2016-08-17

Evolución para Necios

Un aspecto curioso de la teoría de la evolución es que todo mundo cree que la entiende.
—Jacques Monod

Especialmente los que la niegan. Y es sorprendente la ignorancia voluntaria de los creacionistas, nacida de su necedad y cerrazón (auto)impuestas por su deshonestidad intelectual o, dicho por otro nombre, fe. Y es que han logrado hacer de mentirse a sí mismos una virtud, siempre que se haga con fervor. Hay un debate constante entre científicos y el público científicamente culto acerca de qué tan útil o inútil, o qué tan necesario o innecesario es el debatir con estas personas. ¿Debería un matemático tomarse tiempo para debatir sobre numerología? ¿Cuánto tiempo se le daría en una clase de historia a un neonazi, en pro de "escuchar el otro lado del debate"? Y sin embargo, lo equivalente a estas situaciones es la norma en salones de biología de la Unión Americana, por no decir nada de Medio Oriente y África; en muchos otros lugares, el laicismo ha logrado mantener la superstición tensamente fuera de las aulas, resistiendo embates constantes de alumnos y, sobre todo, sus padres.

Un paso previo a entrar en el debate de cómo manejar la situación es entender de qué estamos hablando, y para eso el libro de Coyne es el primero en la lista de lo que debería ser lectura obligada para alguien científicamente competente (otros son The Extended Phenotype de Dawkins y, por supuesto, The Origin of Species de Darwin). Coyne tiene otro volumen (Faith Versus Fact; La Fe en contra de Los Hechos) dedicado al conflicto entre ciencia y religión, que probablemente estaré discutiendo aquí también en algún punto. Ese libro nació de la reacción que recibió de Why Evolution is True (Por qué la evolución es cierta). En gira promoviendo el libro allá por 2009, Coyne expuso caso tras caso como el siguiente:
Uno de los peores diseños de la naturaleza es demostrado en el nervio laríngeo recurrente de los mamíferos. Corre desde el cerbro hacia la laringe, ayudándonos a hablar y tragar. Lo curioso es que es mucho más largo de lo que debería ser. En vez de tomar la ruta directa del cerebro a la laringe, que es como un pie [30 cm] en humanos, el nervio desciende hacia el pecho, se envuelve en la aorta y un ligamento derivado de una arteria, y luego sube de nuevo ("recurre") para conectar con la laringe. Acaba siendo tres pies [90 cm] de largo. En las jirafas el nervio toma un camino similar, pero a lo largo de todo el cuello largo y de vuelta: ¡una distancia quince pies [5 metros] mayor que la ruta directa! Cuando supe de este extraño nervio por primera vez, tuve problemas para creerlo. Queriendo verlo por mí mismo, reuní el valor para ir al laboratorio de anatomía humana e inspeccionar mi primer cuerpo. Un profesor complaciente me mostró el nervio, trazando su camino con un lápiz desde el torso y de regreso a la garganta.
Ilustración tomada del artículo en Wikipedia.

El trayecto sumamente ineficiente y caprichoso de este nervio es un misterio de la naturaleza—a menos, claro está, que se entienda que la evolución hace modificaciones sobre lo que ya existe y, si lo que ya existe es una serie de arcos branquiales de nervios y arterias en peces, pues el camino del cerebro a la mandíbula pasa a lo largo del sexto arco branquial, justo detrás de la cabeza. En los peces, el camino más directo del cerebro a la laringe es alrededor de la sexta arteria branquial, porque no tienen cuello. Interminables modificaciones a través de millones de años no han borrado esta herencia de los peces modernos ni de sus descendientes (entre ellos nosotros).

El volumen de Jerry Coyne, profesor emérito de biología en la Universidad de Chicago (recién jubilado), está repleto de este tipo de ejemplos de todo el mundo animal y humano, prehistórico y actual. Coyne no se anda con diplomacia acerca de la negación y necedad de los creacionistas, a los que pareciera ir clavando alfileres de evidencia y argumentos como a un muñeco vudú en cada página.  Su estilo es perfectamente ameno y a veces hasta casual; uno podría bajar la guardia y pensar que está tomado de charlas preparadas para estudiantes de preparatoria. Pero además de ser un ejemplo difícil de superar en cuanto a claridad y entusiasmo por el tema, el conocimiento enciclopédico de Coyne está documentado con decenas de notas, referencias separadas por capítulo, un glosario y una amplia bibliografía, tanto técnica como divulgativa.

En nueve capítulos llenos de información (y humor) Coyne repasa desde el significado científico del término "teoría" hasta ejemplos extremos del éxito (o fracaso) de las especies para adaptarse. El mecanismo principal que propulsa la evolución es la selección natural, explicada por Coyne así:
La idea de la selección  natural no es difícil de entender. Si individuos dentro de una especie tienen diferencias genéticas entre ellos, y si algunas de esas diferencias afectan la habilidad de los individuos para sobrevivir y reproducirse en su entorno, entonces habrá una proporción mayor de "buenos" genes que ayudan a mayor supervivencia y reproducción en la siguiente generación, mientras que habrá relativamente menos genes "malos". A través del tiempo, la población se adaptará más y más a su entorno a medida que mutaciones provechosas surjan y se propaguen por la población, mientras que las mutaciones dañinas se depurarán. A la larga, este proceso produce organismos bien adaptados a sus hábitats y modo de vida.
Existe otro mecanismo, el de la deriva genética, que puede producir algunas variaciones en poblaciones a lo largo del tiempo en forma de fluctuaciones estadísticas. Pero el principal motor del cambio de las especies a lo largo del tiempo es su respuesta a las presiones que reciben de su entorno.

La cantidad de distorsiones y simples mentiras alrededor de la evolución es asombrosa y Coyne pasa por cada una con paciencia y franqueza. Por ejemplo, volviendo a la noción de una teoría en la ciencia, clarifica que una teoría es un conjunto de ideas coherentes, consistentes y bien establecidas que explican lo que se observa en la realidad. No es, como dicen muchos, una simple corazonada o pedrada intelectual. Yo diría que es como la noción que se tiene de la teoría musical: el hecho de que se puedan estudiar estructuras armónicas, melodías e intervalos musicales con papel y lápiz no significa que la música sea algo que pudiera o no ser cierto. Hay algo que existe, y hay ideas que explican qué es y cómo funciona: esas son "la teoría".

Una vez que una teoría muestra promesa en lo abstracto, es momento de ponerla a prueba en el mundo real. Darwin no tuvo acceso a los miles de fósiles que se han encontrado en el último siglo, ni a la datación radiométrica, ni mucho menos al mecanismo molecular de ADN que explica cómo se originan los cambios en los individuos de una población en primer lugar, pero aún así su idea le valió numerosas predicciones acertadas que Coyne documenta y complementa: los fósiles homínidos más antiguos están en África; ha habido 49 instancias independientes de la aparición de ojos en la naturaleza; existen características vestigiales en prácticamente todos los organismos (apéndices inútiles en nosotros, caderas en serpientes); las especies más íntimamente relacionadas provienen de áreas geográficas cercanas (hay fósiles de marsupiales antiguos en la Antártida); el ADN de especies morfológicamente similares es similar (como la coincidencia de 98.5% en las bases de ADN de humanos y chimpancés); los machos más vistosos en especies con dimorfismo sexual gozan de mayores tasas de reproducción a pesar del costo de su ornamentación; distintas especies evolucionan de forma convergente; las bacterias resiten cada vez más a los antibióticos y las hierbas a los herbicidas...

*   *   *

"Pueden encontrarse religiones sin creacionismo, pero nunca se encuentra creacionismo sin religión." La principal razón que dan los mismos negadores es un temor expresado por el filósofo Michael Ruse, citado por Coyne:
Nadie pierde el sueño pensando en la completitud del registro fósil. Mucha gente da vueltas en la cama preocupadas por el aborto, las drogas, el declive de la familia, el matrimonio homosexual y las demás cosas opuestas a sus supuestos 'valores morales'.
Otro filósofo, esta vez el creacionista Nancy Pearcey, lo dijo más claro:
¿Por qué el público está tan preocupado por una teoría biológica? Porque la gente intuye que hay mucho más en juego que una teoría científica. Saben que cuando se enseña la evolución natural en el aula de ciencias, entonces se enseñará una visión natural de la ética en el salón de junto, y en el salón de sociología, y en la familia, y en todas las áreas.
Y tiene razón... ¡ese es el objetivo! Pero no tiene razón en tener miedo; millones de personas ya vivimos vidas completamente libres de lo sobrenatural y, en general, de la superstición. En particular, si lo que se quiere es enseñar la ciencia como es, debe enseñarse con todo y el naturalismo materialista con el que opera. Ya he argumentado antes (y Coyne está de acuerdo) que la ciencia y la religión están explícitamente contrapuestas y, cada vez que chocan, la ciencia gana... como debería, porque casi siempre tiene razón y la religión nunca la tiene. Coyne lo puso de otro modo, aunque no en este libro: la ciencia no tiene nada qué aprender de la religión, porque el conocimiento no tiene nada qué aprender de la superstición. La interacción entre ciencia y religión no debería ser un diálogo constructivo, sino un monólogo destructivo.

Las visión materialista de la ética, del sentido de la vida, y de nuestro lugar en el Universo y en la sociedad es tema para otros ensayos, que pronto comenzaré a redactar. Basta por ahora decir que, cualquiera que sea la visión materialista del mundo, ya tiene ventaja sobre las visiones dualistas por el simple hecho de basarse en aceptar el mundo como realmente es, y no como (algunos) quisieran que fuera.



Sitio de Jerry Coyne:           http://whyevolutionistrue.wordpress.com/
Sitio dedicado al tema:        http://talkorigins.org/
Árbol de la vida interactivo: http://www.onezoom.org/

2016-08-09

La (Primer) Tormenta de Acero

Soldados británicos atacando 'por arriba' en la Batalla del Somme.
Hay una cantidad de destrucción y violencia que los humanos ya no podemos visualizar, de igual manera que no podemos imaginar distancias o tiempos más allá de los que estamos acostumbrados en nuestra vida diaria. Quizá Stalin tuvo razón cuando dijo "La muerte de una persona es una tragedia; la de millones, una estadística." Algo tiene el relato personal de la tragedia que la hace más viva que el simple conteo final de muertos y heridos. Existen muchos libros en esta tradición de documentación de las catástrofes humanas y, en particular, de la guerra. Entre ellos, Storm of Steel (In Stahlgewittern, o Tormenta de Acero) de Ernst Jünger es un documento único: a diferencia de los cronistas y novelistas de la Primera Guerra Mundial como Remarque (alemán), Gibbs o Graves (ingleses), Jünger relata directamente el qué y el cómo de las cosas, sin mencionar o cuestionar, en una sola ocasión, el porqué.

La destrucción desatada entre 1914 y 1918 fue de tal escala que llevó a una contemplación mundial sobre el propósito de toda la guerra en sí, y terminó por fin con la noción romántica, muy del siglo XIX, de una guerra gloriosa por la que todo joven debía pasar si es que deseaba ser hombre. Jünger resiste comentarios al respecto de la ética o la política del conflicto y simplemente relata, a manera de un diario extremadamente pulido, lo que le tocó vivir desde que llegó al Frente Oeste por primera vez en enero de 1915, unos cinco meses después de que hubiera iniciado la guerra.

Un libro como este, personal y anecdótico, es muchas veces más efectivo en cuestiones de comunicar el desastre humano que fue la Primera Guerra Mundial a comparación de las cifras por sí solas: 38 millones de muertos y heridos rebasan toda la imaginación, hasta que relatores como Jünger nos dan lujo de detalle de decenas de ellos, incluyéndolo a él mismo: sobrevivió el conflicto a pesar de recibir cinco disparos, dos lesiones por ojivas de artillería, una munición antipersonal (shrapnel, o esquirlas), cuatro lesiones por granadas de fragmentación y dos impactos de balas fragmentadas que encontraron sus objetivos en otros de sus compañeros.

El primer encuentro de Jünger con la muerte fue pasivo, en forma de los cuerpos de soldados enemigos en una zona que recién capturaron:
...me ubiqué en una posición a la orilla del bosque previamente controlado por los franceses. Un olor algo dulce y un bulto atrapado en el alambre de púas llamaron mi atención... salí de la trinchera y encontré un cuerpo francés encogido. Piel como de pescado con hongos se veía entre las rasgaduras del uniforme. Dando la vuelta, me eché para atrás con horror: junto a mí, había otra figura acurrucada junto a un árbol. Todavía tenía un reluciente arnés francés y una mochila completamente equipada. Ojos vacíos y poco cabello en el cráneo azulado indicaban que hacía tiempo que este hombre no estaba entre los vivos. Había otro, sentado, echado hacia el frente hacia sus pies, como si acabara de colapsar. En todo alrededor había docenas más, podridos, secos, tiesos y momificados, congelados en la muerte. Los franceses debieron haber pasado meses entre sus camaradas caídos sin enterrarlos.
Soldado francés como el primero que encontró Jünger (este cayó en Verdun).
Los soldados de todos los frentes tuvieron que luchar entre los muertos por necesidad: primero, retirar los cadáveres ante el constante fuego de artillería y ametralladoras era una manera segura de convertirse en cadáver uno mismo; segundo, enterrar los cuerpos era un ejercicio completamente inútil porque las constantes municiones de artillería y granadas los acabarían por desenterrar y regar sus fragmentos por doquier de todos modos; tercero, podían servir de escudos contra las balas; y cuarto, los mismos soldados, al avanzar poco a poco sus posiciones, cavaban nuevas trincheras y acababan por desenterrar todo ellos mismos. Jünger, al igual que los franceses e ingleses del Frente Oeste, se encontraron con que cada vez que cavaban sus laberintos el suelo estaba repleto de los restos de sus compañeros y enemigos en distintos estados de descomposición. Cada vez que un ejército era despedazado por artillería, sus soldados se convertían en composta que encontraría el siguiente ejército, y el ciclo se repetía docenas de veces en unos pocos kilómetros cuadrados.
Mecanismo de las ojivas antipersonal.
Los muertos eran, muchas veces, solo parte del problema. Además, los soldados en las trincheras se enfrentaban a las constantes lluvias en la frontera franco-alemana y a los ejércitos de ratas y piojos que acompañan a los ejércitos de humanos. Frecuentemente, había que luchar en agua hasta el pecho dentro de las trincheras (podían ser de 3 a 4 metros de profundo), y era común ver ratas nadando alrededor, tal vez llevando una mano o un pie a su madriguera. Durante los ataques con gas, muchas de estas ratas y otras alimañas quedaban muertas por el cloro o fosgeno y se convertían a su vez en focos de infección.

Artillería inglesa (ojivas de 60 libras).
Pelear al lado de los muertos, tanto compañeros como enemigos, es un tema recurrente de la Primera Guerra Mundial. Diría que es el tema principal, de no ser por la situación que le da el título al libro: una vez que Jünger llega al frente, difícilmente pasa más de una página sin que se encuentren bajo ataque de artillería enemiga, o contemplando un ataque lanzado por su propia artillería. Ojivas de altos explosivos y antipersonal caían constantemente, a ritmos que son inimaginables para nosotros hasta usar algo de aritmética. Como ejemplo, en la Batalla de Somme, donde participó Jünger, los ingleses dispararon hacia ellos 1.5 millones de proyectiles en los 5 días previos a la batalla, como "preparación", y otros 250 mil más el día 1 de julio de 1916, antes del avance de la infantería. Va de nuevo: cayeron tres proyectiles sobre las posiciones alemanas cada segundo, durante seis días, y entonces comenzó la batalla. (Al final de ese primer día hubo 20 mil muertos ingleses y 10 mil alemanes; la batalla duró cuatro meses más).

Batalla de Somme, tropas inglesas. A los 2 minutos se ven dos ataques 'por arriba' desde las trincheras y se observa soldados que colapsan inmediatamente, alcanzados por fuego de ametralladora o francotiradores. (La música, para quienes les interese, es el Pie Jesu del Requiem de Andrew Lloyd Webber.)
La cantidad total de proyectiles de artillería lanzados en la guerra es incalculable; he visto aproximaciones que van desde 500 millones y hasta 1,000 millones de ojivas de artillería lanzadas entre ingleses, franceses y alemanes (un cálculo rápido usando la última cifra da 28,538 ojivas por hora durante los cuatro años del conflicto). Hasta el día de hoy, millones de proyectiles "bobos" que no explotaron al hacer impacto hace cien años siguen en los campos franceses y han provocado cientos de muertes de civiles desde entonces; se han designado áreas de cientos de kilómetros cuadrados donde hoy el acceso es completamente prohibido.



Por si no fueran suficientes los embates del enemigo y los elementos, una cantidad incalculable de soldados murieron de manera absolutamente inútil en accidentes e instancias de fuego amigo. Jünger comenta que una noche uno de sus compañeros, que andaba paseando por las trincheras, recibió disparos de sus propios soldados porque no pudo decir la contraseña cuando se le pidió: era tartamudo. En otra ocasión, otro soldado regresó después de salir armado hasta los dientes en busca de enemigos sin encontrar ninguno; se estaba vaciando los bolsillos cuando el seguro de una de tantas granadas que llevaba se atoró dentro de su pantalón y quedó hecho pedazos.  En otro incidente, en medio de una batalla nocturna entre alemanes y franceses, en la que nadie estaba seguro de quién era quién, un alemán quiso lanzar una bengala para poder ver a sus compañeros y enemigos y ayudarlos a luchar o escapar. El problema fue que se equivocó y lanzó una bengala roja en vez de blanca, y esto fue una señal a su propia artillería de dónde dirigir el fuego; acabó por matar docenas de sus propios compañeros.

Jünger no se guarda detalles de lo que vivió en casi cuatro años expuesto a estos horrores, y es por esto que su relato ha oscilado tanto entre la alabanza y la censura. Pasajes como el siguiente le valieron ser etiquetado de sensacionalista, pero (como podrán ver un poco más abajo) probablemente estaba ejerciendo una mesura incalculable:
Recibimos disparos desde un fortín integrado a la trinchera, y entonces salimos por la escalera más cercana para poder ver bien. Mientras intercambiábamos fuego con los ocupantes, uno de nuestros hombres cayó plano como si hubiera recibido un golpe de un puño invisible. Una bala había perforado su casco e hizo un surco a lo largo de su cráneo. A través de la lesión pude ver su cerebro subir y bajar con cada palpitación, y sin embargo fue capaz de regresar por sí solo. Tuve que recordarle que dejara su mochila, y le imploré que se fuera despacio y tuviera cuidado.

Con horrores como esos siendo cotidianos, la medicina tuvo que avanzar rápidamente; en particular, la cirugía plástica se volvió indispensable. Asomar la cabeza por encima de una trinchera ante el fuego de ametralladoras y francotiradores lo exponía a uno a quedar horriblemente desfigurado en caso de sobrevivir a un disparo. Además, y quizá lo más novedoso de este conflicto, los soldados quedaron traumados por completo; miles de hombres jóvenes, que no habían recibido un solo disparo, acabaron dementes por la cantidad astronómica de municiones de artillería dirigida hacia ellos.

Lesiones físicas y psíquicas de la guerra (imágenes fuertes).
En lo poco que se filtra de la Guerra hacia el público en general, hay algunos relatos esperanzadores de soldados intercambiando bienes en Navidad, o quizá cooperando para permitir la retirada de muertos y heridos por médicos y equipos con camillas. Jünger confirma algunos de estos destellos de humanidad entre la barbarie del conflicto, y reproduzco uno protagonizado por él mismo, casi al final de la guerra, en el infierno de la Segunda Batalla de Somme:
Entonces vi a mi primer enemigo. Una figura en uniforme café, aparentemente lesionado, agachado a unos 20 pasos en medio del camino maltrecho, sosteniéndose con sus manos en el suelo. Di la vuelta hacia él, y nos vimos el uno al otro. Vi que brincó cuando me le acerqué, y me vio con ojos desorbitados, mientras que yo, con mi cara tras mi pistola, lo aceché lenta y fríamente. Ocurriría una escena sangrienta sin testigos. Era un alivio para mí finalmente tener un enemigo enfrente y a mi alcance. Puse el cañón contra su sien—él estaba paralizado con miedo—y con la otra mano lo tomé de su túnica, sintiendo sus medallas e insignias. Un oficial; debió tener un puesto de mando en estas trincheras. Con un sonido lastimero sacó de su bolsillo no un arma, sino una fotografía que sostuvo ante mí. En ella lo vi rodeado de sus familiares, sobre una terraza.

Fue una plegaria desde otro mundo. Más tarde, pensé que fue mera suerte que lo dejara ir y me fuera por mi camino. Ese hombre es el que más seguido aparece en mis sueños. Espero que eso signifique que logró ver su patria de nuevo.
Ernst Jünger (1895-1998).


2016-07-12

Lo que no es la Relatividad

Es muy difícil admitir que uno no sabe o no entiende algo. Requiere práctica, y frecuentemente el que lo ha logrado ha sido porque ha pagado el precio por haber hecho de cuenta que sabía cosas que no sabía, usualmente en forma de humillación ante alguien que sí las sabía. Algunas veces uno puede ingeniárselas para disimular y parecer enterado de cómo funcionan las cosas, sobre todo si hay convenientes aforismos o dichos que parezcan asociados a lo que uno no entiende. ¿Marxismo? La religión es el opio del pueblo. ¿Evolución? Pues que venimos del mono. ¿Alemán? Ah sí, un lenguaje muy difícil. ¿Diabetes? Pues da por comer mucha azúcar… El problema es que la realidad es mucho más complicada de lo que puede explicarse en una frasecita de galleta de la fortuna o, si se pudiera poner en dicha frase, sería por una de dos razones: o se usan tecnicismos incomprensibles, o se dicen falsedades.

Es en esta última categoría que cae el dicho "Todo es relativo", supuestamente consecuencia de la famosa teoría de Albert Einstein. Resulta no solamente que Einstein nunca dijo tal cosa, sino que además ello es una mutilación grotesca de lo que sí trata dicha teoría. Algunas fuentes que tengo a la mano al respecto son las siguientes:
  • Carroll, Sean M.: Spacetime and Geometry (2009)
  • Einstein, Albert: Mi Visión del Mundo (1980)
  • Einstein, Albert: La Gran Ilusión (editado por Stephen Hawking) (2007)
  • Feynman, Richard P.: Six Not So Easy Pieces: Einstein's Relativity, Symmetry and Spacetime (1997)
  • Isaacson, Walter: Einstein, His Life and Universe (2007)
  • Russell, Bertrand: The ABC of Relativity (1925)
  • Schutz, Bernard: A First Course in General Relativity (2009)
  • Wald, Robert M.: General Relativity (1984)

El ABC de Russell lo tengo en electrónico.

Estos volúmenes abarcan más de 3280 páginas acerca de Einstein y la Relatividad. En ellos aparecen algunas menciones del "significado" de la teoría, y solo una incluye la frase "todo es relativo" (la veremos más abajo). Como una muestra representativa, primero aquí está Russell, gran filósofo, matemático y escritor, hablando del impacto y significado de la teoría:
Las consecuencias filosóficas de la relatividad ni son tan grandes ni tan sorprendentes como a veces se piensa. Da poca iluminación a las controversias legendarias, como las hay entre el realismo y el idealismo. Algunas personas creen que apoya la visión de Kant de que el espacio y el tiempo son "subjetivos" y que son "formas de intuición". Creo que esta gente ha sido engañada por la forma en que los autores hablan sobre "el observador" en la teoría. Es natural pensar que un observador es un ser humano, o al menos una mente; pero es igual de posible que sea una placa fotográfica o un reloj. Esto es, que los resultados curiosos entre un 'punto de vista' y otro, usan un sentido de 'punto de vista' que igualmente se aplica a personas que a instrumentos físicos. La 'subjetividad' de la teoría es una subjetividad física, que existiría de todos modos si no hubiera tal cosa como mentes o sentidos en el mundo.

Cuando los hombres comenzaron a razonar, trataron de justificar las inferencias que habían hecho en días anteriores sin pensar. Una gran cantidad de mala filosofía y ciencia resultaron de esta propensidad. "Grandes principios", como la "uniformidad de la naturaleza" y la "ley universal de causa y efecto" son intentos de reforzar nuestra creencia de que lo que ha pasado antes volverá a pasar, lo cual no está mejor fundado que la creencia del caballo de que uno dará vuelta donde uno usualmente lo hace. No es, en general, muy fácil ver qué reemplazará a estos seudo-principios en la práctica de la ciencia; pero quizá la Teoría de la Relatividad nos da un vistazo de lo que pudiéramos esperar. La causación, en el sentido antiguo, ya no tiene lugar en la física teórica*. Hay, por supuesto, algo más que ocupa ese lugar, pero el sustituto parece tener una mejor base empírica que el viejo principio que ha desbancado.
(*Es interesante que en este caso Russell se refiriera a que la causación, en el sentido de eventos que ocurren antes que otros y por lo tanto los causan, quedara derogada. Efectivamente sí, el orden de los eventos puede ser alterado dependiendo de dónde esté y cómo se esté moviendo uno. Pero hay otro sentido, más profundo y abstracto aún, que comienza a predominar en la física moderna: que no existen las causas y efectos, sino solamente los patrones que siguen leyes. De la misma manera que los números "1", "2" y "3" no "causan" en ningún sentido al "4" que les sigue, así meramente las acciones de los objetos se ramifican según los patrones que permiten las leyes más fundamentales de la física.)

En cuanto a que si "todo es relativo", el legendario Feynman tuvo esto que decir al respecto de lo que otra gente, en especial los filósofos posmodernistas, entendían (o fracasaban en entender) de la teoría:
Poincaré hizo la siguiente declaración acerca del principio de la relatividad: "De acuerdo al principio de la relatividad, las leyes de los fenómenos físicos deben ser las mismas para observadores fijos y observadores en movimiento uniforme respecto a los anteriores, de modo que no tenemos, ni podemos tener, una manera de saber si estamos moviéndonos de dicha manera."

Cuando esta idea descendió al mundo, provocó gran conmoción entre los filósofos, particularmente aquellos filósofos de fiestas de cocteles, que dicen, "Oh, pero si es muy simple: ¡la teoría de Einstein dice que todo es relativo!" De hecho, muchos filósofos, y no solo los de las fiestas de coctel, dirán: "Que todo es relativo es una consecuencia de Einstein, y esto tiene consecuencias profundas sobre nuestras ideas. Por ejemplo, ha sido demostrado por la física que las cosas dependen del marco de referencia de uno." [...] Se supone que esto ha tenido un efecto profundo en el pensamiento moderno, pero uno se preguntaría por qué si, después de todo, que las cosas dependen del punto de vista que se tenga es una idea tan simple que seguramente no era necesario pasar por tanto problema en desarrollar la teoría de la relatividad física para probarlo. Que lo que uno ve depende de dónde se esté es obvio para cualquiera que camine por la calle hacia otra persona y después de pasarla la vea de espaldas. En la filosofía que dice emanar de la relatividad, no hay nada más profundo que la declaración "La gente se ve distinta por delante que por detrás."
Feynman siempre tuvo cierto desdén por la filosofía y quizá el caso de la apropiación de la Relatividad por parte de ésta le diera algo de razón esta vez. Pero si hay algo que quisiera enfatizar de estos dos extractos es lo siguiente: la Relatividad es una teoría acerca de cómo es el mundo físico. Trata de velocidades, momentos, tiempos, masas, trayectorias, y todo lo que tradicionalmente uno asocia con los bloques en planos inclinados y poleas sin fricción que se estudian en la preparatoria. No nos dice nada—ni aspira a hacerlo—acerca de cómo deberían ser nuestras sociedades, ni nuestra ética, ni la economía, ni la metafísica ni nada más. Es una explicación de cómo el mundo físico es; no de cómo la humanidad debería ser. (Este problema le sucede en mayor grado aún a la Evolución de Darwin, pero ese es otro artículo.)

Dice la leyenda que, después de que verificó empíricamente la predicción de Einstein sobre la desviación de las estrellas alrededor de un eclipse solar total, a Arthur Eddington se le preguntó si era cierto que solamente tres personas en el mundo entendían la teoría de la Relatividad. Él contestó con una pregunta: "¿Y quién es el tercero?" Lo dijo en broma (bien sabía que la teoría era entendida y estudiada por varias personas, algunas de las cuáles le pisaban los talones a Einstein), pero al parecer la impresión sobre el mundo fue que era algo de lo más incomprensible. Habiendo completado la teoría después de más de una década, Einstein fue catalogado (merecidamente) como un genio y prácticamente convertido en un oráculo por la comunidad científica y el público en general. Pero al parecer hubo un segmento de la comunidad intelectual, al que se refirió Feynman en el pasaje de arriba, al que tal fama no le cayó tan bien. La conjunción de la abstracción y tortuosas matemáticas de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, junto con sus respectivas docenas de decimales de precisión y predicciones acertadas, aparentemente fueron demasiado para algunos "intelectuales" fuera de las ciencias (la Mecánica Cuántica es para otro artículo aparte también; ya está en mi agenda, créanme).

Ansiosos de demostrar que la ciencia siempre iba por detrás de lo que sus intelectos siempre habían sabido, estos (pseudo)intelectuales se apresuraron por apropiar e interpretar los resultados de la física no solo como si los entendieran, sino como si siempre les hubieran parecido obvios. En otro contexto, Noam Chomsky identificó esta envidia de ciertos intelectuales hacia la ciencia y, en particular, hacia la física (no traduje el clip completo, pero lo pueden ver por sí mismos):


Hay una categoría de intelectuales que, hasta donde uno puede ver, parecen perfectamente sinceros pero, si nos fijamos desde fuera en lo que realmente están haciendo, están usando palabras polisilábicas y construcciones complicadas—que aparentemente ellos parecen entender cuando hablan entre sí (yo no entiendo de qué hablan a pesar de que se supone que están en mi área)—y todo está muy inflado, y hay mucho prestigio y todo lo demás. Esto tiene efectos terribles en el tercer mundo; en el primer mundo, realmente no es importante si hay mucha palabrería en los cafés parisinos o en los departamentos de Literatura Comparativa en Yale. Pero en el tercer mundo, los movimientos populares realmente necesitan un liderazgo intelectual fuerte, y si los intelectuales se la pasan ululando absurdos posmodernistas, pues se van a acabar esos movimientos. Y bueno, está esa categoría y se le considera muy de izquierda y de vanguardia. Algunas cosas que dicen realmente tienen sentido, pero cuando las reproduces en lenguaje monosilábico, son solamente trivialidades.
[…]
Son difíciles de entender. Digo, son lindas personas. Muchos son mis amigos. Si ves lo que está pasando, creo que es fácil ver lo que es: supón por un momento que eres un experto literario en alguna universidad de élite, o un antropólogo o lo que sea; si haces tu trabajo con seriedad, pues está bien, pero no te darán grandes premios por ello. Por otro lado, volteas a ver al resto de la universidad y ves a los cuates del departamento de Física y el de Matemáticas, y tienen teorías complicadas que nadie más entiende, pero ellos sí. Y tienen principios, y deducen cosas complicadas de esos principios, y los verifican con experimentos y encuentran que funcionan o no… y eso es algo muy impresionante. Y piensas que tú quieres ser así también: entonces queremos tener una teoría en las humanidades—antropología, literatura—y hacemos una rama que se llama Teoría. Y decimos “Somos como los físicos. Ellos hablan incomprensiblemente, nosotros hablamos incomprensiblemente; ellos tienen palabras grandes, nosotros tenemos palabras grandes; ellos deducen conclusiones profundas, nosotros deduciremos conclusiones profundas; nosotros somos tan prestigiosos como ellos.” Y si los científicos se quejan de que lo que hacen en las humanidades no es ciencia, pues entonces eso es sexismo blanco burgués imperialista o lo que sea.
Creo que Chomsky describió lo que comúnmente se conoce como physics envy: envidia de la física. Lamentablemente, en este caso el pobre entendimiento de los posmodernistas tuvo la consecuencia que Chomsky predijo, y es que se filtró hasta la población y saboteó lo que se hubiera podido comprender de la Relatividad. Por mucho tiempo, se consideró que era tan complicado explicar la teoría a inexpertos que nunca se hizo el menor esfuerzo, y los pseudointelectuales aprovecharon y se posicionaron con el infame "todo es relativo". Ahora que la difusión científica se valora cada vez más, y que los mismos científicos se embarcan en ella, resulta que primero tienen que limpiar la podredumbre dejada por los posmodernistas.

*   *   *

En cierto sentido, me doy por satisfecho con que la mayoría de los lectores hayan leído hasta aquí, y el título del ensayo ha quedado justificado. Sin embargo, ese mismo título implica contenido complementario al que ya escribí, y entonces para los que quisieran ver una embarradita de lo que la Relatividad es, me pareció apropiado escribir algunas palabras más.

El espaciotiempo le dice a la materia cómo moverse.
La materia le dice al espaciotiempo cómo curvarse.

Tal fue el resumen de galleta de la fortuna que hizo John Archibald Wheeler, otro de los grandes físicos del siglo XX, acerca de la teoría de Einstein. Si yo me viera forzado a escribir un lema así, probablemente diría algo como "La gravedad es geometría". Eso, palabras más o menos, es el contenido de la ecuación de Einstein*: \[R_{\mu\nu}-\frac{1}{2}Rg_{\mu\nu} = 8\pi G T_{\mu\nu}.\] (*La otra ecuación de Einstein, que es la que todo mundo conoce, es realmente una conclusión ancilaria de una versión preliminar de la teoría. Supongo que esta ecuación de arriba no es tan fácil de recordar, ni dan tantas ganas de ponerla en una playera, pero es la mera fregona.) Del lado izquierdo están el tensor y el escalar de Ricci (\(R_{\mu\nu}\) y \(R\)) y la métrica del espaciotiempo en cuestión (\(g_{\mu\nu}\)), que caracterizan la curvatura de un espacio. Del lado derecho se encuentra el tensor de energía-esfuerzo (\(T_{\mu\nu}\)) y constantes físicas que lo hacen proporcional a la cantidad del lado izquierdo. En español, dice que el espaciotiempo se deforma según la materia que se encuentra en él. La Relatividad trata de la física que sucede en los espaciotiempos torcidos por la materia. Las consecuencias de mayor alcance de la teoría emanan de esta ecuación y sus soluciones, y es de ahí de donde provienen los agujeros negros, el Big Bang, las ondas gravitacionales, la precesión de las órbitas celestes, los lentes gravitacionales y la precisión de un localizador GPS.

Ondas gravitacionales alrededor de dos estrellas de neutrones en órbita.
Hay varios pasos conceptuales difíciles por tomar para entender las consecuencias físicas de lo anterior, que son más o menos las que mencionó Wheeler arriba. Primero se encuentra la noción de que el espacio y tiempo son una sola entidad, en la que las direcciones temporales y espaciales se encuentran democratizadas: en vez de pensar en tres dimensiones espaciales y una de tiempo, pensamos en cuatro dimensiones de una sola cosa que se llama espaciotiempo. Así como para nosotros la dirección "arriba" apunta en un sentido distinto que para los australianos, porque sus ejes de coordenadas están girados respecto a los nuestros, lo que para nosotros pudiera parecer avanzar en el tiempo y a la izquierda, a alguien más en movimiento le pudiera parecer menos movimiento en el tiempo y más hacia la derecha. Una vez que las dimensiones espacio-temporales son así de flexibles, otras cantidades físicas como las velocidades y momentos cambian también—de ahí la parte relativa de la Relatividad.
Rojo: órbita de un planeta según Newton. Azul: órbita según Einstein.

Segundo, en este espaciotiempo los objetos siempre se mueven a lo largo de geodésicas, que son una generalización de las líneas rectas pero llevadas a espacios curvos donde es imposible dibujar una recta sin salirse del espacio, como cuando se trata de dibujar sobre un balón. Además, la gravedad queda abolida como fuerza y sobrevive solamente como una característica geométrica del espaciotiempo. Si hubiera algo equivalente a la Primera Ley de Newton en la Relatividad, sería algo así como "Un cuerpo se mueve a lo largo de una geodésica a menos que actúe sobre él una fuerza externa".

Lo irónico de la Relatividad es que es el resultado de la demostración matemáticamente rigurosa de que, para que las leyes de la física sean leyes, tienen que ser las mismas para todos, sin importar dónde estén o cómo se estén moviendo (el tecnicismo es que las leyes deben ser covariantes). En este sentido, la teoría lleva a la consistencia absoluta de las leyes, es decir, lo contrario a que éstas sean relativas. Claro, las cantidades que se midan en distintos lugares y a distintas velocidades pueden variar, pero en todos lados las leyes tendrán la misma forma y se deberán cumplir.

Animación de dos agujeros colisionando.

La maquinaria matemática que permite formular las relaciones entre cantidades físicas de manera que éstas no cambien según el punto de vista es la geometría diferencial, que es una generalización del cálculo vectorial a espacios curvos. Esto es necesario porque las propiedades básicas de la geometría que aprendimos en la secundaria sólo se cumplen en el caso particular de espacios euclidianos (planos). Una vez que la superficie o volumen en donde hacemos geometría está doblado o torcido pasan cosas raras: los triángulos no tienen 180 grados, es imposible dibujar líneas que siempre se mantengan paralelas y la distancia más corta entre dos puntos no es recta. Las operaciones usuales de la física tienen que incorporar el efecto de la curvatura del espacio, y las cosas se complican. Y si trabajamos en cuatro dimensiones en vez de tres, pues más.

No lo parece, pero es geometría: derivación del tensor de Riemann a partir del conmutador de derivadas covariantes actuando sobre un campo vectorial (clic para agrandar).
Vale la pena concluir leyendo a Einstein decir cómo llegó a la teoría en primer lugar:

Considerando que voy a explicar la teoría de la relatividad, debo señalar que esta teoría no tiene un origen especulativo. Su descubrimiento se debe al intento de adaptar lo mejor posible la teoría física a los hechos observados. No se trata de un acto revolucionario, sino de la evolución natural de un camino seguido a lo largo de muchos siglos. El abandono de los conceptos fundamentales de espacio y tiempo tal como habían sido concebidos hasta ahora, no se debe interpretar como un acto voluntario. Ha sido condicionado por hechos observados. (tomado del ensayo Sobre la Teoría de la Relatividad.)
Es un error, pues, pensar en Revoluciones Científicas, en particular en el caso de la Relatividad. Tal visión implica la idea de que en la ciencia hay autoridades que se sacan ideas de la manga y, por sonar más impresionantes que las ideas de las autoridades anteriores, ganan y las desbancan. En realidad, la ciencia se trata de una acumulación de información por un lado, y de entendimiento cada vez más profundo de lo que ya se sabe por el otro; con suerte, este entendimiento más profundo es útil para hacer predicciones de cosas que no se sabían, y es entonces cuando llega el momento de proponer un experimento para ver si efectivamente son ciertas. Por más elegante o sofisticada que sea una teoría, se tira a la basura si no concuerda con la realidad. No se trata de encontrar la Verdad, así con mayúscula, aunque ciertamente se acaba por hacer eso en muchas ocasiones. Más bien, se trata de entender, y de lograr explicaciones más generales, parsimoniosas y poderosas. En este sentido, la Relatividad es una de las ideas más elegantes y potentes que la humanidad haya podido derivar de la Naturaleza. Entonces, la próxima vez que le pregunten qué sabe de Relatividad, diga: "La gravedad es geometría." Hasta cabe en una playera.

2016-06-17

Sobre la paternidad

This be the verse
Phillip Larkin

They fuck you up, your mum and dad. 
They may not mean to, but they do. 
They fill you with the faults they had 
And add some extra, just for you. 

But they were fucked up in their turn 
By fools in old-style hats and coats, 
Who half the time were soppy-stern 
And half at one another's throats. 

Man hands on misery to man. 
It deepens like a coastal shelf. 
Get out as early as you can, 
And don't have any kids yourself.
La anterior es una de las pocas piezas de poesía que retengo de memoria, no porque ésta última sea necesariamente mala, sino porque he dejado abandonado al género casi por completo—leer (y memorizar) más poesía está en mi creciente lista de cosas que tengo por hacer. Es sumamente conveniente, entonces, que se me hubiera ocurrido un tema para escribir en el que estos versos resultaran apropiados.

Y así como la poesía pareciera ser un género puramente emotivo y romántico, y en la manera en como llegara Larkin a usarla para todo lo contrario a la cursilería en This be the verse; es así, precisamente, que quiero aprovechar este Día del Padre para escribir lo siguiente: ser papá no lo hace a uno ser feliz.

Aquí vale la pena hacer aclaraciones, aunque ya muchos pudieran haber dejado de poner atención después de leer las últimas nueve palabras del párrafo anterior. Por supuesto que amo a mi hijo—lo que estoy diciendo es que esa es una declaración distinta e independiente de la declaración de que ello me haga feliz. Habría que hacer algo más sistemático que recopilar anécdotas y buscar en internet, pero estoy bastante seguro de que mi experiencia, por más peculiar misántropo que soy, no es única. Por ejemplo, cada vez aparecen más artículos y estudios documentando que, aunque la gente no quiera admitirlo en los días festivos apropiados, inclusive los padres (y madres) más entusiastas son frecuentemente miserables.

Realmente no debería ser algo tan impactante, si se considera que inclusive en los ámbitos más populares de la cultura el hecho de casarse ya es reconocido como algo que no es para todos (¡Ah, te vas a casar! ¿Ya te cansaste de ser feliz? ¿No tienes suficientes problemas?). Pero, a pesar de la evidencia en su contra, el romanticismo en torno a la paternidad persiste en un modo en que el del matrimonio ya no. Ya podemos tener una conversación honesta en cuanto a las ventajas y desventajas del matrimonio, pero todavía es un tabú hablar de las ventajas y desventajas de tener hijos.

Y lo más sorprendente es que esto de la felicidad o miseria que formar una familia conlleva ni siquiera es una conversación reciente. Consideremos, por ejemplo, el siguiente extracto de una meditación que data de 1838 (mi traducción):
Esta es la cuestión:
Casarse
Hijos—si le place a Dios—Compañera constante (y amiga en la vejez) que se sentirá interesada en uno—objeto para jugar y amar.—mejor que un perro, al menos—Hogar, y alguien que se encargue de la casa.—Encantos de la música y charla femenina.—Estas cosas son buenas para la salud de uno.—pero terrible pérdida de tiempo.
Dios mío, es intolerable pensar en pasar la vida de uno como una abeja neutra, trabajando, trabajando y luego nada después de todo.—No, eso no bastará.—Imagina vivir todo el día solitariamente en una casa ahumada y sucia en Londres.—Solo visualízate con una linda y suave esposa en un sofá a la luz de fuego, y libros y música quizás—compara esta visión con la realidad austera de la calle Marlboro.
No Casarse
Libertad para ir a donde uno quiera—elección entre sociedad o poco de ella.—Conversación con gente inteligente en clubes – No forzado a visitar parientes, ni a ceder en toda disputa.—Tener el gasto y la ansiedad de los hijos—quizá discutir—Pérdida de tiempo.—No se puede leer por las Noches—sobrepeso y ocio.—Ansiedad y responsabilidad—menos dinero para libros etc.—si muchos hijos, obligado a ganarse el pan.—(Pero es muy malo para uno trabajar demasiado). Quizá a mi esposa no le guste Londres; entonces, la sentencia será el destierro y la degradación hacia un tonto, indolente y ocioso—
Lo anterior proviene de las notas en el diario de Charles Darwin, meses antes de que sí se casara con Emma Wedgwood. Acabaron teniendo diez hijos y permanecieron casados hasta la muerte de Darwin casi 50 años después—al menos mejor que solo tener un perro, supongo.

Y en cierto modo, coincido con las cosas que inquietaron al buen Charles, como la evaporación—no, es realmente una confiscación—del tiempo que estaba dedicado a leer, escribir, estudiar, hacer ejercicio o, antes de la llegada del Matita, a convivir con mi esposa. Y es que no es opcional: un ser indefenso puede vomitar y presentar fiebre a cualquier hora de la madrugada, y alguien tiene que ir a la farmacia por los insumos necesarios. Quedándonos por un momento más con el vómito, considere el olor que queda cuando una de estas erupciones sucede sobre la tapicería del auto—e imagine que esto pasa al final del día, cuando uno ha pasado las últimas dos horas manejando y lo que más quiere es llegar a cenar y subir los pies en casa. Pero no: alguien tiene que limpiar eso inmediatamente—no hacerlo implicaría pagar un precio olfatorio altísimo todo el día siguiente (porque, además, ahora uno pasa incontables horas manejando, usualmente desde antes de que salga el Sol).

Aparte de esto están las fechorías propias del que es prácticamente un pequeño hooligan: libros, puertas y paredes rayadas; comida y bebida lanzada por todos lados; electrodomésticos y focos prendidos a todas horas; pelotas y carritos tirados estratégicamente para que uno por la noche los pise; colecciones de piedras, ramas, hojas y basura bajo la mesa; espejos y tablero del auto embarrados de quién sabe qué…

Y esto es, debo admitir para mi alivio y vergüenza, con todo y que mi esposa ha absorbido la mayor parte del cuidado directo de nuestro retoño, muy a costa de su vigor y tiempo también. Puedo hablar por ella cuando digo que por supuesto que ama a nuestro hijo, y que quisiera pasar aún más tiempo con él—pero también puedo certificar que las cosas que disfrutaba hacer antes con su tiempo han sido totalmente canceladas o, en el mejor de los casos, pospuestas para fechas indefinidas.

Claro que hay momentos felices al cuidar a una criaturita tan injustamente inocente y, como dirían los gringos, cute. Sus primeros pasos, sus primeros encuentros con chorros de agua, su descifrar de cómo se prenden y apagan las luces y aparatos electrodomésticos. Todo ese deleite—que sobre todo noto además en los abuelos del chiquillo—proviene, creo yo, de un gusto de poder revivir nuestras propias infancias vicariamente a través del niño. Para mí pareció ser como si, un día, me hubiese levantado de la cama ya con tres años y medio, sin recuerdo alguno de cómo llegué a donde estaba, pero sabiendo quiénes eran mamá y papá, y los abuelos y los tíos y los niños buenos y malos de la cuadra. Mis juguetes los había tenido desde siempre, y no podía recordar cómo fue que aprendí las palabras que sabía ni los nombres de las personas, ni cuáles perritos eran amigables y a cuáles había que sacarles la vuelta.

Ahora puedo ver estos procesos desarrollarse cada día en mi hijo. Pero así como disfruto de mi asombro ante la formación de la mente de un humanito con mi apellido, también proyecto sobre él mis temores e inseguridades, por no decir nada de los peligros—reales o imaginados—del mundo al que se enfrenta y se enfrentará. Creo que esto fue lo quiso decir Christopher Hitchens con que tener un hijo lo sometía a uno a “ver tu corazón latiendo en el cuerpo de otro.”  Todo es preocupante, y todo es peligroso: los cuchillos, los enchufes, las escaleras, las esquinas de los muebles, la comida, los otros niños…

Y es que buena parte de la paternidad consta de pasársela preocupado—por el entorno, por la educación, por la colonia, por la familia política, por el financiamiento de todo, por el futuro; por darle una vida mejor a la que tuvo uno, pero sin malcriarlo; por apoyarlo en todo lo que quiera, pero sin hacerlo dependiente; por no mutilar sus sueños, pero sin permanecer pasivo cuando su sueño sea tirar su vida a la basura; porque sea feliz con alguien, sabiendo que esto implicará sufrimiento casi por definición. Aquí entran todos los clichés acerca de que nadie es experto y no hay un manual y todo eso, pero también entra el hecho de que algunos padres son incontrovertiblemente ineptos, y uno no quiere acabar así.

Las parejas jóvenes deberían tener estas cosas y muchas otras peores en cuenta antes de aventurarse a tener siquiera un solo hijo. Ser padre o madre es probablemente lo más difícil que un humano moralmente competente puede hacer. Caray, yo voy al doctorado ocho o diez horas al día para estudiar formas diferenciales y tensores sobre variedades, y eso lo considero mi descanso. Lectores que hayan seguido mis escritos desde el principio en mi blog anterior (creo que hay como dos de ustedes) habrán notado que el número de publicaciones ha descendido, sobre todo los últimos dos años. Y es que todo queda subordinado al nuevo integrante de la familia, que está bajo el resguardo de uno hasta que pueda resguardarse él solito.

Si hubiera una sola frase que pudiera resumir el punto de este ensayo es esta: todo lo que quieras hacer con tu vida lo puedes hacer con o sin hijos, pero con hijos todo es mucho, pero mucho más difícil. Puedes aprender un instrumento, escribir, estudiar o viajar, pero va a ser más desgastante. Una pregunta completamente aparte de la felicidad o miseria, y del esfuerzo o facilidad de la paternidad, es si vale la pena. Me da curiosidad investigar qué hubiera dicho Larkin acerca de esa cuestión. La respuesta varía en cada caso, y supongo que pudiera escribir otras mil palabras al respecto. Por ahora, dejo solo una imagen:

Oscarito

2016-05-04

Aprendiendo a pensar

La mayoría de las personas prefiere morir antes que tener que pensar demasiado, y la mayoría así lo hace.
--Bertrand Russell
indecisive-silhouette
Una caricaturización del Efecto Dunning-Kruger es que la gente estúpida es demasiado estúpida para entender que es estúpida.  Ciertamente he conocido a algunos así pero, ¿se puede corregir esto? ¿Y puede uno saber que el estúpido no es uno mismo? No solamente pienso que la respuesta a estas preguntas es afirmativa, sino que la manera de lograr esta meta no es revolucionaria ni novedosa. Existen maneras de mejorar cómo pensamos, y están bien respaldadas desde hace miles de años. ¿Por qué, entonces, resultan ser tan poco practicadas entre la población en general? Parece ser que el buen Russell ya lo había identificado:

La manera de hacerse mejor para algo es practicarlo constantemente. ¿Quieres poder hacer más lagartijas? Ponte a hacer lagartijas. ¿Quieres jugar ajedrez mejor? Ponte a jugar ajedrez. ¿Quieres ser más certero en el baloncesto? Consigue un balón y ponte a tirar al aro. En cada uno de estos casos hay cuestiones secundarias de técnica, constancia, sobreentrenamiento y supervisión que hay que considerar, pero la estrategia básica es la misma. No hay procesos milagrosos ni ejercicios de tres minutos diarios para lograr ninguna de estas habilidades. El talento, si existe tal cosa, es fruto de la obsesión controlada. Cuando hay gente que está en excelente condición física, por ejemplo, y uno les pregunta qué hacen para estar así, la respuesta nunca es que pasan cinco minutos diarios en el increíble AbMasterPro 5000-XR que estaba en promoción un domingo en la mañana que veían televisión. La respuesta siempre es que se pasan horas entrenando todos los días y cuidando lo que comen. Entonces, ¿cómo puede uno mejorar su pensar? Pues pensando, y pensando acerca de cosas más difíciles, por más tiempo, con más disciplina y constancia y técnica. Y eso (pensar) es algo que la mayoría de la gente prefiere evitar.

¿Pero por qué preferirían evitarlo? ¿Acaso alguien quiere permanecer tonto?  No he sabido si Russell explicó el por qué detrás de su observación, pero creo que tiene que ver con el miedo a encontrarse con que uno está equivocado o, peor aún, que gente amada y respetada por uno ha estado equivocada y uno les ha creído. Parece ser que el sobrepeso o la inhabilidad para competir en un juego son poca cosa comparada con la posibilidad de estar equivocado o, digámoslo francamente, de ser estúpido. Y si hay algo peor que pensar que uno es estúpido, es pensar que mamá y papá lo son.

Pero al igual que en las otras habilidades, esta es una barrera que se puede superar. Uno aprende que es parte del juego, cuando uno va empezando, que le pongan una paliza. Y entonces se levanta y vuelve a jugar. Y el conocimiento humano es tan vasto y tan variado, que uno puede estar garantizado de ser un idiota para algo en cualquier momento. Pero en todas los ámbitos de conocimiento—perdón, todos los ámbitos de conocimiento que valen la pena—la técnica es la misma.

*   *   *
Aquí un argumento válido:

Los osos son peludos.
Yogui es un oso.
Por lo tanto, Yogui es peludo.

Lo sé, no es muy impresionante. Pero sirve para ilustrar una clase de error común que comete muchísima gente, todo el tiempo. Aquí un ejemplo:

Los osos son peludos.
Yogui es peludo.
Por lo tanto, Yogui es un oso.

En ambos argumentos, los primeros dos enunciados (las premisas) pudieran ser completamente ciertas y no se contradicen. Pero en el segundo caso, la conclusión es completamente inválida, porque hay muchas cosas peludas aparte de los osos. El error en el segundo silogismo no proviene del contenido de las premisas, sino de la estructura del argumento—su forma. La lógica formal es la que permite deducir si un argumento es válido o no simplemente por su forma, independientemente del contenido de las premisas.  (Si no encuentra problema con el segundo silogismo, usted realmente es muy estúpido y quizá quiera dejar de leer en este punto porque no tiene caso seguir.)

Una vez que se puede poner un argumento en forma silogística, hay recetas para deducir si la lógica es válida o no. Este proceso de desmenuzar un argumento puede ser muy complicado y las recetas para diagnosticar la validez son numerosas, con nombres en latín y todo lo demás, pero la idea es la misma que en el ejemplo anterior. Los libros de lógica competentes contienen todos estos artificios y más (yo consulto mucho el de Copi y Cohen, pero hay muchos muy buenos). Aquí hay dos ejemplos más para contemplar, como ejercicio para el lector, en lenguaje “ordinario” (encuentre si el razonamiento es válido o no):
Aunque estos libros de texto pretenden ser una guía universal para el conocimiento de gran valía e importancia, hay un único indicio aislado que apunta en la otra dirección. En los seis años que enseñé en la ciudad y en escuelas rurales, nunca nadie robó un libro de texto.
-W. Ron Jones, Changing Education, 1974
No creo que podamos tener ninguna libertad en absoluto, en el sentido filosófico, porque actuamos no únicamente bajo coacción externa, sino también por necesidad interna.
-Albert Einstein, Mi visión del mundo
*   *   *
Ahora, aparte de las falacias formales, están las informales. Estos son errores que no tienen que ver con la forma del argumento, sino con los sesgos cognitivos que puede cometer el abogante. Falacias informales las hay de muchas categorías y subcategorías, pero algunas de las comunes son:
  • Argumento desde la ignorancia: si parte de un argumento incluye alguna versión de “no se sabe”, entonces cualquier “por lo tanto” que le siga después es inválido. Básicamente todos los argumentos a favor de lo sobrenatural cometen esta falacia.
  • Argumento desde la popularidad: el número de personas que cree algo no tiene nada que ver con qué tan cierto es ese algo. La historia de la humanidad es básicamente la documentación de cómo la mayoría de la gente ha estado equivocada acerca de la mayoría de las cosas la mayor parte del tiempo.
  • Petición de principio: es un argumento circular en el que la conclusión está implícita en las premisas. Siempre son argumentos válidos, pero porque básicamente están diciendo que “A=A”, no que “A implica B, que lleva a C, que junto con D, nos lleva a ...”  Un ejemplo crudo: “¿Cómo sé que Fulanito dice la verdad? Pues porque Fulanito me lo dijo.” Cada vez que alguien cite la verdad de un libro “sagrado” haciendo referencia a el libro mismo, está repitiendo lo que les dijo un Fulanito.
  • Argumento ad hominem: atacar al que propone un argumento en vez de atacar el argumento. Si un libro de nutrición es escrito por alguien obeso,  podemos decir que el autor es incongruente o hipócrita, pero no que está equivocado—para eso habría que ver qué dice el libro.
  • Hombre de paja: esto es de lo más común. Se ataca una versión distorsionada (o completamente fabricada) de un argumento en vez de atacar al argumento original. Para ejemplos varios y floridos, véase cualquiera de las idioteces dichas por negadores de la evolución; cosas como “Si venimos de los changos, ¿por qué todavía hay changos?”.  Ningún biólogo dice que venimos de los changos; dicen que los changos y nosotros alguna vez tuvimos un ancestro común, que es completamente distinto.
  • Apelo a la autoridad: con este hay que tener cuidado, porque algunas personas realmente sí son expertas y su opinión cuenta más—cuando están hablando de su tema. Que mi dentista me recomiende una pasta dental es muy distinto a que me recomiende por quién votar. Por otro lado, hay temas completos en los que los expertos son charlatanes por definición: por más doctorados que alguien tenga en teología, no hay por qué tomar en serio nada de lo que diga, especialmente acerca de teología.
*   *   *
La lista de errores que uno puede cometer al pensar es interminable, pero vale la pena familiarizarse con los más comunes para ahorrar tiempo. Una ayuda enorme nos la proporcionan ciertos principios generales que pudiéramos llamar “reglas de dedo”. Estas reglas son pocas, fáciles de recordar, y funcionan casi todo el tiempo. Todas las religiones, teorías de conspiración y medicina alternativa sucumben ante alguna combinación de estos principios básicos de razonamiento antes de ser rematadas por las armas que ya vimos en la sección anterior:

La navaja de Occam: antes de proponer una teoría complicada para explicar algo, verifica que las teorías más sencillas realmente no son suficientes. Como corolario, podríamos agregar que las teorías más complicadas requieren más evidencia para ser creídas que las teorías sencillas (en palabras de Carl Sagan, “declaraciones extraordinarias requieren evidencia extraordinaria”). Volviendo a la religión, la teoría de que el Universo natural existe es más sencilla que la teoría de que el Universo existe y además hay un Dios que pudiera intervenir o no misteriosamente. Por eso son los creyentes y no los ateos quienes tienen que proporcionar argumentos y evidencia. Otra versión de esto es la navaja de Hitchens: aquello que es declarado sin evidencia no necesita evidencia para ser descartado.

Una navaja hermana de la de Occam es la de Hanlon: no atribuyas a la malicia lo que se explica mejor por la incompetencia. Ser perverso es realmente difícil: requiere inteligencia, premeditación, planeación, ejecución, encubrimiento y más. Por otro lado, ser meramente inepto es fácil. Durante la campaña presidencial mexicana en 2012, a Peña Nieto se le gritaba “¡Asesino!” en manifestaciones por haber presidido como gobernador la represión en Atenco en 2006 pero, como ha confirmado constantemente desde entonces, no tiene las facultades para ser un asesino; meramente es inepto.

La Ley de Godwin: en cualquier argumento lo suficientemente prolongado (sobre todo en Internet) alguien mencionará a Hitler o a los nazis. En general, a menos que el tema sea la Segunda Guerra Mundial, esa persona automáticamente pierde el argumento.

El mismo Bertrand Russell dejó un decálogo sumamente útil y elocuente acerca del tema que nos ocupa (bueno, técnicamente se trata de cómo ser un buen maestro, pero igual vale para cómo pensar mejor). Se encuentra en su Autobiografía, que a su vez es una obra maestra de lucidez y claridad, al lado de su Historia de la Filosofía Occidental. Si pudiera elegir tener una “vocecita” en mi cabeza que me asesorara al cavilar, sería sin duda la de Russell.
1. Nunca estés absolutamente seguro de nada.
2. Nunca creas que vale la pena ocultar evidencia, porque siempre sale a la luz.
3. Nunca aconsejes a alguien dejar de pensar, porque seguramente tendrás éxito.
4. Cuando encuentres oposición, aún si es de tu cónyuge o hijos, esfuérzate por superarla por medio de argumentación y no por autoridad, pues una victoria que depende de la autoridad es ilusoria.
5. No respetes la autoridad de nadie, pues siempre habrá autoridades contrarias disponibles.
6. No uses el poder para reprimir opiniones que te parezcan perniciosas, pues si lo haces las opiniones te reprimirán a ti.
7. No temas tener una opinión excéntrica, pues todas las opiniones aceptadas actualmente alguna vez fueron excéntricas.
8. Procura disfrutar más de disentir inteligentemente que de asentir pasivamente pues, si valoras la inteligencia, la primera de estas opciones implica un mayor acuerdo con este valor que la segunda.
9. Sé escrupulosamente honesto, aún si la verdad es inconveniente, pues es más inconveniente si tratas de esconderla.
10. No sientas envidia por la felicidad de aquellos que viven en un paraíso de tonterías, pues solo los tontos pensarán que eso es felicidad.
*   *   *
Homer_thinking
Entonces, todo eso el la técnica de cómo pensar bien, o al menos mejor. Pero lo más difícil es convertir las herramientas que proporciona la lógica en recursos que generen argumentos auténticamente poderosos y robustos. Esta etapa es la de unir la lógica fría y dura con la elocuencia y, de ser necesario, la pasión. No hay ningún sustituto para la práctica constante de la lectura, la escritura y, cuando la ocasión lo permita, la conversación.

Pero hay, en todo esto, una trampa: creer que se está usando la razón y la elocuencia para la buena argumentación cuando en realidad se está generando oscurantismo y, dicho en lenguaje coloquial, puras mamadas. Quizá los antiguos griegos hubieran preferido llamarle a las dos corrientes la retórica y la sofistería. Entonces, ¿cómo hace uno para no ser un Deepak Chopra cualquiera?

En su libro A Manual For Creating Atheists (Un Manual Para Crear Ateos) el filósofo Peter Boghossian define el pensamiento crítico como (1) un conjunto de habilidades y (2) una disposición. Las habilidades incluyen algunas de las herramientas vistas arriba aplicadas a la conversación, como haría el personaje de Sócrates en los Diálogos. Pero la actitud es la parte difícil: uno tiene que aplicar el kit de la lógica a uno mismo. ¿Cómo saber si nos engañamos a nosotros mismos? ¿Cómo distinguir entre ser necio y tener la razón? ¿Cómo puede uno saber que tiene la mente abierta, pero no tanto que se le salga el cerebro?

Para cada proposición que uno crea, Boghossian propone lo siguiente: piensa en un argumento o, mejor aún, evidencia que te haría cambiar de opinión. ¿Cree alguien que el ataque a las Torres Gemelas fue una “falsa bandera” (auto-atentado)? Pregúntale qué evidencia lo convencería de que no fue así. Esto obliga a otros, y a uno mismo, a abrirse a la posibilidad de estar equivocados—tanto, que se llega a visualizar. Si no se puede producir una condición en la que alguien pudiera cambiar de opinión, realmente se está ante una mente cerrada.
*   *   *
Finalmente, uno tiene que estar dispuesto a seguir la lógica y la evidencia a donde lleven, sin importar si es un lugar desagradable. Poniendo mi propio caso como ejemplo, hay varias cuestiones en las que he cambiado de opinión constantemente, y otras aún en las que nunca he tenido claro qué concluir. En algunas pocas cosas he estado seguro desde siempre, pero eso pudiera cambiar si hubiera nueva información al respecto. Inclusive entre gente que se esfuerza por ser lo más racional posible existen desacuerdos, pero estos suelen ser de un nivel y naturaleza muy distintos a la de la mayoría de la gente. Para usar el lenguaje de Boghossian, hay una mesa para los adultos y otra mesa para los niños. Si uno quiere estar en la mesa de los adultos y ser tomado en serio, tiene que apegarse a las reglas del pensamiento crítico. Pero más importante es tener la actitud correcta: si estoy equivocado en algo, quiero saberlo.

Para finalizar, dejo algunas posiciones a las que he llegado, para ilustrar a lo que lleva este camino (y que es un camino interminable, por cierto).  Adjunto a cada una un número del 1 al 5, que indican menor o mayor confianza de que tengo la razón. Algunos de estos elementos ameritan uno o varios artículos al respecto (¡y algunos de esos artículos ya están agendados o ya los escribí!). Va:
  • No existe ningún dios (5; supongo que ahí no sorprendo a nadie de los que me conocen).
  • En el conflicto entre palestinos e israelíes, si hubiera que escoger a unos como “los buenos”, estos serían, por mucho, los israelíes (4).
  • Todo lo que existe se puede reducir a partículas elementales y las leyes que operan sobre ellas (4).
  • No existe el libre albedrío, como lo entiende casi todo mundo (5).
  • Lo sobrenatural y lo imaginario son lo mismo (5).
  • La ética debería ser, en principio, una ciencia (5 los lunes, martes y viernes; 3 los martes y jueves; 2 los fines de semana).
  • Los mayores peligros existenciales para la humanidad son el cambio climático (5), la inteligencia artificial (3) y el Islam (4).
  • El básquet es un deporte superior al futbol (4.9999999).
  • Los alimentos transgénicos no son solamente seguros, sino necesarios (5).
  • Jesucristo siempre ha sido un personaje puramente mitológico (4.5).
  • Entre las muchas cosas que pudiéramos hacer para empeorar nuestra democracia en México, la peor es reducir el número de diputados y senadores (4.5).
  • Las repúblicas democraticas representativas son la mejor forma de gobierno o la menos peor, como se le quiera ver (4).