2019-12-10

Quiero mi neoliberalismo como estaba




Se acaba de cumplir el primer año de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México y, aunque ya habrá a estas alturas incontables evaluaciones por periodistas y politólogos profesionales al respecto, quisiera agregar la mía a la lista. Me parece una oportunidad para sintetizar muchas de las ideas que ya están argumentadas aquí en otras partes de AutóMata, ahora señalando algunos ejemplos concretos del México actual. Aún así, creo que habrá mucho material útil para escuchas de otros países, pues mucho de lo que quisiera discutir es aplicable a nivel global y especialmente latinoamericano.

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Como introducción, voy a condensar mucho material que pueden consultar aquí mismo en AutóMata, en los artículos El Opio de los intelectuales, ¿Qué queda de la izquierda?, El centro de la herradura, Chairocracia y Proteger a la democracia. Los puntos principales los puedo agrupar en tres:

Primero, hay que redefinir al centrismo. Casi siempre, se entiende por centrismo la práctica de mirar hacia ambos lados del espectro político, encontrar el punto medio, pararse ahí, y cantar victoria. También casi siempre, esto es percibido por todos como una manera perezosa y/o cobarde de mantenerse en la indefinición política, “ni muy muy ni tan tan”, como decimos en México. Pero el centrismo, como yo lo voy a usar de aquí en adelante, es completamente distinto: se refiere a desacoplar la discusión de políticas públicas de las etiquetas que éstas pudieran tener. En principio, es irrelevante si un argumento es de izquierda o derecha, moderado o extremo, socialista o libertario. Lo que importa son dos cosas: cuál es el argumento y cuál es la evidencia que lo respalda. Su lugar en el espectro político, como lo entiende casi todo mundo, es irrelevante. Hace un siglo era una posición extrema decir que las mujeres deberían poder votar, pero ya no. Así que la percepción de una posición como extrema o moderada me es indistinta; lo mismo que si proviene de un punto de vista socialista, libertario, teológico, anarquista, feminista, o lo que fuere. Sigo queriendo saber las mismas dos cosas: cuál es el argumento, cuál es la evidencia.

Ahora, en la práctica, como la vida es corta y hay argumentos y autores que una vez tras otra demuestran su competencia o falta de ella, hay argumentos que sí voy a mover al frente de la fila de mi consideración y otros que pondré al final usando su etiqueta o su autor. Por morbo o curiosidad acabo leyendo algunos de esos de todos modos, nomás para saber qué creen los idiotas del mundo. A veces hasta salgo sorprendido para bien.

El segundo punto es que el espectro político no es una línea que va de extrema izquierda a extrema derecha, con comunistas de un lado y fascistas de otro. Probablemente no es una línea sino un paisaje de muchas dimensiones, en el que se dan todo tipo de combinaciones de posturas que no encajan en la visión tradicional de izquierda y derecha. Si uno insistiera en una imagen sencilla que reemplazara al espectro izquierda-derecha, esta imagen no sería una línea, sino una herradura: en sus extremos, la izquierda y derecha se juntan, porque creen y quieren muchas de las mismas cosas y ambas están lejos, más que una de la otra, del centro. Al centrismo soso que mencioné antes le tienen desprecio; al que propuse en el punto anterior, le tienen miedo.

La herradura política también es útil para introducir un segundo eje en el que se mueven las posturas políticas: la ideologización de la política. Es imposible llegar llegar a las posturas de los extremos políticos sin algún tipo de ideología, entendida ésta como una visión y comprensión total de cómo funciona el mundo y cómo debería funcionar, a partir de un sistema creado por algún intelectual, político o líder religioso. Los ideólogos creen entender lo que los expertos no, o haber descubierto secretos políticos o humanos que los hacen superiores a la gente común y, sobre todo, a los expertos tradicionales. Una manera rápida de entender lo que digo es que las ideologías son el análogo político de las pseudociencias. El centrismo político al que me suscribo puede resumirse fácilmente como el rechazo a la ideología. Por eso los extremos lo odian tanto: nada es tan molesto para ellos como alguien que hace preguntas específicas sobre lo que creen y por qué, como: ¿cómo lo vas a pagar? ¿puedes dar un ejemplo de cuándo ha funcionado eso antes? ¿qué van a hacer con los que estén en desacuerdo?

El tercer punto que hay que mencionar antes de hablar propiamente de México es algo que yo describiría como empirismo político: la humanidad ya intentó cientos de combinaciones de sistemas políticos, económicos, culturales y religiosos y a estas alturas ya sabemos lo que funciona y lo que no. Los detalles específicos pueden variar de un país a otro, pero básicamente los lugares donde la gente sí quiere vivir tienen un capitalismo fuerte y una república democrática, también fuerte, que le cobra impuestos para financiar un estado de bienestar (educación, salud, seguridad...). Esos países donde la gente sí quiere vivir, esos que uno ve en listas de los más felices, los más libres, los de mayor calidad de vida, todos son así. Los países que explícitamente rechazan ese modelo son los países de los que la gente se sale nadando, y donde nada funciona bien mas que la maldita policía secreta y los campos de concentración. Esto no es una cuestión de opinión: es algo que a estas alturas ya sabemos, porque tenemos los datos.

Entre los países desarrollados, Estados Unidos está a media tabla en muchas medidas porque tiene capitalismo y democracia pero sin estado de bienestar—algo muy parecido a Chile, por cierto—. Suecia y Dinamarca siempre están en los primeros lugares porque tienen mucho de los tres, seguidos de cerca por los otros países nórdicos, Canadá y Australia. Ciento ochenta países más abajo están Venezuela y Corea del Norte porque no tienen ninguna de las tres cosas y activamente se esmeran por no tenerlas.

En la herradura política, el eje ideología-centrismo bien pudiera traducirse a incompetencia-competencia: competencia para implementar el modelo que ya sabemos que funciona y que comunismo, fascismo, anarquismo y demás son incompetentes para implementar por definición, precisamente porque lo rechazan, o al menos alguno de sus elementos fundamentales. En esta visión, ubicar al populismo en el mapa político es fácil, porque se caracteriza por su rechazo a los expertos: expertos de la política y de todo lo demás. Siendo caritativos, su ideología es que una persona cualquiera debería estar a cargo de la política y podría lograr grandes cosas usando su sentido común, si las élites malvadas tan solo se hicieran a un lado y la dejaran. Siendo más duros, la ideología del populismo es la incompetencia y la inexperiencia como virtudes. En cualquier caso, en la herradura está del mismo lado que fascistas y comunistas.

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De los tres ingredientes, México tiene los comienzos de cada uno. La parte capitalista es la que se ha desarrollado por más tiempo, pero aún le faltan elementos básicos como medidas antimonopólicas, sindicatos que realmente protejan a sus trabajadores y, hoy más que nunca, condiciones básicas de seguridad para poder operar en paz, entre otras. Pero el capital humano, los recursos naturales y la inversión a la espera de buenas oportunidades están ahí, latentes.

La democratización del país es lo que más rápido ha avanzado en los últimos 25 o 30 años, aunque eso no es mucho decir porque pasamos de democracia cero a solo un poco. Ya existe una pluralidad de partidos en el poder a todos los niveles de gobierno—cosa impensable en el México de los 70s, digamos—pero, salvo algunos ligeros matices en sus posiciones sociales, gobiernan de la misma manera semi-incompetente y corrupta. Algunas elecciones son impugnadas en cada ciclo, pero básicamente hay confianza de que los votos son contados y, a grandes rasgos, gana el que más votos obtuvo, aunque quizá los haya comprado. En particular, en los últimos años hemos visto algunas instancias de una verdadera separación de poderes, sobre todo con decisiones de la Suprema Corte contrarias a la voluntad del Presidente y el Legislativo (un caso reciente fue la Ley de Seguridad Interior en el sexenio pasado, que fue declarada inconstitucional por la Corte).

El estado de bienestar siempre ha sido raquítico aquí. Aunque todos los que tengan un empleo formal tengan derecho a atenderse en centros de salud pública, esto solo lo hacen quienes viven en la precariedad económica. Quienes pueden pagar por atenderse con privados lo hacen casi sin excepción. La educación es un caso similar, aunque la diferencia entre privado y público está más en el estatus social que en el contenido: en ambos, México está reprobado. Igual que en el resto del mundo, la pirámide demográfica se está invirtiendo lentamente en México y se ha transitado a un sistema individual de ahorro para el retiro, con el pequeño gran problema de que la cultura de ahorro en México es escasa. Cantidades raquíticas del sueldo bruto de un trabajador se destinan automáticamente a su retiro, salud y vivienda a menos que éste voluntariamente las aumente, disminuyendo su ingreso neto mensual. Además, prácticamente la mitad de quienes trabajan en México lo hacen en la informalidad—un eufemismo para la ilegalidad—por lo que muchos no tendrían acceso ni siquiera a estos míseros mecanismos de ahorro y seguridad social y, además, contribuyen poco o nada a la construcción de servicios e instituciones públicas.

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Con todo y lo anterior, México ha logrado mejoras importantes en su camino a salir del subdesarrollo. Si te fuera asignado tu lugar de nacimiento por sorteo y te tocara México, podrías estar mucho peor. La frustración que tenemos los mexicanos es que llevamos décadas—no, quizá todo el siglo pasado—pensando que ahora sí, dentro de poco, al fin vamos a subir de categoría. Sí hay algunas mejoras, pero no nos vemos más cerca de los países desarrollados que antes: la brecha se mantiene. En los tres ingredientes aplican múltiples expresiones mexicanas: “ahí la llevamos”, “ni muy muy, ni tan tan”, “estamos menos peor”, “peor es nada”, “ya merito”. En reportajes extranjeros siempre he notado que se resalta a México por su estabilidad. Para los que estamos adentro, México es establemente mediocre.

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Y entonces, en el verano de 2018, con más del 50% de los votos en elecciones libres y limpias (al menos a nivel presidencial), ganó AMLO en su tercer intento y tras casi 18 años de campaña formal o informal ininterrumpida. Igual que Trump en 2016, AMLO no ganó porque fuera el mejor candidato. Ganó por la frustración general entre quienes habían votado por los otros "mejores" candidatos en elecciones anteriores sin resultado. Yo voté por él en 2006 y 2012, primero convencido de que era el mejor candidato y después como voto de protesta contra el tipo claramente incompetente y corrupto que entonces iba a ganar, Enrique Peña Nieto. En esta última ocasión me pareció claro, dado todo lo que he expuesto arriba y tras ver muchos debates y entrevistas con AMLO previo a la elección, que era necesario votar activamente contra él. Me apreté la nariz y voté por el que entonces iba en segundo lugar. No quedó ni cerca.


Sigo la política en Estados Unidos igual o más que la mexicana, y los paralelos con Trump son extraordinarios y, a veces, AMLO lo supera de manera preocupante. Decía Woody Allen que lo bueno de ser inteligente es que puedes fingir ser tonto cuando te conviene, mientras que al revés es imposible. Trump demuestra lo que pasa cuando un idiota pretende ser un genio; AMLO demuestra lo que pasa cuando ni siquiera lo intenta. Trump cree que es altamente competente cuando no lo es; AMLO de plano dice que la competencia no importa, porque gobernar no tiene ciencia. Trump tiene algunos libros a su nombre, obviamente escritos por alguien más, porque él no puede completar un enunciado hablado ni escrito correctamente y no tiene ideas propias; para desgracia de AMLO, parece ser que sí fue él quien escribió sus libros, plasmando su conspiranoia e ignorancia para la posteridad, con todo y faltas de ortografía. Trump alardea de la genialidad que no tiene; AMLO, de la ignorancia que sí tiene. Para AMLO y su partido, MORENA, la competencia es un corrupto requisito burgués neoliberal.

De hecho, todos los problemas de México son, dice AMLO, por culpa del neoliberalismo. Dudo que él pueda definir el término, aunque en cierto modo ya no importa mucho porque es solo un insulto para la política que no le gusta, que en el caso de AMLO es todo antes de que estuviera él. Basta con decir que su opinión la comparte con fascistas y socialistas por igual. Lo mismo ocurre con la palabra "conservador", que para AMLO significa todos los que quieran preservar lo que había antes de su gobierno (incluyendo todo lo que en otras partes del mundo sería visto como progresista, como las estancias infantiles y refugios para mujeres víctimas de violencia doméstica, ambos ya dejados sin financiamiento).

Sabemos que no conoce el significado de esas las palabras porque él mismo tiene políticas neoliberales y, sobre todo, conservadoras. Los recortes gubernamentales, sean de personal o de financiamiento a programas públicos, son thatcherianos en su neoliberalismo. El uso de recursos públicos para adoctrinamiento religioso es un ejemplo clásico de conservadurismo. En una declaración extraordinariamente reveladora del embrollo que es su mente ignorante y conservadora, culpó al neoliberalismo del aumento en los divorcios. Ya muchos han señalado que sus conferencias de prensa son básicamente homilías, con todo y referencias religiosas explícitas y comparaciones de sí mismo con Cristo.

La lista de desaciertos en AMLO, su gabinete y sus seguidores es interminable. Lo más preocupante para mí ha sido su constante descalificación de la prensa y el desprecio por el conocimiento y quienes lo poseen, especialmente científicos e intelectuales. Eso, y que no parece haber un plan coherente en lo que hace. Cuando los socialistas se proponen arruinar un país, al menos tienen un plan. AMLO es tan incompetente que ni siquiera es socialista.

Pero bueno: ¿tras todo esto, estamos más cerca de completar los tres ingredientes con AMLO? ¿Será, quizá, el genio que juega ajedrez en cuatro dimensiones como sus sicofantes alegan? Al menos con Trump, por mérito suyo o no, la economía de E.U. ha crecido en cada año que él ha estado. Acá no hay señales de que las cosas vayan bien: ni a la mediocridad anterior, eso que yo quise preservar con mi mediocre voto, llegamos ahora. El 2% de crecimiento anual que teníamos es ahora 0% (si tomamos en cuenta el crecimiento de la población en lo que va del año, ya estamos en números negativos). Tras haber prometido en campaña 6% de crecimiento anual, luego revisarlo a la baja a 4% ya en el poder, ahora AMLO pide más tiempo y, para colmo, dice que no importa el crecimiento y que ahora la riqueza está mejor distribuida, gracias a su incansable lucha contra la corrupción (¿cuál?) y la mejor distribución de la riqueza (repartiendo dinero).

(Un pequeño experimento con una calculadora y un poco de imaginación ayuda a entender por qué esto es ridículo: si tomáramos los 60 mil millones de dólares de Carlos Slim, hombre más rico de México, los convirtiéramos a pesos suponiendo 20 pesos por dólar y los repartiéramos entre 120 millones de mexicanos, ¿cuánto nos tocaría? Respuesta: un pago único de 10 mil pesos, o 830 pesos al mes por un año. Es mejor que nada, pero nadie va a salir de la pobreza con eso, y además se habrán creado muchos pobres más, empezando por el mismo Slim y sus (des)empleados, en México y más allá. Redistribuir no es sustituto para crecer, y la igualdad económica no sirve de nada si es igualdad de miseria.)

Por el lado de la república democrática que le cobre impuestos a esa magra economía las cosas no se ven bien tampoco, porque AMLO, supuestamente de izquierda, se niega a aumentar impuestos. Y menos cuando su jefe de gabinete es uno de los principales contratistas de su propio gobierno (y de los anteriores, esos corruptos neoliberales que nada hacían bien). Ya tuvimos dos ejemplos de votaciones en el Legislativo en las que se siguió la línea directamente marcada por el presidente: la presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos fue votada (con fraude) a pesar de violar la ley claramente: es abiertamente aduladora del presidente y militante de MORENA, partido de AMLO. Y para la Suprema Corte AMLO mandó, y logró que se aprobara, ¡a la abogada del antes mencionado jefe de gabinete contratista! Eso no es separación de poderes...

En el estado de bienestar, tenemos la abierta simulación, en el mejor de los casos. AMLO se ha enfocado a desmantelar los programas que realmente funcionaban y ayudan gente (como las antes mencionadas estancias infantiles y los albergues para mujeres violentadas), pero al mismo tiempo reparte dinero en una estrategia que hasta un populista reconocería como compra de votos a la antigua: hoy te doy una limosna, mañana votas por mí. La estrategia es igual que la de Chávez en Venezuela: que los pobres sigan pobres, pero contentos.

Ilustración: Víctor Solís en Nexos.

El de por sí preocupante número de homicidios llegará este año a un máximo histórico de 34,500, unos 29 homicidios por cada 100 mil habitantes. Para comparar, en Estados Unidos, ese país loco con más armas que habitantes y tiroteos en escuelas, en 2018 se tuvieron 16,000 homicidios repartidos entre 330 millones de habitantes, dando una tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de 5. Así que, por la parte de seguridad, el bienestar no va a llegar tampoco.

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Sé de muchas personas, algunas nada tontas, que votaron por AMLO y ya están arrepentidas. Algunas pocas todavía se aferran, o reconocen los desaciertos pero inventando pretextos, como que iba a ser igual con los otros candidatos o que AMLO necesita más tiempo. Como sea, su popularidad ha bajado muy poco a poco y todavía se mantiene por arriba del 60%. He escuchado a varios analsitas decir que AMLO es un genio de la comunicación, cosa que explica su popularidad relativamente estable. A mí esto me parece ridículo. Una cosa es que sea un genio de la comunicación política, y otra es que haya millones de personas igual de tontas e ignorantes que él, que en México sobran: los chairos, que básicamente ya no tienen remedio y constituyen el voto duro de AMLO, usualmente de un 25 a 30%, unidos a gente simplemente desinformada. Se entiende: Trump nomás no baja de un 35 a 40% tampoco. Y eso que es Trump.

En fin, creo que ahora solo queda prepararse para la siguiente ronda de elecciones, en 2021, y siempre teniendo en mente los ingredientes necesarios: capitalismo, república democrática, estado de bienestar. Ante todas las políticas propuestas por los candidatos, la pregunta siempre debería ser qué tanto nos acercan o nos alejan de avanzar en esos tres rubros. Todos los votos son voto útil.

AMLO tipo estuvo jode y jode y jode por 18 años con que él sabía qué hacer, y resulta que llegó al trabajo a pedir tiempo para aprender. A estas alturas ya está claro que los corruptos neoliberales, sea lo que sea que signifique eso, eran los menos peores. Si hubieran ganado la presidencia México hubiera seguido básicamente igual, jodido, pero cada vez menos. Venezuela es el ejemplo más reciente y claro de que siempre se puede estar peor. ¿Qué pensarán del neoliberalismo allá por estos tiempos, que no les alcanza ni para el alambre de púas?

Tomado del monero Calderón.