle, hay un minisúper relativamente bien abastecido. Salgo de mi casa solo para comprar ahí y pasear al perro, excepto cada tres o cuatro días que voy al cajero más cercano manejando tres minutos (porque no tienen pago con tarjeta en ese changarro, que gracias a los vecinos ha podido funcionar como siempre). También he retomado el ejercicio, procurando salir a correr temprano dos o tres veces por semana, simplemente de ida y vuelta por los trescientos metros de mi calle recta.

Es interesante observar el comportamiento de mis vecinos cuando salgo. La mayoría parecen seguir como si nada, aparte de que algunos están en casa cuando usualmente no estaban. Un porcentaje importante sigue saliendo a trabajar, pero no sé bien si sean la mayoría. El minisúper tiene un letrero a la entrada pidiendo que entre solo una persona por familia o grupo y que usen mascarilla, lo que la mayoría de los clientes sí cumple. Por otro lado, frecuentemente hay fiestas y reuniones, infantiles y de adultos; no se nota ninguna diferencia con los tiempos antes de la pandemia. Todos los niños que veía salir por las tardes lo siguen haciendo igual. Los primeros días usaban cubrebocas, pero hace semanas que ya no.

Cuando salgo caminando procuro mantenerme alejado de otros que estén afuera, cruzándome la calle si es necesario. Cuando camino voy con cubrebocas; cuando corro no, pero solo corro temprano cuando no hay gente. Pero en general no le he visto ese comportamiento a otros vecinos, que parecen pasearse por la calle, saludarse y abrazarse como si todos los días fueran domingo por la tarde,  solo que en pants o shorts (y sin cubrebocas). Por supuesto que esto es un efecto de auto-selección: la gente mordiéndose las uñas de la angustia está encerrada donde no la veo.

En casa mis días pasan como antes, con trabajo entre semana e incluso más juntas que antes. Se supone que una de las lecciones de la pandemia era que al fin se entendería que tanta junta no era necesaria, pero cuando uno está en una industria que (afortunadamente) puede seguir operando de manera físicamente distribuida, ocurre lo contrario. Hace poco notó el autor y profesor de ciencias computacionales, Carl Newport, que el trabajo remoto disminuye la cantidad de señales indirectas a los demás de que estamos ocupados. Cuando alguien no está en su lugar, o tiene aspecto agobiado, o pasa de manera apurada de un lado a otro en la oficina, es más difícil que nos animemos a interrumpirlo. Pero por medios digitales esas señales de fricción desaparecen por completo y se nos hace fácil enviar un mensaje, invitación o correo que—ignoramos—es inoportuno. Todo mundo pone su estatus en "ocupado" cuando no lo está de todos modos, pensamos, así que ahí va la invitación a la junta o el correo preguntando cuándo va a estar listo aquello.

Pero uno mismo sabotea su tiempo también. Ahora que no tengo que ganarle al tráfico ni terminar antes de que llegue mi familia a la casa a hacer ruido y exigir atención, se me hace fácil estirar o recorrer el tiempo dedicado al trabajo. No hay una señal clara de inicio o corte de actividades: todo es urgente y todo lo puedes hacer a la hora que sea porque todas las horas son iguales. Puedo estar en una junta y comer al mismo tiempo; puedo ejecutar un programa que tarda veinte minutos y jugar en el celular mientras termina. El otro día me llamaron para una reunión al momento que iba camino a la tienda con mi perro, y de regreso me encontré además con un repartidor de paquetería esperándome afuera de mi casa. Recibí, firmé, me metí y acomodé las cosas en el refri, todo mientras seguía en la junta. Todo está revuelto.

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En 2018 México se subió a la ola populista y autoritaria que ha afectado a tantos otros países, notablemente en Europa y Estados Unidos. Al igual que en aquellos países, la realidad está desnudando a los populistas: la incompetencia cuesta, sea la de Trump, Johnson, o Bolsonaro. Por ahora el descenso en la aprobación de AMLO es todavía modesto, pero la tendencia es claramente a la baja desde al menos el inicio del año. Casi todos los días nos regala unas dos horas de evidencia de lo orgulloso que está de su limitado intelecto y, trágicamente para quienes vivimos bajo su liderazgo (es un decir), de su desapego de la realidad.

Ya dediqué un episodio detallado a AMLO y su gestión, por lo que no quisiera abundar demasiado en eso aquí. Pero sí quiero rescatar otra lección importante de estos días de pandemia motivado por algo que él dijo hace unos días: "La pandemia solo ha puesto en evidencia el fracaso del modelo neoliberal en el mundo." Ya no queda claro a qué le llama él neoliberal—de hecho, ya no me queda claro de qué habla nadie que use ese término—. Sí puedo, sin embargo, tomarle la palabra a AMLO, rescatar algunas definiciones que he usado antes aquí en AutóMata, y concluir que, para variar, no tiene la más remota idea de nada de lo que dice. (Un par de días después lo volvió a decir, pero ahora agregó que la economía del mundo iba mal desde antes del coronavirus, debido al modelo neoliberal. No especifica de qué mundo está hablando.)

El virus se originó y se propagó, como mencioné antes, desde China, dictadura completa con todo y censura total y campos de concentración para quienes la desafían. Después pegó durísimamente en Irán (una teocracia medieval militarizada) y los países europeos con gobiernos populistas. Italia, España y Reino Unido negaron la epidemia, luego la administraron pésimamente, y ahora se dedican a contar muertos. En Rusia, supuesto paraíso anti-neoliberal, los doctores saltan de las ventanas. Con dos meses de tiempo para prepararse, la administración de Trump, Tarado Antisistema en Jefe,  observó estos eventos y decidió hacer, precisamente, nada. Ahora llevan 80 mil muertos y contando, y eso que la pandemia todavía no llega del todo a los estados rurales. En México la respuesta ha sido, hasta ahora, igual o peor a la de estos otros países.



Obviamente países con gobiernos no populistas se han visto afectados también (notablemente Francia) pero sus respuestas han sido, en algunos casos, inmejorables. Nueva Zelanda ha logrado bajar el número de casos nuevos a cero, tras un total de menos de 1500 casos y 21 muertos. Corea del Sur, Australia y Alemania ya están levantando sus confinamientos. Como quieran llamarle a los gobiernos de estos países, no son populistas. No sé qué cree AMLO que está haciendo, pero no es lo mismo que hicieron estos países, ni Taiwan o Singapur.

El deseo de volver a un mundo "desglobalizado", una especie de "cadena de fortalezas", como la llama Yuval Noah Harari, es simplemente infantil. Ya intentamos eso y sabemos que no funciona: era el mundo pre-moderno, donde casi todos eran pobres. Caray, lo podemos ver hoy en Corea del Norte, Venezuela y Cuba. El aislamiento solo beneficia a los tiranos. Y si de pandemias se trata, ¿cómo creen que se propagó la peste bubónica, cuando todo era feudalismo rodeado de muros? ¿Cómo lo hizo la influenza española en 1918? Aislarse no es deseable ni factible. No todos los países, medievales ni modernos, tienen los mismos recursos. No todos tienen petróleo, uranio, una salida al mar, turismo o siquiera agua potable. Los países pobres se benefician, por mucho, de comerciar con los ricos; así es como la pobreza extrema se ha reducido de 94% en 1820 a menos de 5% hoy.  La obsesión por la soberanía, autosuficiencia y autodeterminación, invocadas casi siempre para defender dictaduras, simplemente no funciona.


La muerte del neoliberalismo, la globalización y el capitalismo en general, ha sido pronosticada ya incontables veces desde tiempos del mismo Marx hace 150 años. Profetas socialistas la proclamaron apenas en 2008, cuando insistían que, ahora sí, ahí viene el colapso. No ha sucedido. Además sabemos lo que pasa, con lujo de detalle estadístico,  cuando se provoca el colapso a propósito. Ya lo hemos comentado mucho en AutóMata pero vale la pena repetir:  el modelo que funciona es una república democrática fuerte que administra un capitalismo, también fuerte, al que cobra impuestos para pagar un estado de bienestar. Los países que rechazan ese modelo, se llame como se llame, son los países de los que la gente literalmente se sale nadando. Y cuando lo hacen, nadan hacia los países que sí implementan el modelo. En todo caso el problema no es el modelo, sino que no le ha llegado a suficiente gente y, por su naturaleza que da primacía a la libertad y la democracia, no se puede imponer.

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Hablando de capitalismo, aislamiento y choques con la realidad, me ha llamado enormemente la atención la confusión moral que tiene tanta gente cuando trata de hablar de la intersección de estos temas. En particular hay una tendencia, importada de los resentidos posmodernos franceses de los 60s, de llamarle "privilegio" al resultado del mérito, casualidad, o incluso a lo que es simplemente un derecho. Dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: que es una tragedia que millones de personas no puedan quedarse en casa por la naturaleza de su trabajo, y que esto no sea culpa ni responsabilidad de las que sí pueden.

Hay una especie de puritanismo económico que parece decir que, si no se puede ayudar a todos, entonces no se debe ayudar a nadie. El puritanismo social, que hace de la privación física una virtud, tiene su equivalente en el económico, que hace lo propio con la pobreza. Esto lleva a conclusiones trivialmente inmorales. Viridiana Ríos, doctorada en politología por Harvard y supuestamente inteligente, proporcionó un ejemplo casi al mismo tiempo que yo empezaba a escribir este artículo:
("Eso ya se acabó" es algo que tendría que ser demostrado, por cierto.) La lógica parece ser algo así como que "ya que algunos están jodidos, ahora a los que no lo están hay que joderlos también." En todo caso, ¿por qué no proponer ayudar a los jodidos y ya? Si saben sacar cuentas, sabrán que "rescatar" a algunos es mejor que rescatar a nadie, ¿no? ¿Y quiénes creen que trabajan en las empresas grandes? Cuando llamo al servicio técnico de Telmex, no es Carlos Slim el que me atiende, que yo sepa. Un país con 50 millones de pobres es terrible; uno con 100 millones es peor. Si un barco con 100 personas se hunde y solo tengo lanchas para cincuenta, ¿mejor no salvo a nadie, porque sería injusto? Si un barco con 100 personas se hunde y cincuenta saben nadar, ¿deberíamos amarrarles los brazos para que no puedan? Si su idea de "hacer justicia" aumenta el total de gente jodida, es momento de reconsiderar lo que creen que significa esa palabra.

Otro ejemplo, también reciente, lo dio el economista del ITESO, Nacho Román, en el podcast Cuentas Claras. Es sorprendente como una mente ágil, que sabe de números y estadísticas, pierde la cabeza por completo cuando su ideología choca con la simple aritmética de que ayudar a unos es mejor que ayudar a nadie.
Su contraparte, el también economista del ITESO, Sergio Negrete, lo lleva de la mano con suma gentileza y empatía pero, aun así, semana tras semana, Román colapsa en un torbellino de histeria soviética. Si el barco se va a hundir, es imperativo asegurarse de que se ahoguen todos.

El coronavirus ha acentuado la característica principal de los marxistas-leninistas y, ahora, bolivarianos y morenistas: son resentidos sin mérito que no saben contar, ya sean muertos, pobres, desempleados, barriles de petróleo o lo que sea. La igualdad—cosa que para variar nunca definen explícitamente—es propuesta automáticamente como la meta suprema a pesar de que, en el mundo real, ni somos todos iguales ni quisiéramos serlo. Algunos son más atractivos, más inteligentes o más atléticos; hay quienes no pueden bajar de peso y quienes no pueden subir, y otros que suben y bajan según convenga; nadie escoge a sus padres, ni cuáles genes de cada uno le van a tocar; nadie escoge su temperamento, ni las enfermedades congénitas que va a tener o no.  Nadie escoge ninguna de estas cosas y vaya que son importantes. Por otro lado, las personas pueden superar sus limitaciones naturales a través de las decisiones que toman en sus vidas, algo de suerte, y sí, apoyo deliberado de otros. También pueden perder o desperdiciar sus atributos de muchas maneras. Todas éstas cosas se combinan para formar el mérito que va acumulando la gente para sí, que en cada una es distinto.

Y entonces, si entendiéramos "justicia" como "cada quién obtiene lo que se merece", entonces en un mundo perfectamente justo habría desigualdad, porque las personas no tienen los mismos méritos. Mientras las personas sean distintas, la igualdad y la justicia serán fundamentalmente incompatibles. Al mismo tiempo, diseñar una sociedad en la que los menos afortunados no la pasen tan mal no implica, ni remotamente, castigar a los que la pasen bien. La meta, perfectamente alcanzable, es que todos la pasen bien en la medida posible. Sabemos que es alcanzable porque ya se logró en los países que implementan el modelo que mencioné antes.

Creo que el origen de esta confusión y su fracaso moral es que en el pensamiento populista la economía es un juego de suma cero, donde unos ganan a expensas de otros y el dinero proviene de la acumulación de recursos naturales finitos. Pero la realidad no es así. Puedo comprar una casa, y luego construir otra y rentarla, sin quitarle un solo ladrillo a la casa de nadie más. No hay una cantidad fija de riqueza, esperando ser repartida entre todos. Simplemente se crea y se destruye a conveniencia según los recursos disponibles, incluyendo el recurso del conocimiento, que es inagotable y se puede repartir entre todos sin que se degrade ni se devalúe. Sin el recurso del conocimiento, el petróleo, el litio o el uranio son inservibles; pero con suficiente conocimiento se puede superar la escasés de cualquier recurso natural. Si esto no es claro, comparen los recursos naturales disponibles, y los resultados que producen, en países como Venezuela y Singapur, o incluso México y Corea del Sur.

En fin, reprocharle a quienes sí pueden quedarse en casa o trabajan en una empresa formal, sea grande o no, no ayuda en nada a los demás. Si los morenistas consideraran también el hecho de que son los primeros quienes principalmente pagan impuestos, y si agregaran algo de esa justicia económica que tanto dicen valorar, verían que no es una estrategia que les conviene. Si aun así insistieran en dejar a la deriva a las empresas "grandes", pudieran entonces empezar con la mayor de todas y que rescatamos millonariamente todos los días con nuestros impuestos (quienes sí los pagamos) y que es, por supuesto, PEMEX.

*   *   *

Afortunadamente, aparte del trabajo, mi desconexión física de la gente se ve reflejada en mi comunicación electrónica. No estoy en grupos de chat y generalmente pasan días o semanas sin que alguien me llame o escriba por asuntos personales. Así que no tengo que lidiar con la desinformación, conspiración y simple estupidez de la gente más allá de la que yo busque observar, desde lejos, por mi cuenta. Por lo que veo, las cosas van mal.

Ya está muy agotado, aunque sigue siendo importante, el tema de las noticias falsas y conspiraciones. Lo que me interesa más a mí es que hay una abrumadora cantidad de información cierta que, si uno trata de digerir, también lleva a la confusión y desesperanza, especialmente en lo nacional. Realmente no nos habíamos enfrentado a algo así antes, o al menos no en tiempos modernos. Tantas cosas están pasando tan rápidamente que la confusión es inevitable. En tiempos de la pre-pandemia, uno podía dejar de ver las noticias por una semana y ponerse al corriente en una hora, si sabía dónde buscar. Ahora las noticias importantes son diarias y por lo general más de una, a nivel nacional e internacional.

El coronavirus me preocupa, pero no tanto como la situación política de México, que se degrada cada vez más. Otros países ya están empezando a reactivarse, algún día habrá un medicamento o vacuna efectivo para esto, y la humanidad seguirá adelante. No será una vuelta a la normalidad de antes, pero será otra normalidad. Sin embargo, en México estamos atorados con un régimen de ineptos autoritarios y sus idiotas útiles al menos hasta 2024, y ya íbamos en recesión desde antes de la epidemia. La recuperación económica que experimentará el resto del mundo, me temo, no la veremos aquí.

Fuente: México ¿cómo vamos? ESTIMACIÓN OPORTUNA DEL PIB

Paradójicamente, entonces, mi aislamiento informativo en cuanto a personas se refiere no me ha salvado de perder gran parte de mi tiempo libre siguiendo las distintas noticias, tramas y sub-tramas (o "narrativas", como les dicen ahora). Los muertos e infectados por el virus, el petróleo, la economía, los populismos, las democracias, el desastre que es nuestra política nacional; cada una por sí sola tiene eventos e implicaciones que lo mantendrían a uno fascinado o perplejo. Todas revueltas, lo dejan a uno paralizado. Y sí, algo tuvo que ver eso con el atraso de este episodio (y con su cambio de tema, yo que hace un mes pensaba hablar de la estructura fundamental de la realidad).

Esto fue lo que me motivó, desde hace como una semana, a hacer ejercicio, retomar la lectura, bajarle a las noticias, rechazar una que otra junta y, por supuesto, rededicarme a AutóMata. He procurado apegarme a un horario de oficina, así como a usar el tiempo recuperado del tráfico para actividades realmente provechosas. Por ejemplo, he aprendido lo básico de algunos paquetes multimedia, como OBS Studio y Shotcut, y también logré grabar el sonido de mi piano eléctrico directamente en la compu. Es muy pronto todavía, por lo que no puedo negar ni confirmar que esto tenga alguna aplicación para AutóMata en este momento. También me he inscrito a un curso gratuito de economía en la Marginal Revolution University, del genial economista y polímata Tyler Cowen, y retomé un curso de certificación como Administrador de Sistemas Linux, que me será muy útil si México completa su venezuelización y debo emigrar. Solo espero que no sea nadando.

2020-02-29

Materialismo del bueno




No existe lo sobrenatural ni mucho menos lo divino. Decir que existe algo inmaterial es en el mejor de los casos un atajo del lenguaje y en el peor una incoherencia. No existe el propósito o significado de la vida, ni mucho menos alguna dirección moral en la que se mueva el Cosmos. Vivimos en un mundo amoral, puramente mecánico, y nosotros mismos somos robots hechos de carne. Todas estas son buenas noticias.

A excepción de la última frase, todas las anteriores son consecuencias directamente derivadas de lo que se conoce como naturalismo (no confundir con naturismo) que discutimos extensamente en los episodios 7 y 11 de AutóMata, y que se puede resumir como la postura de que no existe más que el mundo natural. A veces al término naturalismo se le intercambia con fisicalismo, que es algo más específico, o con materialismo, que es equivalente pero tiene otra connotación en el lenguaje popular, fuera de la filosofía y ciencia, como sinónimo del consumismo. En esta ocasión voy a hablar del materialismo como la postura de que no existe más que el mundo material; ya habrá oportunidad para hablar de consumismo y su papá, el capitalismo, más tarde en AutóMata.

*   *   *

No tengo recuerdo de haber creído en nada sobrenatural en mi vida, pero sí recuerdo haber creído que era al menos una cuestión debatible. Eso fue hace muchos años y, muchos libros, artículos, ensayos, debates, documentales y horas de cavilación después, ya no me parece que valga la pena tomar en serio la posición dualista de que existe algo aparte de lo material. Como mencioné antes, los argumentos a favor de que el mundo es puramente material los pueden encontrar en otros episodios. En esta ocasión quisiera enfocarme en las consecuencias de que esos argumentos sean correctos, desde mi propia experiencia como alguien que ha vivido asumiéndolos así desde siempre.

Sobra decir que mi posición es, y siempre ha sido, minoritaria. Recuerdo cuando era niño que siempre estaba confundido por tanto dios, espíritu y fantasma que todos veían menos yo. No solamente otros niños, sino adultos alrededor de mí, en persona o en los medios, hablaban de estas cosas como si fueran algo tan obvio. No sabía nada de lógica ni epistemología aparte de la que ya tenía programada de fábrica en mí, pero podía detectar que algo no cuadraba. Pocas veces me animé a decir lo que pensaba en voz alta—de por sí no hablaba de casi nada con nadie—y el resultado siempre fue... subóptimo. Incluso cuando encontraba a alguien que simpatizara con mi posición (casi siempre era específicamente con mi ateísmo) sus motivos para no creer eran ortogonales a los míos, pues solían estar motivados por la conspiración más que por la verdad. Que la religión sirviera para controlar a la gente o pagar los abogados de pederastas no me interesaba tanto como saber si era cierta, que es algo muy distinto y, curiosamente, relativamente más fácil de contestar (la respuesta es no).

Más frustrante para mí era la palabra "espiritual". Nunca entendí qué quería decir la gente que la usaba y me confundía más que ellas tampoco. Una cosa era que otras personas supieran algo que yo no y otra era que no lo supieran pero le pusieran nombre de todos modos. Hasta ahora no he encontrado un solo ejemplo del uso de esa palabra que caiga en el primer caso. En la mejor de las situaciones, la palabra "espiritual" colapsa a términos puramente terrenales como "reconfortante" o "recreativo". Para no decepcionarme de la gente, cuando dicen "hacer X es una actividad espiritual para mí" en mi mente lo traduzco como "hacer X me gusta"; no hay diferencia efectiva. Sin embargo, muchas veces la palabra designa un cúmulo de supersticiones y sinsentidos que me indican que la conversación va a ser muy corta, muy frustrante, o ambas. Ahora simplemente escucho lo mínimo necesario por educación y en cuanto puedo cambio de tema o me voy. La mayoría de las veces me voy.

Entre los artículos más antiguos aquí en AutóMata está uno sobre la inexistencia del libre albedrío, que próximamente grabaré en audio también y que tiene que ver con el título de este proyecto. Esta es otra cosa en la que mucha gente cree (incluso algunos ateos y otros materialistas) que a mí me parece, cuando mucho, una discusión sobre semántica. El argumento completo de que el libre albedrío no existe lo encuentran en aquel artículo y en muchos lados más; el resumen de mi postura es que tenemos albedrío en cuanto a que somos los autores de nuestas decisiones, pero éstas no son "libres" en el sentido de que estén mágicamente exentas de las reglas del mundo natural, porque la magia no existe. La palabra "decisión" es un atajo para procesos puramente mecánicos que, por más complicados y desconocidos que sean por ahora, no controlamos voluntariamente. La distinción entre mente y cuerpo no me es más significativa que la que hay entre software y hardware en una computadora.

*   *   *

Me levanto cada mañana por la mismas razones que todos: el sueño no me alcanza para suprimir la incomodidad de un estómago vacío y una vejiga llena, suena mi alarma o, más recientemente, un perro me mordisquea y me lame la cara o el pie. Incluso los admiradores más fanáticos de los existencialistas o nihilistas, esos que tienen pósters de Albert Camus y Nietzche en su cuarto, se levantan de la cama cada mañana por las mismas razones físicas. A estas alturas la gente como yo numeramos en los cientos de millones alrededor del mundo, y cada día nos levantamos a enfrentarlo como los demás. Si estuviéramos en la desesperación existencial, cometiendo actos de vandalismo y suicidio colectivo, ya se hubieran enterado. Basta con ver las noticias para notar que la mayor parte de los desmanes que sufre la humanidad es cometida por la gente que más cree en la magia. En palabras del neurocientífico Sam Harris, ninguna sociedad ha caído en la tiranía y el caos porque sus habitantes se volvieron demasiado razonables.

Una vez que ya me levanto de la cama sigo con la búsqueda de café y alimento y, dependiendo del día de la semana, me preparo psicológicamente para el tráfico que me espera. Hago cosas porque me gustan, porque me gusta suficiente lo que me pagan por hacerlas, o ambas. No necesito un amigo imaginario con un látigo que me diga que tengo que hacer estas cosas y otras más, como hacer una donación mensual a Save the Children o simplemente tirar la basura en su lugar. Es precisamente porque creo que este mundo es el único que procuro cuidarlo y mejorarlo. Si hago las cosas porque me gustan o me convienen eso es suficiente: de todos modos las hice y sus consecuencias son igual de reales. No gano nada con decir que estoy cumpliendo con mi propósito al hacerlas, en primer lugar porque no hay tal cosa y en segundo porque es innecesario. Decir que estoy haciendo mi deber sería todavía peor, porque no se puede ser virtuoso si solamente se está siguiendo órdenes, aparte de que no se puede seguir órdenes de un ser imaginario.

Cuando escucho música como Muerte y Transfiguración de Strauss o el final de la Segunda de Mahler se me pone el pelo de punta igual que a cualquier creyente, y tamborileo los dedos y hasta canto con una rola de Creedence. Disfruto del cine y del deporte, y he tenido mis momentos de felicidad, sublime o sencilla, por enorgullecer a mis padres o acariciar a mi perro. Nada de esto requiere nada más allá de lo mecánico y lo material.

Esta observación tiene un corolario importantísimo: lo material es mucho más interesante que cualquier superstición dualista que se le haya ocurrido a un humano "espiritual". La profundidad que ofrece no solamente es mayor que la de cualquier místico, sino que además tiene la ventaja de ser real y autoconsistente. Hay cosas que no sabemos, pero eso es muy distinto a decir que creemos cosas incoherentes o de plano falsas. De todas las preguntas que ha tenido la humanidad, sobre sí misma y su mundo, todas las que han sido respondidas han tenido una respuesta natural. No ha habido una sola explicación material de un fenómeno—ni una, en toda la historia—que haya sido desbancada por otra explicación sobrenatural mejor.

Esta es una visión, además, profundamente optimista: si el mundo es un mecanismo, lo podemos comprender. Si lo podemos comprender, lo podemos manipular a nuestra conveniencia. Sin dioses ni espíritus que nos impongan sus reglas somos libres de definir lo que nos conviene.

*   *   *

En todo esto hay una desventaja que puedo resumir robándome el título de uno de los libros de la politóloga Francesca Polletta: la libertad es una junta sin fin. Al principio mencioné que es una "buena noticia" que el mundo sea puramente material e, inmediatamente, dije que este diagnóstico en sí no se puede derivar de que el mundo sea material. Un Cosmos amoral es incapaz, por definición, de decirnos qué deberíamos hacer, por más que lo comprendamos. En un sentido más literal, no debemos hacer nada. Todos los objetivos que nos planteemos son opcionales. No hay mandamientos escritos en las estrellas ni en las partículas fundamentales. Para marcar el rumbo que queremos seguir debemos ponernos de acuerdo. De ahí lo de las juntas sin fin.

Hay una complicación menor, que son las personas psicópatas que realmente quieren destruirlo todo al estilo Joker, por diversión, porque por qué no. Afortunadamente, entre los demás podemos ponernos de acuerdo para tratar a estos individuos de manera humana al mismo tiempo que los relegamos a instituciones o los ayudamos a aprender a convivir, de modo que todos ganamos o al menos no todos perdemos. El problema real son las personas que tienen creencias dañinas a pesar de que no son psicópatas, porque sufren la patólogía (curable) del pensamiento mágico, al que consideran una especie de virtud. Para efectos prácticos da igual si éste se manifiesta como Esoterismo, Ley de la Atracción, Islam o Comunismo: es una incomprensión del mundo que ve fuerzas y motivos sobrenaturales o al menos sobrehumanos donde no los hay. Los argumentos son miles y muy interesantes, pero para llegar a la conclusión basta con ver la evidencia de la realidad: si esta gente pudiera realmente divinar el futuro, ya se hubiera ganado la lotería; si estuvieran construyendo paraísos terrenales y utopías la gente no se les saldría nadando.

Es precisamente porque los resultados del pensamiento materialista dan resultados materiales que cualquiera, sea de la religión, superstición o ideología que sea los puede ver. Hay solo una realidad y tiene solo un conjunto de reglas, que son las mismas que hacen que la física nuclear funcione y el comunismo no, sin importar lo que crean quienes los practiquen. Obviamente la política o la economía no se van a estudiar con física fundamental o biología, pero sí deben al menos ser consistentes con ellas. Fundamentalmente, no puedes crecer tu economía solamente imprimiendo billetes por la misma razón que no puedes doblar cucharas solamente pensando. Algunas cosas sí son realmente absurdas.

El hambre y el dolor son reales porque son fenómenos físicos. También lo son la saciedad y el placer. Como no hay nada metafísico que nos lo impida, podemos ponernos de acuerdo y procurar tener menos de los primeros y más de los segundos, para lo cual necesitamos resolver problemas como ya lo hemos hecho hasta ahora. Nungún problema que ha solucionado la humanidad—ni uno—ha tenido una solución inmaterial. Por otro lado, las preguntas que supuestamente no tienen una respuesta natural ni siquiera son coherentes, como el significado de la vida y otras tarugadas pseudoprofundas similares.

*   *   *

El filósofo y neurocientífico Joshua Greene tiene una analogía muy útil para el razonamiento moral que se dedica a estudiar. Una cámara fotográfica moderna tiene varios modos automáticos predefinidos que permiten configurar la cámara rápidamente para muchas situaciones comunes: un modo nocturno, retratos, interiores y cosas así. Por otro lado, si uno quisiera también se puede usar la cámara en modo manual, en el que uno mismo define una docena de variables cuidadosamente con los controles de la cámara y quizá recursos adicionales como iluminación o vestuario especial. Es más complicado que usar el modo automático pero a veces se requiere y puede dar resultados geniales en manos de un experto. De la misma manera, los humanos navegamos de una situación a otra pasándonos de modo automático a manual según sea conveniente, no solo en el razonamiento moral, sino en nuestras vidas profesionales y personales. Para la mayoría de las cosas el modo automático es suficiente, pero a veces tenemos que detenernos, poner el modo manual, y pensar cuidadosamente.

Si me preguntan cómo deberíamos tratar a un psicópata que ha cometido un crimen horrendo, entonces me paso a modo manual y recuerdo que nadie "escoge" ser un psicópata, con todo lo que eso implica en cuanto a encarcelamiento y rehabilitación. Lo mismo va para la legalización de drogas, política energética, violaciones a derechos humanos o mi voto en elecciones. Entonces sí, me paso a modo manual ultramaterialista y hago lo mejor que puedo por pensar en términos claros sobre qué existe y qué no, qué es una cuestión empírica y para dónde apunta la evidencia, qué suposiciones se están haciendo a escondidas y todo lo demás.

Pero la mayor parte del tiempo la paso en modo automático. Pienso sobre mi vida en muchos de los mismos términos que todos, incluyendo propósitos, logros, decisiones y deberes (aunque sin nada de religión ni espiritualidad). Si tuviera que calcular y justificar todo en términos de partículas fundamentales y sus patrones realmente no podría levantarme cada mañana. Cuando me invitan a comer y me preguntan qué quiero, lo digo; no me pongo a pensar sobre la incoherencia del libre albedrío. Si veo una película de horror o fantasía no me pongo a tratar de hacer una teoría de la ectoplasma. Simplemente me quedo en modo automático y disfruto la comida y la película como cualquiera.

Esta flexibilidad es permitida, precisamente, porque a la materia no le importa cómo viva uno su vida. Que la vida sea en sí un mecanismo permite imaginar que la podemos entender, ajustar y mejorar como queramos, cosa impensable bajo los dogmas y supersticiones de la religión. Sí, algunas cosas son imposibles pero, dentro de lo que sí es posible, tenemos mucho más control de lo que cualquier sacerdote o ideólogo pensaría. Y eso es una excelente noticia.

2019-05-29

Ansiedad



¿Es esto vida? No estoy viviendo, sino esperando un evento, que constantemente se posterga más y más.
—Anna, en Anna Karenina de Tolstoy

La mayoría de los hombres llevan vidas en la desesperación silenciosa.
—Henry David Thoreau, en Walden

La "desesperación silenciosa" que menciona Thoreau provoca en algunos una reacción nula. Hay personas, que no sé bien qué proporción sean de la población, que son completamente incapaces de la menor introspección (se les nota en sus ojos que no hay gran cosas detrás de éstos) y se dejan llevar por la vida como ganado, pasivos, rumiando con la boca abierta, a veces rejegos, pero nunca rebeldes. Para las demás personas, la desesperación silenciosa es la realidad diaria, la luz que colorea todo lo que ven.

En una cosa tienen la razón los budistas: sufrimos porque deseamos. El ser humano tiene una asombrosa capacidad para recalibrar sus expectativas y su reacción a su frustración o satisfacción. Por eso es que la gente a todas luces exitosa se suicida por igual, o más aún, que aquella en la miseria. Sea cual sea la situación, la mente la adopta eventualmente como la normalidad y desea a partir de ahí. Es nuestra naturaleza que, en cuanto a nuestro sitio en la vida se refiere, al poco tiempo de acostumbrarnos a un lugar quisiéramos estar en otro.

Cuando era muchacho mis preocupaciones eran el basquet, las tareas, las ideas que absorbía de los libros, las muchachas que me distraían de ellas. Siempre había mucho tiempo por delante, mucho margen de error para hacer y deshacer lo que quisiera o, al menos, eso decían los adultos. A mí no me parecía así, pero tenían razón. No era gran cosa lo que uno tenía que enfrentar, objetivamente, en una infancia y adolescencia de clase media a finales del siglo XX. Pero yo igual sentía que sí lo era, como lo ha sentido, creo yo, cualquier joven de entonces y de ahora.

Pero hay un punto, que para todos es distinto y que nadie detecta ni en sí mismo, donde los márgenes de error comienzan a estrecharse, las oportunidades perdidas dejan de ser repuestas por oportunidades nuevas, y las decisiones reversibles se convierten en finales. Es solamente cuando uno emerge de esta transición que siquiera se percata de que sucedió, y eso es usualmente años más tarde.
Tired of lying in the sunshine
Staying home to watch the rain
You are young and life is long
And there is time to kill today

And then the one day you find
Ten years have got behind you
No one told you when to run
You missed the starting gun
Time, de Pink Floyd

No importa dónde termine uno, después de este punto es inevitable preguntarse ¿qué he hecho? Uno dice No, esperen, esto no es lo que quería—no está tan mal pero, a ver, quiero regresarme un poco. Pero no se puede. El que usó su tiempo para trabajar, desea haberse consentido más en su juventud; quien usó su tiempo para viajar, lamenta no haber echado raíces y construido un patrimonio; el que estudió sin parar, se angustia de ser un experto sin experiencia; solteros y casados se envidian en silencio, igual que patrones y asalariados, académicos y empresarios, prácticos y teóricos, especialistas y todólogos. Todos se preguntan qué es lo que han hecho, para qué, si ha valido la pena.

Y para todos es demasiado tarde. No siempre es claro lo que sí quisieran en la vida, aquello que harían si pudieran regresar sabiendo lo que saben ahora, o lo que seguramente quisieran hacer a partir de ya. Pero aún cuando sí lo saben, no pueden actuar. Sus planes necesitan tiempo, pero están repletos de compromisos; dinero, pero los ahogan las deudas; y libertad, pero están anclados por responsabilidades. Están atorados.

Planean cómo zafarse para volver a empezar o corregir el rumbo, pero no pueden superar la etapa de planeación. Y cada día se ven en el espejo y tienen más canas, más ojeras, más kilos. Un día aparece de la nada un dolor nuevo, un análisis clínico con un "valor fuera de rango". Comienza la desesperación, en todos los sentidos: ya no pueden esperar más para cambiar sus vidas, y se les va la esperanza de que puedan hacerlo. La desesperación es, en ese punto, la nueva normalidad. Pero lo hacen en silencio, porque hay que ir a la chamba, llevar a los niños, ir a ver el partido con los amigos, renovar la licencia de conducir, pagar los recibos. A nadie le gustan los llorones. Mira a Fulano, aprende de Sutana, dicen, que hacen su chamba y no se quejan. Pero Fulano y Sutana sí se quejan: callados, estoicos, se consumen desde dentro en cámara lenta.

*   *   *

Entre quienes sienten esto, supongo, habrá grados. Buena parte de mis pensamientos diarios están dedicados a estas cuestiones, aunque he deducido indirectamente que probablemente soy un caso extremo. Todos los días me digo alguna versión de Ahora sí, me voy a organizar, activaré el modo ultradisciplinado de mi adolescencia y voy a estudiar, trabajar, leer, escribir y hacer ejercicio como una máquina, ya verán qué chingón soy. Pongo libros sobre mi escritorio, acomodo partituras sobre el piano, programo mi despertador temprano, dejo lista la ropa de ejercicio, los trastes lavados, el café puesto.

Pero nada. No puedo hacer nada. Procrastinación. Parálisis por análisis. ¿Qué he hecho? ¿Qué creo que estoy haciendo? Me rasco la cabeza, me froto la sien. Esto no va a funcionar, no puedo. No soy suficiente listo, no tengo suficiente tiempo, ya no soy lo suficientemente joven. Reviso la hora, mi correo, las noticias. El país se va a la mierda y lo que queda de mi juventud también. Bueno, al menos hay promoción en Starbucks. Mira, esa serie en Netflix se ve que está buena. Mierda. Está bien, empezaré mañana, que al cabo no hay prisa. Mierda, mierda, mierda.



*   *   *

Pero volvamos al budismo. A la ansiedad no le puedes ganar, pero sí puedes rehusarte, por intervalos, a competir contra ella. Con práctica, uno puede aprender a salirse del partido y sentarse en la banca por un rato. Si estás sufriendo, es porque estás pensando. Entonces, deja de pensar. Medita.

Se dice fácil y, la verdad, cuando yo lo oí por primera vez me pareció tonto. Una manera de hacer trampa, en el mejor de los casos. ¿Cómo se supone que uno lo hace y, en todo caso, acabaría como un zombi, como los vacunos de los que me burlé antes? Sin embargo, fue demasiada la gente respetable que lo recomendaba para que lo pudiera ignorar más y, hace unos tres años, lo intenté al fin. Descargué una aplicación para meditar, me apunté para la prueba gratis de diez días, me puse los audífonos, aguanté la risa y lo hice.

Al final de la primer sesión de diez minutos quedé conmovido al borde de las lágrimas por el alivio. Era posible, de manera breve e imperfecta pero real, desconectarme de mí mismo y descansar. El efecto es como el de estar en el tráfico y luego pasar a verlo desde lejos. Dado el tráfico que hay en mi cabeza, esta diferencia es abismal. No es apagar el motor de la mente—es ponerlo en neutral.

Pero no es milagroso. De hecho, muchas veces es difícil, por no decir agobiante. No es fácil explicar cómo es ni cuál es el objetivo pero, si estás perdido en tus pensamientos, estás fracasando. Entonces te das cuenta, te molestas por estar distraído pensando—y eso es fracasar más. Pensar que no deberías pensar es malentender de lo que se trata. Uno está acostumbrado a evaluar y juzgar todo, hasta los propios pensamientos. En la meditación los ves llegar y los dejas ir, sin más. Hola, Pensamiento, ya te vi. Eso es todo.

De nuevo, los resultados son mixtos. Pero son mejor que hacer nada. Me he sorprendido perdiendo la paciencia—digamos, en el supermercado, esperando a una cajera cuya incompetencia es superada solamente por la de la persona antes de mí en la fila—e inmediatamente una voz en mí dice Ah, Impaciencia. Entonces la impaciencia no desaparece, pero se diluye. Lograr este tipo de efectos requiere práctica constante, y a los pocos días de no hacerlo me encuentro de vuelta al inicio. Me cuesta trabajo retomar las sesiones regulares y me regaño por no poder ser constante inclusive en lo que sé que me da alivio de no ser constante.

Carajo, ni siquiera dejar de pensar lo puedo hacer bien. Ya sé lo que tengo que hacer, y sé que lo puedo hacer, y sé que no me estoy haciendo más joven. Y aún así no lo hago. Con cada meta cumplida vuelvo a recalibrar y aterrizo en una nueva normalidad, la de no cumplir, o a veces sí, como estar a dieta para siempre. A lo mejor esto es solo una moda, pienso, un impulso patético como el del cuarentón que se compra un deportivo rojo, la cincuentona que se opera el busto, el ama de casa que se pone a escribir una novela, o el banquero entusiasmado repentinamente por el ciclismo. Pero no se le puede ganar a la ansiedad, tanto como no se le puede ganar a la entropía. Tiempo, dinero, libertad—ya están casi agotados para cuando uno realmente los valora. Es demasiado poco, demasiado tarde. No te puedes decepcionar si no tienes expectativas, así que te conviene rendirte mientras todavía puedes. Aprovecha, confórmate con la vida mediocre en la que estás atorado y ve Netflix hasta atragantarte con las palomitas.

Pero ya te vi, Desesperación Silenciosa. Ya te vi.

2019-02-02

Chairocracia



La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás.
-Winston Churchill

Es fácil para ti escupirle a la libertad, porque no sabes lo que es no tenerla.
-Ayaan Hirsi Ali

México tiene todo para ser un gran país, pero los mexicanos no quieren.
-Yo mero
El capitalismo colapsaría por sus inherentes ironías y contradicciones, según Marx. Identificar esas ironías y contradicciones fue uno de sus grandes aciertos; aquello de predecir su colapso, no tanto. Peor aún, autoproclamados seguidores y herederos del marxismo, tanto en lo político como en lo cultural, exhiben sus propias ironías y contradicciones. A veces éstas se manifiestan como un meme gracioso sobre el derrocamiento del capitalismo que necesita vender playeras del Ché para recaudar fondos. Otras veces resulta en la nada graciosa cantidad de 100 millones de muertos durante el siglo XX, todo fuera por defender a las utopías comunistas del imperialismo. (Parentéticamente, creo que es un escándalo que esta cifra sea tan desconocida entre el público general y, ante todo, en el mexicano, que glorifica todo lo que huele a que se opone a Estados Unidos. Murió más gente tan solo en la China de Mao que en toda la Segunda Guerra Mundial, y el día de hoy existe ahí un número indeterminado de personas, probablemente numerando los cientos de miles, en campos de concentración. El número de personas muertas o en campos de concentración por oponerse al neoliberalismo es, precisamente, cero.)
(...y qué bueno.)
A estas alturas la humanidad ya ha inventado el hilo negro muchas veces en cuanto a política se refiere, y no es un misterio qué funciona y qué no. La libertad de expresión, la separación de poderes, constituciones que protejan las garantías individuales, instituciones que vigilen que éstas protecciones se respeten—estas cosas funcionan y no hay excepciones. La centralización del poder, el dominio ideológico de la política, el nepotismo, la falta de contrapesos, la ausencia de una sociedad civil—estas cosas llevan al fracaso y tampoco hay excepciones. Hay docenas de ejemplos de países que gradualmente han pasado de la miseria a la prosperidad simplemente implementando lo que funciona, y docenas más de ejemplos de países fracasando por hacer lo contrario. No quiere decir que sea fácil, pero es claro cómo implementar los mejores modelos (o los menos peores, como diría Churchill y decimos en México). Lo misterioso en todo caso es por qué, pudiendo ser prósperas, tantas sociedades con tanto potencial optan por el autosabotaje.

Y es que el chairo, como se le conoce en México, no está completamente equivocado: sí hay pobreza y desigualdad, y sí hay intervenciones imperialistas, y hay gente que trabaja todo el día para producir bienes que no puede pagar con su sueldo. El problema está en que detiene su análisis justo ahí y empieza a proponer soluciones sin preguntar cómo es que llegamos a donde estamos, qué alternativas se han probado y—horror—qué posibles beneficios tiene que las cosas sean como son. Por supuesto que la humanidad pudiera estar mejor. Pero también podría estar—y en general siempre había estado—peor. La aristocracia más opulenta de hace 100 años sabía menos y vivía menos que la clase obrera de hoy. Sé que ese no es un gran consuelo para la trabajadora doméstica que trabaja siete días a la semana por un mes para poder arreglar su refrigerador, pero es la realidad. La pregunta es, dada esa realidad, cómo podemos hacer para que los avances globales de la humanidad se puedan ver reflejados en la vida diaria de más personas.

Con una varita mágica podríamos convertir a todo el mundo en Finlandia, Suecia, Suiza, Dinamarca, Holanda o Corea del Sur. Pero no tenemos tal cosa. Lo que tenemos es más rústico, pero a la larga también funciona: podemos entender cómo es que esos países, en la medida en que sean modelos a seguir, llegaron a serlo. Y si hay algo que se interpone al entendimiento, propongo yo, es el falso entendimiento: la ideología. Cuanto más he leído sobre historia y política, más se ha reforzado en mí el sentido peyorativo de esa palabra. Cada vez que un país ha caído en desastre, fue por alguien que dijo alguna variante de "No se preocupen, ya entendí todo. Tengo las ideas que van a resolver todos nuestros problemas. Todo lo que hay que hacer es implementarlas correctamente, que de eso también me encargo yo. Permítanme explicarles..."

Y es que, curiosamente, la mayoría de los avances que la humanidad sí ha logrado han sido graduales, a base de accidentes afortunados, prueba y error y, en gran medida, con una desconfianza sistemática acerca de la naturaleza humana y las ideas que produce. Por eso la pluralidad de pensamiento y los contrapesos son tan protagónicos en los países más prósperos del mundo. Miles de problemas se han resuelto sin que hubiera un plan maestro por parte de un intelectual o líder carismático. Muy al contrario, la evidencia apunta a que los planes maestros ideológicos en general se interponen al progreso.

Pobreza extrema a nivel mundial (clic para agrandar). Fuente: https://ourworldindata.org/extreme-poverty.
Pero lo anterior no significa que no haya rol para una autoridad o gobierno (eso sería caer en el pensamiento maniqueo que antes le critiqué al chairo). Hay problemas que no se pueden resolver si todo mundo se dedica a lo suyo, sino que requieren cierta coordinación, regulación y/o la creación o destrucción de incentivos (el ejemplo clásico es el cuidado del medio ambiente). Mediante el uso inteligente de la ley, un gobierno puede hacer ajustes—siempre graduales, apegados a la constitución y con estudios técnicos de por medio—para resolver cuestiones que los individuos no pueden. Lo importante es que aún cuando un gobierno actúa para dirigir a su sociedad de un lugar a otro mejor, lo hace en base a lo que indica la evidencia y siempre con contrapesos. Los gobiernos de los países exitosos son lentos y burocráticos a propósito—porque cuando son ágiles y eficientes es más fácil que se desvíen hacia el autoritarismo, sea de izquierda o de derecha. Ser lento tiene la ventaja de que es más fácil cambiar de rumbo cuando las cosas van mal. En este sentido, lo valioso de las democracias liberales no es tanto lo que pueden hacer, sino lo que previenen. Tenemos múltiples ejemplos de lo que pasa cuando se logra "derrocar al sistema" y, casi siempre, lo que resulta es algo peor.  Cambiar al sistema gradualmente desde adentro es mucho más eficaz.

En México nos hemos encontrado, una y otra vez, con malas y peores opciones al momento de las elecciones. Pero es ridículo decir que no hemos avanzado nada. Hoy hay instituciones que hace décadas no había. Hay una pluralidad de partidos políticos, cuando antes solo había uno. Tenemos una Comisión Nacional de Derechos Humanos casi simbólica, pero antes no había ninguna. Antes era impensable, pero ahora uno puede criticar al gobierno todo lo que quiera, en la calle o desde su casa. Sí, todavía hay mucho por hacer, pero México cada vez está, muy poco a poco, menos jodido. Hasta los chairos tienen que reconocer que nuestra democracia avanza (después de todo, pudieron ganar). Antes de proponer "derrocar al sistema" hay que valorar lo que en él sea rescatable y, en la medida posible, conservarlo y fortalecerlo.

Omitir estos matices es precisamente lo que orilla al chairo (o su contraparte, el derechairo, pero eso es otro artículo) a una visión simplista y rígida del mundo. Es por eso que está plagado de ironías y contradicciones. El mundo es más complicado de lo que piensa y, cuando no lo es, es contrario a lo que cree. En la realidad a veces el capitalismo soluciona problemas y a veces no, pero para el chairo siempre es sinónimo de explotación. En la realidad Estados Unidos a veces hace bien y a veces hace mal, pero para el chairo siempre es El Imperio. En la realidad la migración es desde los países menos neoliberales hacia los que lo son más, pero para el chairo esos migrantes son solamente traidores. En la realidad muchas cosas sin relación suceden a la vez, pero para el chairo todo es una cortina de humo para ocultar una conspiración. En la realidad...

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...en la realidad, ahora los chairos tienen el poder en México. Y vaya que tal como chairos están gobernando. El pensamiento conspiratorio, el discurso maniqueo, la propaganda en lugar de la información, la rendición de cuentas simulada, la denuncia del periodismo como un instrumento del enemigo, la sustitución de los argumentos a favor de los insultos, el respaldo tácito y a veces explícito a dictadores, los cambios en la Constitución a conveniencia, el reemplazo de funcionarios por lacayos... Todos los días, el actual presidente de México, su gabinete, su partido y sus seguidores dan tantos ejemplos de esto que ya ni sé cuál usar. Me da tentación simplemente poner un enlace a un periódico mexicano cualquiera y que lean las primeras cuatro o cinco notas y, si les queda algo de masoquismo, que lean los comentarios. Por ejemplo, regresando a ironías y contradicciones: ¿qué más irónico, más contradictorio, más surrealista inclusive, que un hippie obsesionado por explotar cada gota de petróleo que pueda? Eso es como vender playeras del Ché en Starbucks y mucho más, y es también lo que quiere nuestro presidente y millones más que lo apoyan (hasta los árabes están tratando de dejar el petróleo, caray).

Desde hace años he seguido de cerca la política en Estados Unidos, y me preocupa que estamos siguiendo el mismo camino de polarización y deterioro de la vida pública. Me preocupa más que, a diferencia de Estados Unidos, nosotros no tenemos instituciones fuertes ni mucho menos la cultura cívica correspondiente. He estado desconectado de las redes sociales desde hace más de un año, y aún así percibo el odio que ha surgido no solo entre adversarios políticos, sino entre amigos y familiares que caen en distintos puntos del espectro. El chairismo es ya su propia religión, sobre la que la gente prefiere no hablar por temor a ofender a alguien y acabar peleado a gritos.

En E.U. se ha formado lo que algunos allá llaman "la mayoría exhausta": aquellos que no están gritando insultos políticos todo el tiempo a todo mundo, que no son ni Trumpistas ni SJWs (los chairos de allá), y que solo quisieran que la política volviera a ser aburrida como antes y seguir con sus vidas. Esa gente va a decidir la siguiente elección allá, y ya se ven algunas señales para ser optimistas.

Pero acá no veo nada parecido. Las pocas voces cuerdas que encuentro son inmediatamente denunciadas y hostigadas. Hoy, en México, o eres un chairo, o un conservador imperialista neoliberal fifí.  Aunque no quieras.



Para entender porqué mi preocupación: